The Friedkin Group pone en venta al Everton tras un año de desencanto
El comunicado que cambió el rumbo de Everton apenas ocupaba 170 palabras. Frío, burocrático, casi escondido en la mañana del viernes. The Friedkin Group, propietarios también de AS Roma, anunciaba que, en la práctica, ponía el club en venta. Un final tan discreto como su paso por Merseyside.
Habían desembolsado más de 400 millones de libras en diciembre de 2024 por el 99,5% de las acciones, rescatando a Everton de la asfixia financiera y del clima tóxico que dejó la caótica etapa de Farhad Moshiri. Aquello se vendió como el inicio de una era audaz, con la mudanza al nuevo estadio de Bramley Moore Dock como símbolo de un futuro robusto.
No ha durado ni un año completo de ilusión.
De la gran promesa a la desconexión
Mientras el nuevo estadio se levanta imponente, la propiedad se ha ido desvaneciendo del día a día. Houston en la cabeza, Roma en el corazón. Everton, en un segundo plano.
Dan Friedkin, presidente del grupo, no ha pisado Goodison Park para ver un solo partido. Más llamativo aún: no ha hablado ni una vez con David Moyes desde que el técnico regresó al banquillo en enero de 2025. Ni una llamada. Ni una reunión. Nada.
Moyes lo desveló tras un mercado de fichajes de verano que dinamitó la relación entre la grada y los dueños. Del escepticismo frío se pasó a la hostilidad abierta.
El punto de ruptura fue Harrison Armstrong. Uno de los grandes talentos de la academia del club, 19 años, centrocampista, proyectado como pieza clave del futuro. The Friedkin Group acordó su venta a Nottingham Forest por 40 millones de libras. Una operación puramente financiera, vista desde Houston. Un sacrilegio, visto desde la grada de Everton.
La noticia se filtró antes de tiempo. En cuestión de horas, el enfado se convirtió en amenaza. Durante el partido en Bournemouth se escucharon gritos advirtiendo de “un motín” si se consumaba la salida del canterano. La presión fue tan intensa que TFG dio marcha atrás y frenó el traspaso. Oficialmente, rectificación. En la calle, solo se interpretó como un torpe ejercicio de relaciones públicas después de una decisión que había roto algo esencial con la afición.
Un verano que dejó cicatrices
El daño ya estaba hecho. Y el resto del mercado no ayudó a recomponer nada.
Everton vendió a Iliman Ndiaye a Manchester City por 65 millones de libras. También salió Beto rumbo a Fiorentina. No era un delantero de élite, pero sí un nueve de referencia, un perfil que el equipo necesitaba. El plan pasaba por incorporar a Folarin Balogun desde Monaco. El fichaje se vino abajo cuando ya no quedaba margen para buscar alternativas.
Moyes se quedó corto de efectivos: un delantero menos, solo 18 jugadores de campo en la plantilla senior. En un club que quiere mirar a Europa, esa es una plantilla desnuda. Desde ese momento, la sensación fue inequívoca: los créditos de The Friedkin Group ya estaban rodando.
Ahora, el club se asoma al mercado. El experto en finanzas del fútbol Kieran Maguire estima que los Friedkin buscarán entre 750 y 800 millones de libras por una venta completa, asumiendo una deuda actual cercana a los 468 millones. Comprar barato, vender caro. Un “flip” de libro, en términos empresariales.
Estabilidad financiera, tormenta emocional
Nadie discute que TFG ha aportado estabilidad económica después del caos de Moshiri. Inyectaron 38 millones de libras para cubrir el pago a Burnley, tras la indemnización superior a 35 millones por el incumplimiento de las Profit and Sustainability Rules (PSR) en el periodo de tres años que desembocó en el descenso de los clarets en la temporada 2021-22. Everton ha recurrido, pero la factura ya salió de la caja de los Friedkin.
Maguire cree que el choque con el entorno legal del fútbol inglés también ha pesado. Un ecosistema más litigioso, más judicializado, muy distinto al que esperaban encontrar. Y un mercado de clubes al alza, con la Premier League convertida en objeto de deseo para inversores estadounidenses. Solo hay 20 plazas. La escasez empuja los precios.
En ese contexto, Everton se presenta como un activo atractivo: historia, tradición, presencia constante en la élite, una afición que llena un estadio de más de 50.000 asientos y un nuevo hogar prácticamente listo sin necesidad de grandes inversiones adicionales. Según Maguire, tras el terremoto Moshiri, ahora se puede “levantar la alfombra” en el club sin que aparezcan sorpresas desagradables. Un club “listo para usar” que se coloca en el escaparate.
Un club en venta, un técnico al margen
La frialdad de la relación entre Houston y Merseyside se confirmó de nuevo con la forma en que Moyes conoció la noticia de la posible venta. Se enteró al mismo tiempo que el resto del mundo, a través del comunicado.
Antes del partido del domingo ante Hull, el técnico no ocultó su decepción: lamentó que los aficionados tengan que afrontar “otro periodo de ‘¿quiénes son nuestros dueños?’”. Dijo que regresó con la ambición de devolver a Everton a los niveles de antaño, peleando por Europa con regularidad. Reconoció que el verano había sido “difícil” y que quizá no debería sorprenderle tanto este giro, aunque sí le había pillado a contrapié.
En la grada, según Maguire, la reacción mezcla desilusión e indiferencia. El hartazgo pesa. Tras años de vaivenes, muchos sienten que por fin hay gente competente en la estructura del club, a diferencia de la etapa de Moshiri, donde algunos cargos parecían más decorativos que sustanciales. El problema, de nuevo, está arriba.
The Friedkin Group quiere cerrar una operación rápida. La due diligence ya está hecha, los “gremlins” contables, identificados y resueltos, como apunta Maguire. Ahora todo queda en manos del test de propietarios y directores de la Premier League: comprobar que el comprador no sea un “indeseable”, que tenga el dinero y pueda demostrar su origen, no solo para adquirir el club, también para sostenerlo.
Moyes, mientras tanto, se ofrece como mejor embajador de lo que Everton puede representar para un nuevo inversor. Insiste en que es “un gran club” y se declara dispuesto a hablar con cualquiera que piense en comprarlo para convencerle de que vale la pena.
El viejo gigante de Merseyside vuelve a estar en el escaparate. Nuevo estadio casi listo, cuentas saneadas, una grada que no se rinde y un banquillo que quiere mirar hacia Europa. Falta la pieza que lo ordene todo: un propietario que, esta vez, esté realmente dispuesto a vivir Everton, no solo a poseerlo.





