El fracaso del calendario alineado en el fútbol irlandés
El viernes pasado, mientras aún flotaba en el aire la niebla del conflicto entre Gianni Infantino y el fútbol irlandés, la FAI eligió su propio humo. Publicó un comunicado solemne, lleno de frases sobre “prioridades clave” y “desarrollo del fútbol irlandés”. Mucha palabra grandilocuente. Muy poco valor nuevo.
La noticia de verdad estaba escondida a mitad del texto, enterrada bajo capas de jerga corporativa: el plan para alinear todos los niveles del fútbol irlandés bajo un mismo calendario ha sido tirado a la basura.
En la nueva jerga de Abbotstown, sonó así: el “Aligned Football Calendar” ha sido “repriorizado” y “no será considerado un entregable” dentro del “Football Pathways Plan” ni del plan estratégico 2026–2029. Traducido al idioma del vestuario: lo han despejado a la grada.
Un plan de 11.000 horas, desechado en un párrafo
El “Football Pathways Plan” era la gran obra de Marc Canham, el anterior director de fútbol de la FAI, el hombre que protagonizó una odisea para elegir sustituto de Stephen Kenny. El organismo presumió de que el plan final era fruto de 11.000 horas de consulta, en buena parte a través de “roadshows” por todo el país.
Canham aterrizó con un currículum brillante desde la Premier League y el fútbol inglés. En el papel, impecable. En los campos de hierba alta, menos. En una de esas reuniones en Cork, alguien le preguntó si sabía algo de ensilado. La distancia entre la teoría y la realidad quedó clara en una sola pregunta.
El núcleo de su plan era sencillo y, a la vez, revolucionario para Irlanda: mover todo el calendario del fútbol al “tiempo de ensilado”, a la temporada de verano. Hoy, Irlanda es el único de los 55 miembros de la UEFA que maneja calendarios distintos según el nivel de competición. La propuesta era que, para 2028, todo el fútbol se alineara con el calendario de la League of Ireland.
La lógica era difícil de discutir. Canham partía de una conclusión dura: el fútbol irlandés no exprime su potencial. Uno de los grandes problemas, detectado y repetido por técnicos y formadores, es que los niños juegan muy poco: temporadas de apenas 30 semanas de media. La causa principal, las instalaciones: campos impracticables durante buena parte del invierno, anegados por la lluvia.
La solución parecía evidente. Más sol, más césped disponible, más partidos. Más fútbol.
No para todos.
Rebelión desde la base
El plan de calendario alineado chocó de frente con una parte del fútbol base. Algunas ligas de base reaccionaron con furia, denunciando falta de consulta real. El consejo de la FAI había respaldado de forma unánime el plan de Canham, pero, aun así, buscó una especie de legitimidad adicional: sometió el documento, incluido el cambio de calendario, a votación en la Asamblea General.
El resultado salió por la mínima. Aprobado, pero con un país partido. El bloque profesional, la League of Ireland, llegó alineado y disciplinado. Suficiente para sacar adelante el proyecto. Voto es voto, y el presidente de la FAI, Paul Cooke, celebró que quienes estaban en la sala habían “cambiado la cara del fútbol irlandés”.
En teoría.
Porque la rebelión no se apagó con la votación. Continuó. Creció. Hizo sudar a más de un director electo, incómodo dentro de su americana. Canham se marchó en abril del año pasado, con una despedida tan clara como amarga: prometió no volver a trabajar en el fútbol base.
La FAI, ya sin su arquitecto, empezó a recular. Permitió a las ligas solicitar un retraso de dos años para el cambio de calendario. El sucesor de Canham, John Martin, marcó distancias en su primera comparecencia ante los medios: no iba a imponer nada. El mensaje era inequívoco. Y la confirmación llegó la semana pasada: el plan quedaba oficialmente enterrado.
Miedos legítimos, soluciones ignoradas
Buena parte de la oposición al calendario alineado nació de preocupaciones genuinas. El temor principal: perder jugadores frente a los deportes gaélicos en verano. El fútbol irlandés convive desde siempre con la sombra del GAA, y el miedo a que los chicos eligieran otra camiseta pesó mucho.
Ese argumento tenía respuesta. Con buena coordinación entre clubes locales, acuerdos de convivencia y flexibilidad en la programación, esos conflictos podían minimizarse. No era teoría abstracta: 22 de las 69 ligas afiliadas a la FAI ya jugaban con calendario de verano sin que el cielo se desplomara. Además, el plan contemplaba margen para pausar ligas, crear formatos alternativos y organizar competiciones específicas para lidiar con las vacaciones estivales.
No habría sido un camino cómodo. Habría habido roces, ajustes, semanas caóticas. Pero el premio era claro: más tiempo de juego para los niños, más minutos con balón, más fútbol real y menos entrenamientos cancelados por el barro.
Otro de los argumentos apelaba a la tradición: la vieja cadencia del fútbol regresando junto al curso escolar, el balón rodando cuando las aulas se llenan. Pero esa nostalgia olvida algo incómodo: varias de las actuales ligas de invierno se jugaban en verano antes de que el GAA pusiera fin a la famosa “Ban”.
Antes, el enemigo era externo. Hoy, no.
El enemigo interior
Durante años, el fútbol irlandés pudo culpar a la “imperialismo cultural” del GAA de buena parte de sus males. Ya no. Lo que ha hundido el calendario alineado no es una presión exterior, sino la vieja fractura interna de siempre.
En esta batalla, el sector amateur del fútbol irlandés levantó la voz porque percibió que el cambio venía impulsado “por esos de la League of Ireland”. La familia dividida. Una vez más.
La Leinster FA, por ejemplo, envió una carta al consejo de la FAI denunciando un “procedimiento de votación defectuoso” y señalando que la aprobación llegó gracias al peso del bloque LOI, que, según su tesis, no se veía directamente afectado por el cambio. Todo esto pese a que su propio representante electo en el consejo de la FAI había respaldado el plan.
Más allá de las posiciones personales sobre el calendario, el episodio deja una imagen demoledora de la FAI. El organismo encargó un plan, lo respaldó por unanimidad, buscó y obtuvo un mandato de sus miembros para aplicarlo… y ahora renuncia a su recomendación central. Un ejercicio de autoboicot institucional.
El mensaje que queda es nítido: ni siquiera su propia estructura de gobierno se fía de sus decisiones. Y, de paso, se erosiona la credibilidad de la Asamblea General como mecanismo de legitimación. Esa misma asamblea se utilizó recientemente como prueba de que el fútbol irlandés respaldaba la decisión de no boicotear los partidos contra Israel. ¿Qué valor tiene ahora un mandato que se puede deshacer al cabo de unos meses?
Invierno, lluvia y ventanas empañadas
Mientras tanto, la realidad no espera a que los comunicados encuentren la palabra correcta. Llegará otro invierno. Llegará otra serie de fines de semana con lluvia horizontal golpeando ventanas y campos encharcados.
Cuando sus hijos pasen esas mañanas de sábado encerrados en casa, viendo cómo el agua convierte los campos en charcos impracticables, convendrá recordar algo: esto es lo que el fútbol irlandés ha decidido que es mejor para ellos.
Mejor que nadie juegue a nada, antes que arriesgarse a que algunos descubran que, bajo el sol, quizá prefieren jugar a otra cosa.






