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Kylian Mbappé y su tercera temporada en el Real Madrid: presión y expectativas

Kylian Mbappé entra en su tercera temporada en el Real Madrid con una paradoja a cuestas: es el máximo goleador histórico de los Mundiales, un aspirante serio al próximo Balón de Oro… y, sin embargo, en el Bernabéu todavía se le mira como a un jugador por demostrar.

La sensación se palpó en la víspera del regreso de la Champions League. En la sala de prensa, el francés de 27 años se sentó ante los micrófonos y, casi de inmediato, se encontró bajo un interrogatorio más propio de un juicio que de una previa europea. La prensa madrileña fue directa al punto: por qué la unión entre superclub y superestrella aún no ha cuajado.

Salieron todos los temas. Su relación con Vinicius Jr, entre rumores persistentes de que la química personal y futbolística brilla por su ausencia. El ambiente del vestuario, todavía marcado por las informaciones de conflictos internos bajo el mando de Xabi Alonso y después de Álvaro Arbeloa. Y, como colofón, el dato que más escuece: Mbappé aún no ha levantado un gran título con el Real Madrid mientras su antiguo club, el Paris Saint‑Germain, encadena dos Champions League consecutivas desde su marcha.

La narrativa se ha instalado con fuerza: el PSG de Luis Enrique se ha convertido en un equipo reconocible, solidario, con un plan colectivo nítido; el Real Madrid, en cambio, parece haber retrocedido una década, reducido a una costosa colección de individualidades.

Mbappé no rehuyó el golpe, pero se puso en guardia. Le respaldan las cifras y el contexto. Hace apenas dos meses se convirtió en el máximo goleador de la historia de los Mundiales y firmó una Copa del Mundo en Norteamérica que lo consolida como uno de los grandes de siempre del torneo. Sus 10 goles con Francia este verano se suman a una segunda temporada en el Madrid en la que marcó 42 tantos en 44 partidos. Un registro que lo coloca, por pura lógica, entre los favoritos al Balón de Oro.

Sin embargo, el contraste es evidente. El Mbappé de Francia domina, arrastra, decide. El Mbappé del Real Madrid todavía vive bajo sospecha. Esa dualidad condiciona por completo su tercer curso en el Bernabéu.

El club ha respondido a los dos años sin títulos con un giro reconocible: el regreso de José Mourinho. La apuesta es clara. Solo el peso del portugués, su autoridad y el recuerdo de lo que fue, parecen capaces de imponer la disciplina y el control que permitan florecer a un ataque repleto de talento pero falto de estructura.

El primer examen no ha tardado en llegar. El viernes, derrota por 1‑0 ante el Real Betis y penalti fallado por Mbappé en los minutos finales. Un golpe directo a la confianza en un momento en el que el margen de error es mínimo. El Madrid ya persigue al Barcelona, defensor del título, que ha arrancado LaLiga con cuatro victorias y 17 goles, una declaración de intenciones en resultados y en propuesta: atacan y defienden como bloque.

En ese contexto surgió otra crítica incómoda para el francés. Se le cuestionó si él y Vinicius trabajan lo suficiente sin balón, si su aportación defensiva está a la altura de lo que exige un equipo que quiere dominar Europa. Y llegaron las comparaciones con perfiles que sí encajan en ese molde: Ousmane Dembélé en el PSG, Raphinha en el Barcelona.

La respuesta de Mbappé dejó entrever su carácter. “Si quisiera ser estúpido, podría decirte que marco más goles que esos dos jugadores que has mencionado, así que ellos necesitan marcar más para ser como yo. Cada uno es diferente”, lanzó. “Pero soy inteligente, así que te diré que tengo que mejorar. No me gusta compararme porque hago muchas cosas que otros no hacen. Es un debate sin fin. Pero sí, todo el equipo tiene que mejorar defensivamente y, con balón, tenemos que subir el nivel también”.

Ahí tocó un punto sensible. Su etapa en el Real Madrid se ha analizado, casi siempre, desde lo que le falta, no desde lo que ya ofrece. Dembélé es Balón de Oro y dos veces campeón de Europa, pero no incendió otro Mundial como hizo Mbappé ni tiene esa capacidad de torcer un partido a su voluntad con la camiseta de Francia. Raphinha, salvando las distancias, tampoco. El francés admite que otros puedan verlo distinto, pero en una cosa no titubea: se considera el mejor jugador del mundo.

Esa convicción no lo blinda frente a la crítica. Al contrario, la eleva. El verano dejó incluso una ventana inesperada: el interés del Arsenal por Vinicius abrió la posibilidad de que el Madrid rediseñara su ataque alrededor de Mbappé, liberándolo de la convivencia forzada con otro futbolista que también reclama el carril izquierdo para brillar. El club londinense lo tuvo en cuenta en su ofensiva, pero el brasileño se quedó. Y con esa decisión, el reto cambió de forma.

Ahora la responsabilidad recae sobre ambos. Tienen que aprender a convivir, a repartirse espacios, a complementarse en lugar de estorbarse. El francés no solo será juzgado por sus goles. También por el equilibrio del equipo, por cómo respira el Madrid con él y con Vinicius en el mismo once.

Dos temporadas sin trofeos pesan mucho en Chamartín. El margen se ha agotado. Para Mbappé, esta ya no es solo la temporada en la que puede confirmar que es el mejor del mundo. Es la temporada en la que debe demostrarlo donde más se le exige y donde menos perdón hay para las excusas: en el Real Madrid.