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Cómo una Copa del Mundo taquillera se convirtió en furia y farsa, dejando a FIFA con un gran problema

Un Mundial que cautivó pero terminó envuelto en controversias

Mientras Lionel Messi era elevado por sus compañeros tras la victoria contra Egipto, y los jugadores egipcios caían abatidos, la escena parecía sacada de una película. Era televisión de máxima audiencia, espectáculo asegurado para cualquier director, acompañado por el clamor único de los fanáticos argentinos.

La emoción ha estado al límite durante este Mundial, con momentos tan intensos como las lágrimas de Messi y su entrenador Lionel Scaloni. “No puedo mirarte”, confesó Scaloni entre sollozos, abrumado por el sentimiento que le generan sus jugadores. Para Messi, quizá más entendible, pues podía ser su último partido en un Mundial; para Scaloni, vigente campeón del mundo, también fue un choque emocional enorme en un simple octavos de final.

Argentina siempre ha sido un equipo con mucha carga emocional en estos torneos, pero ahora esa intensidad parece contagiarse a todos. La travesía de Inglaterra ha sido un ejemplo perfecto de caos y drama, sin que ningún equipo haya avanzado con tranquilidad, algo muy distinto a lo que ocurría en Mundiales como el de 1990 o 2002.

Incluso partidos considerados tranquilos, como Colombia contra Suiza, destacaron porque resultaron casi anacrónicos frente al frenesí actual. Este Mundial muestra cómo el fútbol nacional se libera de las restricciones tácticas habituales en clubes para explotar la pasión y el espectáculo que representa esta competición.

Un torneo de emociones intensas y fútbol vibrante

La cantidad de goles en octavos, 23, supera ampliamente a torneos recientes, reflejando un fútbol más abierto y emotivo. En las últimas tres décadas, solo con un partido como México vs Inglaterra ya sería suficiente, pero aquí aparecieron dos encuentros así de épicos en pocos días.

No todo ha sido alegría. El caso de Folarin Balogun generó repulsión, debido a una interferencia política evidente que empañó la competición. El entrenador egipcio Hossam Hassan fue directo al expresar su frustración tras la derrota: denunció una injusticia motivada por intereses económicos y afirmó que Egipto merecía pasar, negándose incluso a ver más partidos del torneo.

“Se trata de dinero. Quieren que Messi siga en el torneo. En el fútbol, muchas cosas pasan fuera del campo por intereses. Nosotros sufrimos una injusticia”, dijo Hassan.

Decisiones arbitrales como el gol anulado a Mostafa Ziko causaron desconcierto, por lo inconsistente con el arbitraje general, mucho más permisivo en otras situaciones. Que esto ocurriera en un partido con la estrella más grande y campeones mundiales solo avivó sospechas sobre la integridad del torneo.

El fantasma de la crisis y el impacto Trump

Para FIFA, la polémica se agrava porque la reciente crisis vinculada a Donald Trump afecta la percepción pública. Gianni Infantino debería preocuparse, pues muchos ahora sospechan que algunas decisiones pueden estar influenciadas, como si el Mundial fuera un guion preestablecido.

Es ridículo pensar eso, pero esas ideas ganan terreno y no pueden ser ignoradas. La Premier League enfrenta acusaciones similares de corrupción y manipulación, mostrando cómo cruzar la línea de la integridad deportiva genera una crisis de legitimidad. Y es irónico que este Mundial, con tanto fútbol emocionante y auténtico, esté manchado por estas dudas.

El Mundial condicionado por la riqueza y la política

Mirando los cuartos de final, seis de los ocho equipos son potencias económicas de Europa occidental: Francia, España, Inglaterra, Suiza, Bélgica y Noruega. Esto contrasta con el modelo estadounidense, donde jugar al fútbol cuesta mucho y el talento se ve desde una perspectiva financiera a corto plazo.

Marruecos se destaca como la gran excepción, gracias a un proyecto estatal ambicioso que ha impulsado su selección a niveles inéditos, similar a la estrategia de Viktor Orbán con Hungría.

FIFA intenta redistribuir recursos mediante iniciativas lideradas por figuras como Arsène Wenger para elevar el nivel global, aunque estas acciones también tienen tintes políticos que complican la dinámica del fútbol mundial.

En definitiva, la Copa del Mundo es como una obra satírica con altos y bajos, dramatismo, y emociones verdaderas, pero ahora marcada por problemas que van más allá del juego en sí.