Michael Olise: El Genio de Hayes que Sorprendió al Mundo
Si Michael Olise levanta la Copa del Mundo, habrá un rincón de un barrio de viviendas en Hayes que será, para siempre, un pedazo de Francia. Es su esquina: un retal de césped en un pequeño parque, encajado entre casas adosadas del oeste de Londres, donde un niño de siete años se quedaba hasta la caída de la tarde golpeando el balón con su hermano Richard.
“Fútbol en estas condiciones, es simplemente libertad”, contó Olise a L’Équipe el mes pasado. “No es realmente aprender en el sentido estricto. Era simplemente el placer de jugar al fútbol. Me encantaba”.
Allí lo vio crecer Sean Conlon, uno de sus primeros entrenadores en Old Isleworthians, en el oeste de la ciudad. La imagen se le ha quedado grabada: “Iba a su casa y estaba fuera practicando con Richard. Ese pequeño barrio probablemente le ayudó mucho; no había muchos coches, pero sí mucho espacio de cemento y luego una pequeña zona verde. Estaba siempre ahí fuera, practicando, obsesionado con el fútbol”.
Diez años después, el niño de la esquina de Hayes ya estaba en Reading. Antes, Chelsea y Manchester City lo habían descartado de sus academias. Brendan Flanagan, ojeador del club en aquella época, recuerda perfectamente el momento en que entendió que tenían algo especial entre manos.
“Jugábamos contra Sparta Prague en la European Under-21 Cup”, rememora. “Llegué al descanso. Michael tenía unos 17 años y estaba en el banquillo. Me senté delante de Hayden Mullins, que trabajaba con nosotros. Michael salió faltando 17 minutos. A los cinco minutos Hayden se inclinó hacia mí y me dijo: ‘Who the fuck is that?!’. Me eché a reír. Y él insistió: ‘Venga, cuéntame, ¿de dónde has sacado a este?’”.
Para entender la respuesta hay que volver a ese barrio de Hayes. La historia de Olise no es solo el misterio de cómo Chelsea y City dejaron escapar a uno de los grandes nombres de este Mundial, un candidato al Balón de Oro formado en sus categorías inferiores. Es también el relato de por qué nunca vistió la camiseta de Inglaterra pese a haber nacido allí y haberse educado en su sistema.
“Cuando lo vi jugar por primera vez con Hayes, cuando tenía seis años, lo que destacaba era su movimiento físico”, explica Conlon. “Se desliza por el campo: muy elegante, coordinación perfecta, todo sin esfuerzo. La forma en que se mueve hoy es la misma que cuando tenía seis años. Eso es algo con lo que ha nacido. Hay gente que dice que es el mejor jugador que Inglaterra ha desarrollado jamás”.
Conlon había trabajado en la academia de Chelsea y, en cuanto Olise tuvo la edad, a los nueve años, el club lo incorporó. El talento seguía ahí, tan evidente que Manchester City también lo reclutó. Compartía generación con Cole Palmer y estaba un año por detrás de Phil Foden. Pero también en Manchester decidieron prescindir de él a los 16. Entonces volvió a los brazos de Conlon, que dirige una academia llamada We Make Footballers. Olise buscaba desesperadamente un club profesional cuando un contacto de Flanagan le habló de él.
“Había mucho escepticismo entre varios miembros del personal de Reading, pensaban que sería una oveja negra”, admite Flanagan. “Decían: ‘Lo han echado de Chelsea, lo han echado de Man City. No deberíamos traerlo. Nos va a dar problemas’. Yo insistí: ‘Traigamos al chico y decidimos después’”.
Conlon coincide en esa lectura. “Los demás ojeadores decían: ‘Acaba de salir de Manchester City, acaba de salir de Chelsea, ¿por qué no se han quedado con él?’ Estaban divididos. Veían el talento y se preguntaban: ‘¿Cómo no vamos a ficharlo?’ Y Reading fue el que se atrevió”.
El camino tampoco era sencillo. Olise tenía que desplazarse desde Londres a Reading para entrenar. El club organizaba un autobús lanzadera desde la estación para los chicos que venían de la capital. “El primer día me llamó desde la estación para preguntarme: ‘¿Dónde tengo que coger el autobús, por favor?’”, recuerda Flanagan. “Le indiqué dónde estaba, pero todo era ‘por favor’ y ‘gracias’, y pensé: ‘Este no es un mal chico. Es solo un chaval un poco incomprendido, diferente’”.
En el campo tampoco dio un solo quebradero de cabeza. “Nunca tuvimos un problema con él. No era un mal chico. Siempre fue un chico inteligente, tranquilo, que se expresaba de una manera un poco distinta. Lo que no encajaba para ellos [City y Chelsea]… bueno, nosotros somos el pequeño Reading. Podemos trabajar con estos chicos”.
Olise subió rápido a los sub-21 de Reading, el escenario de aquella tarde ante Sparta Prague que marcó a Flanagan y a Mullins. “Ese día estuvo absolutamente increíble”, afirma el ojeador. “Hayden y yo nos dimos la mano al final y dijimos: ‘Este chico va a jugar en el primer equipo antes de que acabe la temporada’”.
No tardaron en acertar. Pocas semanas después, el entonces técnico José Gomes lo llamó para completar un entrenamiento con el primer equipo. “Ese sábado estaba en el banquillo y poco después debutó. El entrenador lo vio y pensó: ‘Este chico es increíble’”.
Mientras tanto, Inglaterra ni se inmutaba. Ninguna llamada, ninguna invitación. Y eso que la identidad de Olise encajaba en varios mapas. Su madre, Mina, es francesa argelina; su padre, Vincent, británico nigeriano. “En realidad vengo de cuatro países”, explicó en la web del Bayern Múnich la temporada pasada. “Francia, Argelia, Nigeria y Gran Bretaña. Me considero muy afortunado de poseer estas cuatro partes, que todas me enriquecen.
“Desarrollé vínculos con todos mis países. Cuando crecía en Londres, visitábamos con regularidad Argelia, Nigeria y Francia. Mi padre siempre me hablaba en inglés en casa, mi madre, en francés”.
La Federación inglesa nunca lo tuvo en su radar como adolescente. “No éramos un club tan atractivo”, reconoce Flanagan. “Ahora ha cambiado un poco, pero entonces, para Inglaterra, en general, tenías que venir de Chelsea, Manchester City, Manchester United o Arsenal”.
Francia se adelantó. Localizó el vínculo familiar, llamó a Reading y se movió con decisión. “Francia contactó con nosotros y hablamos con Michael. Creo que les habían informado de que había una conexión francesa. Fueron los primeros en seleccionarlo [para la sub-18] y, aunque Inglaterra vino después para la sub-20, él estaba feliz donde estaba”.
El contexto tampoco ayudaba a los ingleses. Vivían su propia explosión de talento, alimentada por la reforma de las academias de 2012, hoy base de la selección absoluta. En la generación de Olise aparecían nombres como Palmer, Bukayo Saka, Morgan Rogers, Anthony Gordon y Noni Madueke. Justo por debajo asomaban Jude Bellingham y Jamal Musiala, entonces en Chelsea y jugando para Inglaterra antes de elegir a Alemania.
Las academias de la Premier League han educado al mundo. Para la Federación inglesa debe de ser una ironía dolorosa: el mejor creador de juego del Mundial ha nacido en Inglaterra, pero viste la camiseta azul de Francia. Olise suma ya cinco asistencias, más que nadie en el torneo.
“¿Podía ver que iba a llegar al nivel al que ha llegado?”, se pregunta Flanagan. “No creo que nadie pudiera. Hay chicos que a los 16 parecen candidatos al Balón de Oro y luego se estancan. Pero Michael iba en una trayectoria que subía y subía, y aún no se ha estabilizado. Parece que cada vez es mejor. Siempre tuvo una imagen en la cabeza, veía las cosas más rápido que los demás y tenía la capacidad de encontrar el pase. Pero ahora ha subido a otro nivel”.
Conlon lo vive con una mezcla de asombro y confirmación. “Es una locura. Con los sub-8 les decimos: ‘Un día vais a ganar el Mundial. Un día vais a ganar la Champions League’. Por eso hay que exigir estos estándares. Lo predicas… y ahora hemos tenido a alguien que ha ido y lo ha hecho”.
En Hayes, aquel pequeño parque de césped sigue ahí, escondido entre bloques de viviendas y asfalto. De momento es solo un lugar donde unos niños juegan sin pensar en Copas del Mundo ni Balones de Oro. Si Olise acaba la noche más grande del fútbol con el trofeo en las manos, ese trozo de verde anónimo pasará a formar parte del mapa sentimental de Francia y del eterno dilema de Inglaterra: ¿cómo dejaron marchar al genio de su propia esquina?






