Nottingham Forest refuerza su posición por Anderson y Murillo
En el Etihad Stadium y en Old Trafford miran con atención hacia el río Trent. Pero arrancar a Elliot Anderson del City Ground no será un ejercicio sencillo de chequera. Con Evangelos Marinakis al mando, Nottingham Forest se ha ganado una fama clara: aquí nadie sale si el club no gana, y gana mucho.
El propietario griego es uno de los negociadores más duros del fútbol europeo. No contempla rebajas, ni atajos, ni ventas por necesidad. Solo se sienta a hablar cuando las cifras prometen un beneficio mayúsculo para las arcas colectivas del club. Y con Anderson, la vara está muy alta.
Un precio de estrella para un centrocampista total
En Inglaterra ya se habla sin rodeos de una operación de nueve cifras. Quien quiera a Anderson, sea Manchester City o Manchester United, deberá acercarse a las 100 millones de libras, incluso superarlas. Una cantidad que lo coloca directamente en la élite del mercado, en la franja reservada a los futbolistas llamados a marcar una era.
La apuesta no es caprichosa. Forest sabe lo que tiene entre manos y confía en que este verano, en el Mundial que se disputará en suelo norteamericano, el centrocampista inglés dispare todavía más su valor como parte de los planes de Thomas Tuchel con una selección de Inglaterra ambiciosa y hambrienta.
Jack Colback, que compartió vestuario con él en el City Ground, lo resume con una frase que pesa: Anderson es “muy, muy bueno”. No es un especialista de moda, es un centrocampista a la antigua, de los que abarcan todo el campo.
En un fútbol que etiqueta a los medios como 6, 8 o 10, Anderson rompe el molde. Destruye, construye y llega. Su juego defensivo es sólido, su lectura con balón le permite dictar el ritmo y, cuando pisa campo contrario, suma creatividad y presencia en área rival. Es el tipo de jugador que hace de todo y casi siempre bien. De ahí la convicción interna de que puede convertirse en uno de los mejores de su generación.
Si su rendimiento se dispara en el Mundial, el precio que hoy parece desorbitado puede convertirse en el nuevo mínimo.
Murillo y Gibbs-White, los otros pilares del proyecto
Forest no vive solo de Anderson. En el City Ground se ha ido armando, con paciencia y riesgo calculado, un núcleo de futbolistas capaces de sostener al club en la élite durante años.
Morgan Gibbs-White se ha consolidado como el talismán con el 10 a la espalda, el jugador que asume responsabilidades, pide la pelota en los momentos pesados y viste con personalidad la histórica camiseta Garibaldi. A su lado, en la zaga, el brasileño Murillo se ha convertido en otro símbolo del nuevo Forest.
Colback estuvo en el club cuando aterrizó ese central zurdo, potente, de 23 años, y su primera impresión mezcla advertencia y admiración. En directo, en el estadio, Murillo puede dar la sensación de vivir al límite, como si siempre tuviera una posible equivocación en el horizonte. Pero ahí aparece su verdadera virtud: lee el juego con una rapidez extraordinaria y reacciona con una calma impropia de su edad.
Forest lo ha echado de menos esta temporada cada vez que las lesiones lo han apartado del once. Y se ha notado. El rendimiento colectivo ha sufrido, una prueba más de su peso en el equipo.
Colback no duda en señalar a la dirección deportiva y al propio Marinakis como responsables de este salto cualitativo. La línea de fichajes de los últimos años ha sido agresiva, sí, pero también certera. Murillo es el mejor ejemplo: un defensa moderno, capaz de sacar el balón jugado, dominante en el choque y con margen para crecer.
Su renovación hasta 2030 no es un simple trámite administrativo. Es una declaración de intenciones. Si cumple ese contrato, puede seguir el mismo camino emocional que Gibbs-White: pasar de buen fichaje a leyenda moderna del City Ground.
Un club que mira al futuro sin olvidar sus raíces
Mientras se discute en los despachos el futuro de figuras como Anderson y Murillo, Forest se ha permitido un viaje al pasado reciente y al corazón del fútbol de base.
Jack Colback, uno de los héroes del ascenso de 2022, ha regresado a un escenario que conoce bien, en un acto con fuerte carga simbólica. El socio principal en la parte frontal de la camiseta, Bally Bet, se ha embarcado en una misión particular: dar visibilidad y reconocimiento a esos futbolistas de base que han sostenido el juego durante años lejos de los focos.
Para ello, una figura histórica del club como Mark Crossley recibió el encargo de armar la primera All-Stars Vets, una selección de veteranos de los campos de barrio, personajes auténticos de ese fútbol que todavía huele a hierba mojada y vestuario pequeño. No se trataba de un simple homenaje, sino de una celebración de todo lo que hace grande al fútbol de raíces.
Crossley no trabajó solo. Otros rostros reconocibles de Forest le acompañaron en la tarea de elegir nombres y dar forma al grupo. El premio para esos veteranos fue mayúsculo: cambiar los campos de recreo por el City Ground, vestirse como profesionales y recibir un trato propio de la Premier League.
El 28 de mayo, esa All-Stars Vets se midió a un combinado de leyendas de Forest, cerrando el círculo entre pasado, presente y futuro. En la misma casa donde hoy se blindan activos valorados en más de 100 millones de libras, el club abrió las puertas a quienes representan la esencia más pura del juego.
Mientras los gigantes del país hacen números para tentar a Anderson y miran de reojo a Murillo, Nottingham Forest lanza un mensaje claro: aquí se negocia duro, se planifica a largo plazo y se honra la camiseta Garibaldi. La próxima gran decisión no solo marcará el mercado. Puede definir qué tipo de club quiere ser Forest en la próxima década.






