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La FIFA y la restauración de la confianza

La FIFA se felicita. La FIFA se absuelve. La FIFA se aplaude. Y, de paso, la FIFA nos informa de que la confianza en la FIFA está siendo restaurada. ¿La prueba? Una frase de 19 palabras en una carta firmada por Gianni Infantino y el secretario general Mattias Grafstrom: “Fifa’s top management is fully confident that the outcomes of today’s meeting will help restore confidence in the organisation”. Ellos están convencidos. El resto del fútbol mundial, bastante menos.

Porque mientras el organismo insiste en que su integridad es intocable y que los “ataques” contra él ya no serán tolerados, el deporte global sigue intentando entender cómo una sola persona pudo empujar al borde del abismo a la institución que gobierna el juego. Infantino, de 56 años, lanzó una idea de dimensiones históricas –el llamado “Fifa Forward Enterprise proposal”, un plan para, en la práctica, vender el Mundial– sin molestarse en comunicarla con claridad a casi nadie: ni al director de operaciones Kevin Lamour, ni al responsable de desarrollo global Arsène Wenger, ni a las confederaciones, ni a los clubes, ni a las federaciones, ni a los jugadores, ni a los aficionados.

O lo olvidó. O intentó un golpe de mano contra el fútbol en su conjunto.

Un plan en la sombra

El proyecto, cocinado con tal secretismo que, según se denuncia, parecía reservado a un reducido círculo cercano a la familia Kushner, prometía más fondos de la FIFA a las federaciones que lo apoyaran que a las que se opusieran. Para muchos, un mecanismo tan cercano a la compra de voluntades que rozaba el soborno. Esa palabra, por supuesto, no aparece en la carta de Infantino.

Las asociaciones nacionales, cuando por fin entendieron el alcance de la maniobra, reaccionaron. Muchas pidieron abiertamente la salida del presidente. Otras se alinearon contra el plan que la propia FIFA se empeñaba en presentar como un paso hacia el futuro. El único cargo elegido por las 211 asociaciones miembro, el presidente, se encontró de repente como el hombre más divisivo del fútbol… o como el único capaz de unir a tantos intereses distintos en su contra.

La presión terminó por tumbar el proyecto. Oficialmente, el “Fifa Forward Enterprise proposal” ya no está sobre la mesa. Pero la explicación ofrecida desde Zúrich rozó el ejercicio de doble lenguaje: se habló de una reunión “constructiva y positiva” en Rabat, se admitió que “se cometieron errores” y se deslizó la frase más cercana a una disculpa que se ha escuchado en todo este episodio: “It was agreed that it was not the intention for the Fifa council and Fifa member associations to feel excluded from the process”.

No era la intención que el consejo de la FIFA ni las asociaciones se sintieran excluidos. La pregunta cae por su propio peso: ¿por qué, entonces, se les excluyó?

La autocrítica que nunca llega

Infantino promete que no habrá repetición. Habrá una revisión interna del proceso. Una revisión que, salvo sorpresa mayúscula, dirigirá el propio sector afín al presidente dentro de la organización y que, por tanto, entregará las conclusiones que se espera que entregue. Es el fútbol juzgado por la misma estructura que lo ha llevado al borde del descrédito.

En paralelo, el tono de la FIFA se ha endurecido. La susceptibilidad que Infantino ha dejado ver en sus publicaciones en redes sociales parece haberse contagiado a toda la casa. En la carta conjunta con Grafstrom se incluye una frase que retrata ese clima: “It was agreed that Fifa will no longer tolerate any attacks on its integrity, good governance and due process and will take all necessary measures to protect and safeguard its name and reputation”.

Ya no se tolerarán ataques a la integridad, al buen gobierno y al debido proceso. Se tomarán todas las medidas necesarias para proteger el nombre y la reputación de la FIFA. El paralelismo con el discurso de Donald Trump, presentándose como víctima de ataques injustos, es inevitable. También lo es la ironía: el organismo que ahora clama por su buen nombre lleva años empujando ese mismo nombre por el barro.

Un historial que pesa

La lista es larga. La FIFA ha intervenido para levantar sanciones a Cristiano Ronaldo y Folarin Balogun. Ha retorcido el reglamento para asegurar la presencia del Inter Miami de Lionel Messi en el Mundial de Clubes. Ha permitido que Estados Unidos impidiera la entrada al país del árbitro somalí Omar Artan. Se ha acercado sin disimulo a Trump. Creó un premio de la paz para un dirigente que después inició una guerra ilegal.

El resultado es que la palabra FIFA se ha convertido en sinónimo de codicia. En Estados Unidos, donde los precios de las entradas para el Mundial han alcanzado niveles astronómicos, los aficionados señalan directamente al organismo como responsable. No ven imparcialidad: ven un trato preferente hacia la administración Trump y decisiones que parecen influenciadas por la Casa Blanca. No ven la representación de un juego global: ven a una institución que intentó vender el Mundial a espaldas de buena parte de ese mismo mundo al que dice servir.

Ahora, desde Rabat, desde Zúrich, desde los comunicados con lenguaje pulido, se insiste en que la confianza está regresando. Que la reunión fue positiva. Que se han aprendido lecciones. Que la FIFA se siente “plenamente confiada” en que todo esto ayudará a restaurar la fe en la organización.

La realidad es más cruda. Un deporte global fue arrastrado a una crisis por la ambición de un solo hombre y por una estructura que le permitió maniobrar sin control. Si la FIFA habla en serio cuando dice que quiere recuperar su reputación, no le bastarán cartas autocomplacientes ni amenazas contra quienes la critican. Harán falta algo que hoy brilla por su ausencia: honestidad real y un liderazgo nuevo.

Nada de eso apareció en el último mensaje desde el universo Infantino. Y mientras él se aferra al cargo, la pregunta ya no es si la FIFA puede restaurar la confianza, sino cuánto daño más puede soportar el fútbol antes de exigir un cambio de verdad.