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Major League Soccer: El legado del Mundial y su impulso hacia la élite

Ese es el mensaje. Directo, desafiante, casi una declaración de independencia futbolística. Lionel Messi, Son Heung-min, David Beckham y decenas de jugadores de Major League Soccer miran a cámara y lanzan el guiño: si el Mundial te enganchó al fútbol, ahora ven a vernos a nosotros, ven a ver la MLS.

No es solo un anuncio. Es una toma de posición.

La liga ha vestido de superproducción su campaña: estrellas del último Mundial que militan en la máxima categoría estadounidense invitan a los nuevos aficionados a subirse al tren justo cuando se reanuda la temporada regular. Para rematar, la MLS pone sobre la mesa entradas gratis para quienes se estrenan. No es un gesto simbólico: es inversión pura en futuro.

“Ahora el Mundial ha expuesto a millones de personas a Major League Soccer”, recuerda Dan Courtemanche, vicepresidente ejecutivo de la liga, hombre de la casa desde 1995, cuando aún no se había pateado un balón oficial. “Vamos a seguir capitalizando ese impulso”.

La palabra clave es esa: impulso. La pregunta, inevitable: ¿puede el legado real de este Mundial ser el salto definitivo de la MLS al grupo de ligas de élite?

De legado del 94 a monstruo de 30 clubes

Major League Soccer nació precisamente como legado de un Mundial. Fifa obligó a Estados Unidos a crear una liga profesional como condición para organizar la Copa del Mundo de 1994. En 1996 arrancó el experimento: 10 equipos, ni un solo estadio específico para fútbol, un país que miraba de reojo a un deporte “extranjero”.

Treinta años después, el paisaje es otro. La MLS cuenta con 30 clubes y casi el mismo número de estadios construidos para el balón y no para la yarda. El escepticismo inicial se ha ido diluyendo al mismo ritmo que crecían gradas, academias y contratos televisivos.

Durante el Mundial de 2026, las predicciones agoreras hablaban de butacas vacías por los precios desorbitados. No ocurrió. Los estadios se llenaron, la audiencia televisiva respondió y la alegría del torneo se extendió por Estados Unidos incluso después de la eliminación de la selección ante Bélgica en octavos de final.

Ese partido dejó un dato contundente: fue el encuentro de fútbol más visto de la historia en una sola cadena en el país, con más de 33 millones de espectadores en Fox. El Inglaterra–México de octavos fue todavía más lejos: 45 millones de personas siguieron el choque en inglés y en español, sumando Fox y Telemundo. Cifras que ya se sientan en la misma mesa que la NFL, el deporte-rey local, aunque todavía lejos del coloso absoluto: la Super Bowl.

En 2025, la Super Bowl más vista de la historia reunió 127,7 millones de espectadores en emisiones en inglés y español y plataformas de ‘streaming’ dentro de Estados Unidos. Muchos se conectaron solo por el espectáculo del descanso, con Kendrick Lamar como gran reclamo. Pero el listón está ahí, altísimo.

La MLS, que ha crecido de manera sostenida desde su primera temporada, se marca un objetivo sin complejos: convertirse en una liga de élite al nivel de las grandes competiciones europeas. “Creo que se nos ve como una de las principales ligas a nivel comercial”, reivindica el comisionado Don Garber en un acto sobre el futuro de la competición y el legado del Mundial. “Hemos descifrado ese código. Ahora tenemos que descifrar el resto”.

De “liga de retiro” a trampolín global

En algunos aspectos, la MLS ya juega en la misma liga que los grandes. En el Mundial de 2026, 45 futbolistas procedentes de equipos de la MLS estuvieron presentes, con dos de ellos en la final con Argentina: Messi y Rodrigo de Paul.

Durante años, el campeonato arrastró la etiqueta de “residencia de jubilación” para superestrellas: un destino lucrativo y cómodo para leyendas como Beckham o el propio Messi tras sus picos de rendimiento en Europa. Esa imagen ya no encaja con los datos que maneja la propia liga.

Courtemanche subraya un cambio estructural: la edad media de los nuevos jugadores internacionales que aterrizan en la MLS es ahora de 23,8 años. No son veteranos en busca de una última gran nómina, sino futbolistas en plena fase de crecimiento. Muchos sueñan con dar el salto a Europa después de usar la MLS como plataforma, pero el flujo empieza a ser de doble sentido.

La liga también se prepara para un ajuste clave: a partir de 2027, el calendario cambiará para adoptar un formato de verano a primavera, alineado con Europa. El objetivo es sencillo: facilitar los movimientos de jugadores entre competiciones y hacer más fluido el mercado.

Al mismo tiempo, los dirigentes han pisado el acelerador en el desarrollo de cantera. Todos los clubes de MLS operan academias juveniles. La escena en un evento de LA Galaxy lo resume bien: mientras en una pantalla gigante se emitía la victoria de Estados Unidos sobre Bosnia-Herzegovina, decenas de niños preferían jugar sus propios partidos en tres campos improvisados. Solo corrían hacia la pantalla cuando el rugido del público anunciaba un gol.

En una cultura marcada por agendas infantiles milimetradas, aquellos partidos espontáneos eran casi una rareza. El nivel técnico, alto. Varios de esos chicos pertenecen ya a equipos de academias MLS.

Entre ellos, un niño de ocho años llamado Landon, bautizado así por el mito Landon Donovan. Pasa de la portería al ataque con una sonrisa permanente. Su madre, Jen Wing, es entrenadora; sus hijos han pasado por campus de la MLS y juegan en equipos de viaje en Nueva Jersey. Landon lo tiene claro: quiere ser profesional en la MLS. “LAFC”, responde sin dudar cuando le preguntan por su club soñado.

El muro del “pay-to-play”

No todo es euforia. Los críticos señalan un obstáculo estructural que, según ellos, impide a la MLS competir de verdad con Europa: la cultura del “pay-to-play” en el fútbol formativo.

En la cúspide, las academias de la MLS forman y desarrollan talento de manera gratuita, al estilo europeo. El problema está en el camino hasta allí. Para que un adolescente llegue al radar de un equipo de academia, muchas familias han tenido que desembolsar miles de dólares en entrenamientos privados y equipos de viaje, un patrón común en el deporte estadounidense.

Los responsables de la liga defienden que los sistemas de desarrollo están en constante evolución y mejora, y recuerdan que todas las franquicias ofrecen becas para jugadores con talento que no pueden asumir esos costes. Garber insiste en que el objetivo es afinar cada vez más la maquinaria de formación para nutrir mejor a la selección masculina y producir futbolistas “más y más preparados, más grandes, más fuertes, más rápidos, todo lo que te da energía para pensar en un futuro mejor”.

Messi, dueños de Hollywood y un negocio en ebullición

En la batalla por la audiencia, hay una figura que sobresale por encima del resto: Messi. Su presencia en Inter Miami CF ha multiplicado el interés global por la MLS y ha convertido cada uno de sus partidos en un evento.

Pero la liga no vive solo de la magnetización de un genio. El culto a la celebridad atraviesa el campeonato de arriba abajo. Más de dos decenas de artistas y deportistas poseen participaciones en clubes de la MLS. Will Ferrell en LAFC, Reese Witherspoon en Nashville SC, Matthew McConaughey en Austin FC, Magic Johnson también en LAFC. La lista dibuja una competición profundamente integrada en el ecosistema del entretenimiento estadounidense.

Y el negocio responde. Drew Carey entró en Seattle Sounders como propietario original cuando el club se unió a la MLS en 2009 pagando una cuota de expansión de 30 millones de dólares. Hoy, la franquicia está valorada en más de 900 millones. El contrato de Beckham con LA Galaxy en 2007 incluía una opción para comprar una futura franquicia por 25 millones. Ese derecho se convirtió en Inter Miami CF, un club que los expertos ya tasan por encima de los mil millones.

La revalorización es brutal. Y manda un mensaje claro a inversores y a la propia liga: el fútbol, en Estados Unidos, ya no es un capricho pasajero.

Fútbol frente a football: la batalla cultural

Aun así, el choque cultural persiste. El país vibra ahora con el fútbol, pero muchos creen que la cultura estadounidense siempre pondrá por delante al football de la NFL.

Brian Udovich lo ve de cerca. Su hijo Croil, de 12 años, juega en una liga MLS Next Level en el sur de California. Ha observado un patrón repetido: muchos jóvenes talentosos abandonan el fútbol cuando llegan a la adolescencia para pasarse al football americano, atraídos por todo el aparato que lo rodea.

Los viernes por la noche, los institutos se llenan para los partidos de football: nombres de los jugadores en luces de neón, bandas de música, animadoras, estadios enormes. Es un espectáculo total. El fútbol, en cambio, suele quedar relegado a las mañanas de sábado, con padres y madres en sillas plegables como única grada. El contraste es evidente. “Simplemente significa mucho más para otras culturas que para la nuestra”, admite Udovich.

Michael Bradley, hoy entrenador de New York Red Bulls, entiende esa diferencia, pero ve un punto de inflexión. Para él, el legado del Mundial va a empujar al fútbol de asociación a una posición más central en la vida deportiva del país.

“Nosotros no tenemos la larga y gloriosa historia futbolística que tienen otros países. Durante mucho tiempo eso generó un complejo de inferioridad, la sensación de que quizá el fútbol nunca sobreviviría de verdad en Estados Unidos”, explica. Ahora percibe algo distinto: orgullo. Mucho más orgullo entre los aficionados.

Y deja una frase que suena a sentencia, pero también a aviso para quien todavía dude: “Creo que todos podemos decir de forma inequívoca que, en 2026, el fútbol no se va a ninguna parte”.