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Ruud Gullit analiza la situación de Chelsea: Despidos y desafíos en el banquillo

Ruud Gullit, mito del fútbol neerlandés y hombre que levantó la FA Cup con Chelsea en 1997 como jugador-entrenador, observa la temporada 2025-26 de los Blues con una mezcla de preocupación y resignación. El club que hace apenas un año celebraba títulos europeos menores y un billete a la Champions se asoma ahora al abismo de un curso sin competiciones continentales.

En solo doce meses, el relato ha cambiado de tono. De la euforia por la Conference League y el Mundial de Clubes de la FIFA, a una realidad mucho más áspera: novenos en la Premier League, fuera de la pelea por los grandes objetivos y con la sensación de que el proyecto se ha quedado sin brújula.

Dinero sin dirección

Los propietarios siguen abriendo la chequera. Fichajes, talento joven, promesas por pulir. Mucho potencial, poca jerarquía. Esa es la crítica que sobrevuela el puente de Stamford Bridge y que Gullit no esquiva.

El club ha apostado de forma obsesiva por el futuro, relegando la experiencia a un segundo plano. Y la factura se ve cada fin de semana: un equipo brillante a ráfagas, frágil cuando el partido se vuelve adulto. La inconsistencia se ha convertido en la banda sonora del curso.

Esa montaña rusa ha devorado entrenadores. Enzo Maresca y Liam Rosenior ya son pasado. El testigo lo lleva ahora Calum McFarlane, técnico interino que, pese al caos, ha logrado algo que sostiene la temporada: llevar a Chelsea a la final de la FA Cup. Un último hilo de grandeza en medio del ruido.

El 16 de mayo, en Wembley, espera Manchester City. No es solo un título. Es una puerta de emergencia. Ganar significaría levantar un trofeo histórico y asegurar plaza en la Europa League 2026-27. Perder, en cambio, podría dejar al club sin Europa y con muchas más preguntas que respuestas.

Un banquillo menos deseado

En ese contexto, la gran duda es quién querrá sentarse de forma permanente en ese banquillo. Nombres hay. Cesc Fàbregas, Xabi Alonso, Andoni Iraola, Marco Silva. Perfiles distintos, todos con reputación al alza. Pero el interrogante es otro: ¿sigue siendo Chelsea un destino atractivo para los mejores entrenadores?

Gullit no se esconde. Cuando le plantean esa cuestión, responde con crudeza. Para él, el problema no es solo el presente clasificatorio, sino la estructura que rodea al técnico.

“Sí”, admite cuando le preguntan si el club se ha vuelto menos apetecible, antes de desgranar el tipo de piezas que faltan. Habla de centrocampistas con colmillo, de perfiles como Casemiro o Aurelien Tchouameni, de veteranos capaces de sostener y guiar a los jóvenes. Sin esa mezcla, advierte, el plan se tambalea.

Su frase más dura no va dirigida a un jugador ni a un dirigente, sino al propio cargo de entrenador en Stamford Bridge: “Lo único que es seguro para un técnico de Chelsea es que lo van a despedir. Esa es la única certeza”. No es una exageración. Es un repaso a años de impaciencia en el palco y cambios constantes en el banquillo.

Para Gullit, cualquier entrenador de élite mide dos cosas antes de aceptar un reto así: si la filosofía del club encaja con la suya y si recibirá las piezas necesarias para ejecutar su idea. Si la respuesta es no, el riesgo se dispara.

El espejo de los gigantes

El neerlandés recurre a ejemplos muy claros. Pep Guardiola, recuerda, ha construido su éxito en Manchester City con una condición innegociable: tener los jugadores que necesita. Lo mismo, apunta, se aplica a José Mourinho, Jürgen Klopp o Carlo Ancelotti. Técnicos que no aceptan proyectos donde deban “arreglárselas con lo que haya”.

Si a uno de ellos le dijeran “trabaja con lo que te damos”, no firmaría. Y ahí está, a ojos de Gullit, el gran problema de Chelsea: un club que exige resultados inmediatos, pero que no siempre ofrece a su entrenador el control y el equilibrio de plantilla que demanda el fútbol moderno.

El resultado es un banquillo cada vez más caliente, un puesto en el que el margen de error se reduce a la mínima expresión. Un mal mes puede costar el empleo. Un mal mercado, la temporada.

Europa o nada

En medio de ese clima, el equipo intenta aferrarse a lo que queda. El 1-1 ante Liverpool cortó una racha de seis derrotas consecutivas en la Premier. Un pequeño alivio, nada más. El calendario ofrece ahora un tramo final tan peligroso como decisivo.

Tras la final de la FA Cup ante City, Chelsea recibirá en Stamford Bridge a un Tottenham amenazado por el descenso, un rival herido y desesperado. Después, cerrará la liga con un viaje a casa de Sunderland. Sobre el papel, dos partidos ganables. En la práctica, dos minas.

Las cuentas dicen que los Blues todavía pueden pelear por colarse entre los siete primeros. La realidad apunta a que las probabilidades son escasas. Sin un sprint final casi perfecto, la temporada liguera se quedará corta. Y, sin Europa, el mercado de fichajes se complicará todavía más.

Para el próximo entrenador, sea cual sea su nombre, el escenario es claro: plantilla joven, exigencia máxima, paciencia mínima. Un club gigante que todavía no define del todo qué quiere ser. La FA Cup puede maquillar el año y abrir una puerta a la Europa League.

La pregunta es otra: ¿habrá alguien dispuesto a cruzarla sabiendo que, en Chelsea, la única certeza en el banquillo es la fecha de salida?