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De Bruyne y la rabia en Bruselas tras la derrota

El final en Bruselas no lo marcó solo el gol. Lo marcó la rabia.

De Bruyne, en el ojo del huracán

En los últimos minutos del Bélgica–Francia, con el marcador en contra y el ambiente cargado, Kevin De Bruyne explotó. El capitán belga se enzarzó con el árbitro a raíz de una de las nuevas normas sobre el regreso al campo tras recibir asistencia médica.

La regla, aplicada en la UEFA Nations League, obliga al jugador atendido fuera del terreno de juego a esperar un minuto antes de volver a entrar. Según el medio francés Foot Mercato, De Bruyne se negó a aceptar esa imposición en pleno fragor del partido, consciente de que cada segundo pesaba como una losa para una Bélgica que perseguía el empate.

La tensión subió varios grados. De acuerdo con el diario belga Het Laatste Nieuws, el capitán de Bélgica habría dirigido palabras malsonantes al colegiado e incluso llegado a empujarlo, un gesto que amenaza con abrir un nuevo frente de polémica sobre su comportamiento y, de paso, sobre la aplicación práctica de esta nueva norma.

Francia golpea tarde, pero golpea duro

Hasta ese tramo final, el duelo había sido áspero, cerrado, casi de ajedrez. Francia acabó imponiéndose 1-0 en Bruselas, en la segunda jornada del Grupo 1 de la Liga A de la UEFA Nations League, gracias a un zarpazo tardío de Michael Olise.

El gol llegó cuando el partido parecía condenado a decidirse por detalles. Francia, paciente, ordenada, esperó su momento. Olise lo encontró y silenció al estadio. Bélgica, empujada por su gente, no halló respuesta. Ni desde el banquillo ni desde el campo.

La derrota dolió por el contexto y por el rival. En casa, ante un aspirante permanente a todo, y con la sensación de haberse quedado sin recursos en los metros finales. Mientras tanto, Francia continuó su marcha firme bajo el mando de Zinedine Zidane, que ya tiene a Les Bleus en lo más alto del grupo.

Una norma bajo el microscopio

El incidente con De Bruyne llega en pleno debate sobre las nuevas directrices arbitrales. La obligación de esperar un minuto tras ser atendido fuera del campo busca evitar pérdidas de tiempo y teatralizaciones, pero choca de frente con la frustración de los futbolistas cuando el reloj se convierte en enemigo.

En Bruselas, esa colisión se vio clara: un capitán desatado, un árbitro firme en la aplicación del reglamento y un partido que se escapaba. La escena deja una imagen poderosa y una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto estas normas, pensadas para proteger el juego, pueden encender aún más partidos ya al límite de pulsaciones?