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La última jornada de la liga: Tottenham en peligro

El último día. Diez partidos a la vez. Transistores imaginarios pegados al oído, miradas perdidas hacia los marcadores, un murmullo que sube de grada en grada cuando llega el rumor de un gol en otro estadio. La liga despidiéndose con su ritual más cruel: las matemáticas del miedo.

El título ya está resuelto. La pelea por Europa, sinceramente, importa solo a los implicados directos. Lo que manda es otra cosa: la caída al vacío. Y ahí, como tantas veces, aparece Tottenham, incapaz de alejarse de su propio reflejo. Incapaz de dejar de ser Tottenham.

Partido para ver: Tottenham v Everton

James Maddison lo resumió con una palabra: “vergonzoso”. Y no exageraba. Tottenham llega a la última jornada con un peligro real de descenso. No es un susto retórico. Es una amenaza que se puede tocar.

La ironía es brutal: el año pasado terminaron 17º con los mismos puntos que tienen ahora. Entonces llevaban semanas salvados, protegidos por un fondo de la tabla con tres equipos descolgados. Esta vez solo hay dos hundidos de antemano. Y Tottenham se ha entretenido tanto en su propia crisis que ha acabado asomado al borde.

La temporada pasada, la excusa —sobreutilizada— fue la Europa League. Tras una racha de tres victorias en febrero, con la salvación casi hecha, el equipo volcó sus energías en el continente mientras la liga se desmoronaba. Esta vez no hay coartada europea. Solo un parte médico que parece un parte de guerra… y una directiva que decidió en enero que moverse sería “entrar en pánico”.

No ficharon. No reforzaron. No reaccionaron.

El caso más sangrante está en la banda derecha. Vender a Brennan Johnson pronto y bien en el mercado parecía, por una vez, una decisión lógica. Nada de lo que ha hecho después, ni en Tottenham ni en Crystal Palace, indica que fuera un error deportivo. El problema llegó justo después: Mohammad Kudus se lesionó gravemente en el siguiente partido y, aun así, el club se pasó las tres semanas restantes de enero mirando al techo, sin reemplazar ni uno ni otro.

Si el domingo todo sale mal, ese mes de enero será la primera página de la autopsia. Y si se salvan por los pelos, también.

Porque incluso con la ligera mejoría que ha traído Roberto De Zerbi, el ataque de Tottenham sigue siendo un solar. La plantilla está corta de número y de calidad. El técnico italiano, otra vez, apenas tiene margen: un tridente con Richarlison, Mathys Tel y un Randal Kolo Muani en un estado de forma lamentable, y la esperanza de que un Maddison a medio gas pueda entrar en la segunda parte sin que su aparición huela a súplica.

Los últimos minutos de Maddison ante Leeds y Chelsea han sido una revelación y una acusación al mismo tiempo. En apenas veinte minutos por partido, con el mediapunta claramente falto de ritmo, el equipo ha mejorado más en ataque que en muchos tramos con los teóricos titulares. No habla bien de nadie.

El escenario, sobre el papel, les favorece. Tottenham solo necesita un punto para asegurarse la permanencia, salvo que West Ham le haga un traje de época a Leeds con una goleada de escándalo. Un escenario tan grotescamente “Spursy” que hasta los más pesimistas lo descartan con una media sonrisa.

Everton, por su parte, llega sin aire. No gana desde principios de marzo, sus opciones de Europa se han ido apagando jornada a jornada y el equipo parece haber perdido chispa justo cuando más la necesitaba. Pero nadie en el norte de Londres se atreve a hablar de trámite. No con este Tottenham. No con este vestuario que se rompe a la mínima.

El inicio será clave. Vital. Este Tottenham de De Zerbi tiene una autoestima de cristal. En Sunderland y en Stamford Bridge, el equipo competía bien… hasta encajar el primer golpe. En cuanto recibió el gol, se desinfló. En casa ante Leeds, pasó de controlar el partido a parecer un manojo de nervios tras el empate visitante.

El problema, esta vez, es que el golpe ni siquiera tiene por qué llegar en su propio campo. Basta un rugido, una oleada de ruido en las gradas, un rumor bajando de los palcos: “Gol de West Ham”. Imaginemos el eco de ese anuncio en un estadio convertido en un pozo de tensión. Imaginemos las piernas de los jugadores encogiéndose.

Hay nueve combinaciones posibles de resultados entre Tottenham y West Ham que deciden el descenso. Ocho salvan a los de De Zerbi. Ocho. Pero es Tottenham. Y siempre queda la sensación de que este club guarda una última catástrofe, una última caída, para coronar el año más absurdo de su historia reciente.

Si se resbalan, si pierden como perfectamente pueden perder, el foco viaja inevitablemente a…

Equipo para seguir: West Ham

West Ham llega a la cita mirando el móvil, la radio, cualquier cosa que le diga qué hace Tottenham. No dependen de sí mismos. Y, para colmo, su examen parece más difícil: Leeds, en este momento, es un rival más incómodo que Everton.

Después de la debacle en Newcastle, lo único que podía pedir el equipo londinense era llegar vivo a la última jornada. Lo ha conseguido. Ahora necesita algo más: que Leeds esté ya pensando en las vacaciones, en las chanclas y el puro, porque en circunstancias normales cuesta imaginar a este West Ham, con tres derrotas seguidas y versiones preocupantes en todas ellas, imponiéndose a un Leeds invicto en sus últimos ocho encuentros.

La semana pasada, Leeds tampoco se jugaba nada y aun así derrotó a un Brighton que se lo jugaba todo. No parece un equipo programado para regalar victorias. Pero West Ham no tiene otra salida: debe presentar por fin una actuación de “todo o nada” en un contexto de “todo o nada”. Lo contrario a lo que hizo en St James’ Park.

El plan está claro: golpear primero, pronto, y trasladar el temblor a Londres. Si West Ham se adelanta, cada minuto sin respuesta de Tottenham se convertirá en una losa. Es una apuesta de largo recorrido, pero no es una fantasía. Si los de Londres Este hacen su trabajo, la tarde puede girar a su favor en cualquier momento.

Entrenador a seguir: Pep Guardiola

En otro frente, lejos del barro del descenso, se despide una era. Pep Guardiola dirigirá por última vez un partido de Premier League. Como ocurrió con Sir Alex Ferguson, Arsène Wenger o Jürgen Klopp, cuesta imaginarlo en otro banquillo del campeonato. Su figura está cosida a la competición.

El duelo ante Aston Villa, campeón de la Europa League, llega sin nada en juego para la tabla. Manchester City se descolgó de la pelea con Arsenal al tropezar en Bournemouth, donde ni siquiera mereció el punto que sacó. El título ya no está en el horizonte. La vuelta de honor llega con una sensación extraña.

Su último curso no puede etiquetarse como fracaso absoluto: un doblete doméstico con un equipo en plena transición no se tira a la basura. Pero tampoco es una temporada redonda. No con el listón que él mismo levantó durante una década: seis ligas en siete años, campañas por encima de los 95 puntos, una tiranía que obligaba a los demás a rozar la perfección para competir.

Que se marche tras dos años sin disputar de verdad el título y, este curso, con una carrera a trompicones, le dejará una espina clavada. Aun así, su legado es gigantesco. Se va como el segundo gran técnico de la historia de la Premier League.

Y, dado quién ocupa el primer escalón, no es precisamente un mal lugar en el que quedarse.

Jugador a seguir: Mohamed Salah

Otro adiós, este mucho menos amable. Mohamed Salah se marcha de Liverpool tras una temporada en modo tormenta permanente. Gesto torcido, declaraciones fuera de tono, entrevistas postpartido que abrían más frentes de los que cerraban, una relación cada vez más extraña con el juego sin Trent Alexander-Arnold por detrás.

El resultado es triste: una leyenda del club y de la Premier se va bajo una nube innecesaria, apenas un año después de la tensa salida de Alexander-Arnold de Anfield. El final no está a la altura de la historia.

Para el espectador neutral, sin embargo, Salah se convierte en un imán inevitable. Liverpool necesita un punto para asegurar su presencia en la próxima Champions League. Y el egipcio será el foco de todas las miradas esté donde esté: sobre el césped, mascando su enfado en el banquillo, entrando a ratos o, incluso, ausente del estadio.

En una tarde con diez partidos simultáneos, Salah seguirá siendo “el jugador a seguir” aunque solo sea por la incómoda pregunta que sobrevuela cada gesto suyo: cómo se rompió algo que parecía indestructible.

Partido de Football League para ver: Hull City v Southampton Middlesbrough

En la Championship, el play-off final no suele necesitar condimentos extra. El premio —unos 200 millones y un billete a la élite— ya lo convierte en una ruleta rusa deportiva. Esta vez, sin embargo, llega cargado de una trama digna de novela: el “Spygate” más cutre y caro que se recuerda.

Southampton ha pagado carísimo un ejercicio de torpeza monumental. Nada de tecnología punta, nada de drones ni operaciones de película. Solo un empleado con el móvil en la mano, grabando donde no debía, sin siquiera el ingenio de disfrazarse de socio de club de golf para pasar desapercibido. Una chapuza que puede costar una fortuna.

Middlesbrough, por su parte, aparece como víctima y beneficiado a la vez. La sanción a Southampton ha abierto un debate sobre si el castigo se ajusta al delito, pero también sobre la magnitud del premio que recibe Middlesbrough. Porque, al final, el equipo del noreste había perdido su semifinal. Y perder una semifinal, en teoría, te manda a casa.

La verdadera víctima silenciosa es Hull City. El único que hizo las cosas por la vía clásica: ganar su eliminatoria a doble partido, sin polémicas, sin atajos. Y, sin embargo, es el que más ha sufrido el caos. Mientras Southampton y Middlesbrough al menos sabían que su futuro pasaba por enfrentarse o no a Hull, los de East Yorkshire apenas conocieron a su rival con menos de 72 horas de margen.

El guion parece escrito: la lógica cruel del fútbol apunta a un ascenso de Middlesbrough, el primer equipo en perder una semifinal de play-off y aun así subir. Un giro de guion perfecto para un año en el que la seriedad ha brillado por su ausencia.

Partido europeo para ver: Bayern Munich v Stuttgart

En Alemania, Harry Kane busca otro trofeo para su colección. Bayern Munich, campeón de la Bundesliga, se mide a Stuttgart, vigente campeón de la DFB Pokal. Sobre el papel, suena a final con favorito claro. La realidad es más matizada.

Para Bayern, levantar la Pokal tendría un peso simbólico enorme: no gana la copa desde 2020, cuando sumó su vigésimo título. Lleva cinco años sin siquiera pisar la final. Una eternidad para un club acostumbrado a colonizar el calendario.

Stuttgart, en cambio, vive un momento histórico. Defiende título tras conquistar su cuarta Pokal la temporada pasada y encadena finales por primera vez en su historia. Ya perdió dos finales ante Bayern, en 1986 y 2013. Esta vez llega con otra cara, otro proyecto, otra confianza.

En un fin de semana donde Inglaterra decide quién se hunde y quién respira, Alemania ofrece un contraste: una final donde ambos miran hacia arriba. Kane, acostumbrado a finales amargas, sabe que cada copa cuenta. Y Stuttgart, con la memoria de aquellas derrotas ante Bayern, sabe que pocas oportunidades de revancha son tan claras como esta.