Arsenal comienza la temporada como campeón: victoria ante Coventry
La temporada vuelve a arrancar y, con ella, la avalancha televisiva: 1.500 partidos en directo, unas 3.000 horas de fútbol continuo. Un maratón que amenaza con ocupar los próximos ocho meses de sofá, repeticiones, debates encendidos y enfados con el VAR.
Para los aficionados del Arsenal, al menos por lo visto en este estreno de la Premier League, el viaje podría ser algo menos angustioso esta vez. Defender el título nunca es sencillo. Ganarlo tampoco lo fue. La cuestión ahora es otra: cómo gestionar esa nueva gravedad competitiva.
Mikel Arteta no busca un Arsenal histérico, devorado por la obsesión. La idea es distinta: ganar la liga, pero ganarla mejor. Hacer que estos partidos sean menos dramáticos, menos desgastantes. Y el 3-0 ante Coventry encaja perfectamente en ese plan.
Un campeón en modo demostración
Dos cosas quedaron claras en el Emirates. La primera: Arsenal ganó con una comodidad que pocas veces se vio en las dos últimas campañas. Parecía un equipo en modo demo, probando funciones nuevas, acelerando el motor sin meter del todo la marcha.
La segunda: Martin Ødegaard volvió a parecerse un poco más al Ødegaard que el Arsenal necesita. El de verdad. El de antes de las lesiones. Fueron 75 minutos, 72 toques, 55 pases cortos y precisos, siempre cerca del balón, siempre en la jugada.
Sin un gran fichaje ofensivo que acaparara titulares, el foco se ha posado sobre él. Se le exige que vuelva a ser ese mediapunta incansable, el que presiona, el que interpreta los espacios, el que filtra el pase que rompe líneas. Cara de ejecutivo joven, pies de niño de fútbol callejero.
Su gol, el tercero del Arsenal en el minuto 48, fue la imagen de portada. El remate, casi cómico. La jugada, muy seria.
El gol más feo… y más importante
La acción nació como a Ødegaard le gusta: por detrás de la línea ofensiva, manejando hilos. Condujo, esperó, eligió. Un pase retrasado y medido hacia Ben White, un desmarque suave hacia la frontal. Y entonces, el desenlace extraño.
Ødegaard tiene una manera particular de golpear. Se acerca al balón de lado, golpea con un ángulo raro, una especie de punterazo elegante. Esta vez, en el área pequeña, falló el golpeo limpio. Pero la pelota salió flotando hacia la izquierda de Carl Rushworth, que se estiró sin éxito, manoteando el aire como un gato que intenta atrapar una sombra en la pared.
El noruego se echó a reír mientras celebraba. Pero la alegría era auténtica: era su primer gol en el Emirates desde diciembre. No era solo una estadística. Era una señal.
Entre ese tanto y el resto de su partido apareció otro detalle clave: el reencuentro con Bukayo Saka. Justo antes del descanso, ambos encadenaron una pared tras otra, seis o siete toques rápidos, hasta liberar a Declan Rice para un disparo que salió rozando el poste. Fue una escena reconocible. El viejo Arsenal reciente. Dos futbolistas conectados por algo poco habitual en la élite: juego, imaginación y placer compartido con la pelota.
Un arranque con sabor a “Classic Barclays”
El norte de Londres ofrecía una tarde fresca, casi fría, al inicio. El duelo Arsenal-Coventry tenía un aire retro, de Premier de antaño: recuerdos de delanteros veloces corriendo las bandas y retransmisiones con efectos de sonido exagerados.
En la banda, Frank Lampard y Mikel Arteta parecían un espejo: pantalón negro, jersey negro de cuello alto, zapatillas negras con suela blanca. Parecían enviados especiales a una convención ejecutiva, más que técnicos en pleno debut liguero.
El 1-0 llegó en el minuto 15 con una jugada de tres toques de alta gama. Christos Tzolis robó el balón con una entrada fuerte a Milan van Ewijk junto a la banda derecha y entregó rápido a Riccardo Calafiori. El central avanzó unos metros y trazó un pase raso, duro, a través de la frontal, directo a Kai Havertz. El alemán remató de primeras con la zurda, un voleón tan relajado que uno casi podía imaginarlo jugando con zapatillas de estar por casa de cuero.
Coventry empezó a hundirse a partir de ahí. El 2-0 no tardó en caer. El equipo visitante se vio superado por algo más rápido, más preciso, más afinado de lo que muchos de sus jugadores habrán enfrentado nunca.
La arrancada de Rice rompió la línea, pero el toque decisivo volvió a llevar la firma de Ødegaard: un pase corto, casi un susurro, que abrió el ángulo para el envío al costado y, desde ahí, el centro definitivo. Ese es su oficio: el pase que prepara el pase, el lubricante de la jugada, el WD-40 del ataque.
Arsenal no necesitó forzar más. El campeón empezó la defensa del título sin ruido, sin épica, sin drama. Y con algo que quizá valga tanto como los tres puntos: la sensación de que su brújula creativa, Martin Ødegaard, vuelve a señalar el norte correcto.






