Lionel Messi y los momentos destacados del Mundial
Lionel Messi, todavía el dueño del balón
El partido parecía encallado, sin grietas, hasta que apareció él. Lionel Messi recibió un pase incómodo, a media altura y en carrera, ante Cabo Verde. Amortiguó la pelota con una sutileza que solo está al alcance de los elegidos y, sin apenas espacio, la acomodó con el segundo toque en la escuadra. Un golpeo limpio, seco, de esos que silencian el estadio un segundo antes del rugido.
La respuesta llegó muy tarde, pero llegó con estruendo. En la prórroga, Sidny Cabral firmó uno de los momentos del Mundial: controló casi sobre la línea del área y, desde un ángulo maldito, dibujó un derechazo enroscado al ángulo que dejó sin reacción a Emiliano Martínez. Un empate en el minuto 103 que desató la incredulidad en la grada y que, pese a la posterior victoria argentina por 3-2, se instaló de inmediato en la memoria colectiva.
Antes, en la fase de grupos, Kerim Alajbegovic había dejado su propia obra de arte para Bosnia-Herzegovina ante Qatar: una conducción serpenteante, sorteando rivales, coronada con un derechazo ascendente, puro, imposible de alcanzar. Un gol que resumió talento, descaro y precisión.
Erling Haaland también dejó su sello. Pareció un simple latigazo rutinario de su pierna derecha, pero fue en realidad un remate milimétrico y brutal para sellar la clasificación de Noruega ante Brasil en octavos. El gesto fue casi casual; la ejecución, quirúrgica.
En cuartos, Argentina y Suiza se enredaron en un duelo tenso, cerrado, que pedía a gritos un genio. Lo encontró Julián Álvarez. El delantero, tantas veces infravalorado, se inventó un derechazo lejano, con efecto y violencia, que se coló en la escuadra en la prórroga y abrió una eliminatoria que parecía condenada a los penaltis.
El festival de precisión lo completó Antonio Nusa, para Noruega frente a Costa de Marfil. Amago corto en el área, un leve movimiento de cintura para mandar al defensor al vacío y un disparo curvado, perfecto, otra vez al ángulo. Un manual de definición en espacio reducido.
Murallas bajo los palos
Si los goles encendieron el torneo, varias manos lo mantuvieron en llamas. Johny Placide protagonizó una doble parada monumental para Haití ante Marruecos: primero salvó con las piernas y, en la continuación, voló hacia su izquierda para desviar con una sola mano lo que parecía un gol cantado.
En el Azteca, Jordan Pickford sostuvo a Inglaterra en su triunfo ante México. Su intervención temprana, lanzándose bajo a su izquierda para sacar un cabezazo de Raúl Jiménez, cambió el pulso del encuentro. No fue una parada más: fue el tipo de mano que altera la narrativa de un Mundial.
Orjan Nyland firmó quizá la parada más extraña del torneo con Noruega ante Brasil. El balón, desviado hacia su propia portería por Kristoffer Ajer, le obligó a un sprint hacia atrás, un giro en el aire y un toque milagroso al poste. Anticipación, agilidad y sangre fría en una sola acción.
Aymen Dahmen, con Túnez, reaccionó a quemarropa ante un remate de Takehiro Tomiyasu que parecía haber cruzado todas las líneas imaginables del gol. Lo repelió casi sobre la raya, en un ejercicio de reflejos extremos.
Patrick Beach, con Australia frente a Turquía, voló hacia su derecha para rozar con la punta de los dedos un disparo lejano, potente, de Abdulkerim Bardakci. El balón besó el poste. La estirada, plena de elasticidad, fue tan plástica como decisiva.
Alireza Beiranvand, con Irán, dejó otra imagen imborrable ante Bélgica. Vencido ante un disparo de Kevin de Bruyne, se rehizó a una velocidad improbable para, ya casi sobre la línea del área pequeña, negar el gol a Maxim de Cuyper. Pura supervivencia bajo el larguero.
Los reyes del Mundial: Rodri, Messi y la nueva generación
El premio oficial al mejor jugador, el Balón de Oro del Mundial, viajó a manos del capitán de España, Rodri. El centrocampista, que jugó cada minuto, fue el metrónomo de un equipo que solo encajó un gol en todo el torneo. Indiscutible para su selección como lo es para Manchester City, se confirmó como una pieza sencillamente irremplazable.
Lionel Messi se llevó el Balón de Plata. A los 39 años, lejos de una despedida melancólica, manejó los tiempos de Argentina con la autoridad de siempre. En la semifinal ante Inglaterra, cuando el campeón se tambaleaba, él tomó el mando, pidió cada balón y tiró de un equipo que todavía gira a su alrededor.
Kylian Mbappé, ganador del Balón de Bronce, combinó goles, liderazgo y una implicación sin balón desconocida hasta ahora. Su determinación se notó incluso antes de empezar el torneo, en una sala de prensa donde se le vio relajado, seguro, convencido de que era su Mundial.
Varios periodistas y analistas repartieron elogios. Jude Bellingham fue señalado como el jugador del torneo por su impacto con Inglaterra, arrastrando al equipo con carácter y fútbol. Otros insistieron en que, con ocho goles y cuatro asistencias en ocho partidos, el protagonista absoluto volvió a ser Messi, capaz de decidir una semifinal con dos pases en la segunda parte cuando Inglaterra creyó haberle neutralizado.
Entre las revelaciones, el nombre que nadie discute es Pau Cubarsí. El central de 19 años, titular en todos los minutos de la campaña de España, fue elegido mejor jugador joven por la FIFA. Sostuvo una defensa casi impenetrable y firmó una actuación magistral ante Francia en semifinales, confirmando lo que en Barcelona ya intuían: es un defensa para marcar época.
No fue el único en irrumpir. Ayyoub Bouaddi, de Marruecos, se presentó al mundo con una actuación deslumbrante ante Brasil en el New York New Jersey Stadium, moviéndose por el campo con una inteligencia táctica que recordó a híbridos de grandes centrocampistas de otra era. Erling Haaland, aunque ya estrella, amplió su impacto global en Estados Unidos hasta convertirse en un nombre cotidiano incluso lejos de Europa.
Hubo más apariciones inesperadas. Vozinha, el guardameta de Cabo Verde, a los 40 años, encadenó siete paradas espectaculares en el 0-0 ante España y remató su Mundial con ocho intervenciones más de alto nivel contra Argentina. Su rendimiento no solo mantuvo con vida al debutante, sino que disparó su popularidad: de unos 50.000 seguidores en redes a más de 29 millones.
Alex Freeman, lateral de Estados Unidos, elevó su cotización pese a la eliminación en octavos ante Bélgica, hasta el punto de que su propio seleccionador, Mauricio Pochettino, le situó entre los futuros mejores del mundo en su puesto. Johan Manzambi, con Suiza, jugó con una frescura inusual en un chico de 20 años: tres goles en cuatro partidos y un fichaje posterior por Aston Villa cercano a las 50 millones de libras hablan por él.
Gilberto Mora, mediocentro mexicano de 17 años, acabó en el once titular y dejó la sensación de estar ante un talento destinado a la élite más alta.
Instantes que definen un Mundial
Algunos escenarios y escenas se incrustaron en la retina. El Azteca, en ese México–Inglaterra, ofreció quizá la atmósfera más intensa de todo el torneo: un estruendo constante, una interpretación del himno mexicano que erizó la piel incluso a los neutrales, una noche que muchos veteranos de Mundiales colocan ya en su podio personal.
Las emociones no se limitaron al césped. Fuera del campo, los aficionados de Paraguay en Boston, tras una tanda de penaltis épica ante Alemania, lloraban de alegría. Padres e hijos envueltos en banderas, asegurando que acababan de vivir el mejor día de sus vidas. Esa mezcla de incredulidad y orgullo es el combustible emocional que sostiene el mito del Mundial.
En lo puramente futbolístico, el triplete de Messi en su primer partido del torneo fue un aviso directo: no estaba de paso, venía a intentar conquistar otro título. Y, ya en las rondas finales, el gol de Cabral ante Argentina se convirtió en un símbolo de este campeonato expandido: una pequeña nación, la más modesta en llegar a las eliminatorias, llevando al límite al campeón del mundo con un disparo imposible.
Cabo Verde, pese a caer, representó la esencia de la nueva Copa del Mundo: equipos debutantes que no llegan a hacer turismo, sino a competir sin complejos.
Decepciones de peso pesado
No todo fueron historias felices. Brasil, dirigida por Carlo Ancelotti, ofreció una versión gris, lenta, desprovista de la chispa asociada históricamente a la camiseta amarilla. Avanzó con desgana y se estrelló con justicia ante Noruega en octavos, dejando la sensación de un proyecto sin alma.
Senegal, con quizá la mejor generación de su historia, se marchó con la etiqueta de oportunidad desperdiciada. Ganaban 2-0 a Bélgica en dieciseisavos, pero una cadena de errores tácticos y una mala gestión del partido les dejó fuera. Un golpe duro para un grupo llamado a llegar mucho más lejos.
Portugal, con Cristiano Ronaldo aún como referencia, se despidió en octavos tras un 1-0 ante España. Tres goles en cinco partidos del delantero no bastaron para sostener a un equipo que nunca alcanzó el nivel que se le presuponía como candidato al título.
La selección de Estados Unidos también se desplomó después de un arranque prometedor, arrastrada por la controversia en torno a Folarin Balogun y una eliminación apagada frente a Bélgica. Escocia, por su parte, sufrió una eliminación cruel al quedarse a las puertas de la clasificación como tercera, con la confirmación de su adiós retrasada durante días.
Francia, en semifinales ante España, firmó una actuación sorprendentemente plana, con una delantera de lujo sin respuestas. Y Brasil, de nuevo, quedó muy lejos de sus propias expectativas.
No solo los equipos dejaron dudas. La elección del MetLife Stadium en New Jersey como sede de la final generó críticas: un coloso caro y poco amable para el aficionado de a pie, lejos del modelo de recintos más integrados en la ciudad como el de Filadelfia.
La pasión en las gradas
Si algo sostuvo el pulso del torneo fue la grada. México se ganó elogios unánimes: pasión desbordada, hospitalidad fuera del campo y un apoyo incondicional incluso en la derrota. En Ciudad de México, la víspera del duelo ante Inglaterra, un simple anuncio de la presencia de aficionados ingleses en un restaurante derivó en una ovación espontánea. Fútbol y respeto, en la misma mesa.
Brasil llevó su carnaval a cada ciudad que pisó. Sus hinchas no se limitaron a los estadios: tomaron las calles, tiñeron de amarillo y verde Filadelfia y convirtieron cada partido en una extensión de Río o São Paulo.
Colombia transformó el Arrowhead Stadium de Kansas City en una fiesta permanente ante Ghana, mientras que Noruega exportó su ya célebre “Viking row”, una coreografía que se convirtió en fenómeno global. Ver a miles de aficionados, y después a los propios jugadores, remar al unísono tras cada partido fue una de las postales recurrentes del campeonato. En cuartos ante Inglaterra, los noruegos incluso entonaron un “You’re going home” burlón cuando ganaban 1-0 en Miami; segundos después, Jude Bellingham empató, recordando lo rápido que gira el fútbol.
En Los Ángeles, la enorme comunidad mexicana hizo sentir cada victoria con fuegos artificiales y una marea verde inundando la ciudad. Y Argentina, en Miami y Kansas City, llevó más de 60.000 aficionados por estadio, un bloque de ruido y devoción que convirtió cada cita en territorio albiceleste.
En medio de todo eso, el Azteca volvió a ser el corazón sentimental de la Copa del Mundo, con dos partidos de México que recordaron por qué ese estadio es un santuario del fútbol.
Entre genialidades de Messi, la solidez imperial de Rodri, la irrupción de Cubarsí y el grito orgulloso de selecciones como Cabo Verde o Noruega, este Mundial dejó menos certezas de las esperadas y una pregunta abierta: ¿quién se atreverá a destronar a estos gigantes en el próximo capítulo?






