Brasil de Ancelotti cae ante Australia en amistoso
El estreno del Brasil de Ancelotti tropieza ante una Australia sin complejos
Carlo Ancelotti había elegido Canberra para encender la mecha de su “nueva generación” brasileña. Nuevo ciclo, nuevos nombres, mismo peso de siempre sobre la camiseta amarilla. Pero el primer examen serio, aunque fuese un amistoso, le salió áspero. Muy áspero.
Venía herido Brasil, todavía con la cicatriz fresca de la eliminación en octavos de final del último Mundial ante Noruega. El técnico italiano había sido claro en la previa: este partido marcaba el inicio de algo distinto, un punto de partida para mezclar talento emergente con las figuras ya consagradas. Sobre el papel, un escenario perfecto. En el césped, otra historia.
Australia se planta y muerde
Australia no se dejó impresionar por las cinco estrellas del escudo. Ni un centímetro de respeto de más. Desde el arranque, la selección oceánica defendió con una seriedad que fue minando la paciencia brasileña.
Nestory Irankunda avisó pronto, con un disparo cruzado que se marchó desviado pero encendió a la grada y recordó a Brasil que aquello no iba a ser un entrenamiento de lujo. Cada intento de Vinicius Junior encontraba piernas australianas lanzándose al suelo, cuerpos interponiéndose en el último segundo. Raphinha chocó una y otra vez contra una muralla que no se desordenó casi nunca.
La ocasión más clara antes del descanso ni siquiera fue para la ‘Seleção’. En un córner profundo, el balón se paseó por el área pequeña brasileña y apareció Alessandro Circati en el segundo palo, solo, con todo a favor. No llegó por milímetros. Un suspiro que retrató el desconcierto defensivo de los visitantes y encendió aún más al público local.
Brasil tenía la posesión, tenía los nombres, pero no tenía filo. Dominaba sin hacer daño. Tocaba sin rematar. Y cada pérdida dejaba la sensación de que Australia, con muy poco, podía generar mucho.
El destello de los chicos… y el VAR
Cuando el primer tiempo agonizaba, el talento joven de Brasil pareció romper el guion. Endrick y Estevao, dos adolescentes llamados a liderar ese futuro del que tanto habla Ancelotti, combinaron con una madurez que contrastó con la espesura general del equipo.
Una pared rápida, un desmarque al espacio, un pase filtrado que abrió la defensa de los Socceroos como si fuera papel. Estevao se plantó ante Patrick Beach y definió con frialdad, raso, ajustado. Gol. Estallido de alivio en los brasileños, abrazos, miradas al banquillo como quien dice: “Aquí está el futuro”.
Pero la euforia duró lo que tardó el árbitro en llevarse la mano al auricular. Llamada del VAR. Revisión en la pantalla. Y el golpe: falta previa de Bruno Guimarães sobre Harry Souttar en el inicio de la jugada. Gol anulado. De la ilusión al gesto torcido en cuestión de segundos.
El descanso llegó con el marcador en blanco, pero con una certeza: Brasil necesitaba mucho más que nombres rutilantes para doblegar a una Australia bien organizada y sin miedo.
Más ritmo, mismas dudas
La charla de Ancelotti en el vestuario surtió efecto en la reanudación. Brasil salió con otra marcha, más agresivo, más directo. Raphinha, en un momento brillante con Barcelona, asumió galones. Probó primero con un disparo potente que obligó a Beach a una buena intervención. Poco después, cruzó un tiro raso que se fue besando el poste.
El empuje contagió a los demás. Vinicius empezó a ganar duelos individuales, a atraer rivales, a generar segundas jugadas. En una de ellas, un disparo suyo desviado cayó perfecto para Estevao en el corazón del área. El estadio contuvo el aliento. El joven extremo, solo, con tiempo para decidir, mandó la pelota por encima del larguero. Ocasión de gol, desperdiciada.
Brasil acumulaba posesión y acercamientos, pero dejaba una sensación inquietante: cada pérdida, cada balón parado en contra, era un pequeño temblor. Australia esperaba atrás, paciente, sabiendo que el partido podía cambiar con una sola acción.
El latigazo de Irankunda
El castigo llegó en el minuto 68. En forma de zurdazo.
Falta lejana, a unos 25 metros de la portería de Hugo Souza. Distancia de centro, no de disparo para la mayoría. No para Nestory Irankunda. El joven australiano tomó carrera, golpeó con violencia y precisión, y el balón describió una parábola perfecta hacia la escuadra izquierda. Imparable. Golazo.
La grada se vino abajo. Australia, que había sufrido, que había resistido, se encontraba por delante ante Brasil con un tanto de pura calidad, no de casualidad. Un golpe directo al orgullo de una selección que presume de talento ofensivo como seña de identidad.
Orgullo herido y récord en juego
Ancelotti reaccionó como marcan los viejos manuales del oficio: todo hacia arriba. Líneas adelantadas, laterales largos, interiores pisando área. Ordenó encerrar a Australia en su propio campo, atacar por oleadas, no dar respiro.
Ya no se trataba solo de evitar una derrota en un amistoso. Había algo más en juego. Brasil solo ha perdido una vez ante Australia en toda su historia, aquel 1-0 de la Copa Confederaciones 2001. Mantener esa superioridad histórica se convirtió en una cuestión de orgullo, casi de identidad.
Cada centro al área, cada intento de pared en la frontal, cada disparo bloqueado por la zaga australiana llevaba el peso de esa estadística sobre los hombros brasileños. La “nueva era” que Ancelotti había anunciado con tanta claridad empezó, de golpe, a parecerse demasiado a los viejos problemas: dominio sin colmillo, fragilidad a balón parado, falta de contundencia en las áreas.
El amistoso dejó una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿cuánto tiempo necesita realmente este nuevo Brasil para parecerse al gigante que dice querer volver a ser?






