Unai Emery conquista la Europa League con Aston Villa
¿Dónde quiere la estatua, señor Emery? La pregunta, que ya flotaba en el ambiente antes del partido, se volvió casi literal en cuanto el capitán John McGinn levantó al cielo de Estambul una Europa League que ya lleva, con toda justicia, el sello de su técnico. Unai Emery conquistó el torneo por quinta vez, un récord absoluto, y por fin tiene con Aston Villa el trofeo que respalda, de manera tangible, una obra transformadora.
Emery, dueño de su competición
Thomas Tuchel lo dijo hace unos años: la UEFA podría rebautizar el torneo como el “trofeo Unai Emery”. Estambul ofreció el argumento definitivo. En una noche que los más jóvenes de Villa guardarán como su propio Rotterdam 1982, el técnico español volvió a dominar su territorio favorito y dejó a Freiburg reducido a un digno pero desbordado invitado.
La imagen que queda para siempre no es solo la del trofeo. Es Emiliano Martínez cargando a su entrenador a caballito, riendo como un niño, mientras el resto del equipo forma un pasillo de honor para un Freiburg valiente, pero claramente superado. Después, el turno fue para Emery: sus jugadores lo “mantearon” en el podio instalado sobre el césped, como si quisieran elevarlo un poco más por encima de esta Europa League que ya parece suya por derecho.
McGinn, capitán incansable, fue el último en recibir la medalla de manos del presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, antes de alzar un trofeo sin asas pero con una carga histórica inmensa. En cuanto lo tuvo, salió disparado hacia el mar de aficionados de Villa, que cantaban a pleno pulmón “We Are the Champions”. El metal aún llevaba el grabado reciente; el orgullo, en cambio, venía de muy lejos.
Una noche para la historia de Villa
Los jugadores se fueron turnando para levantar la copa. También lo hicieron los copropietarios, Nassef Sawiris, con bufanda granate y azul, y Wes Edens, partícipes de una resurrección deportiva que ya tiene recompensa. En el palco, el Príncipe de Gales, confeso hincha de Villa y lector furtivo de foros del club bajo pseudónimo, grababa el momento con su móvil como un aficionado más. Luego, en redes sociales, dejó su mensaje de felicitación a jugadores, cuerpo técnico y empleados.
La estampa, curiosa y simbólica: igual que en 1982, Villa de blanco frente a rivales alemanes de rojo. Esta vez, los nombres grabados en la memoria serán otros: Youri Tielemans, Emiliano Buendía y Morgan Rogers, los goleadores. Tres tantos de categoría, tres golpes de autoridad. Tielemans y Buendía encarrilaron la final con dos golazos en un lapso de siete minutos al filo del descanso; Rogers remató la obra cerca de la hora de juego.
Cuando Buendía colocó con la zurda un disparo perfecto en la escuadra, en la última acción del primer tiempo, el encuentro ya olía a procesión. El tercer gol, fruto de la astucia de Rogers en el primer palo, terminó por vaciar de suspense la noche. Como competición, dejó de existir en ese instante. Intente explicárselo, eso sí, a los miles de seguidores de Villa que habían cruzado medio continente.
Marea claret & blue en Estambul
La asignación oficial de entradas para Aston Villa fue de 10.758. La realidad duplicó esa cifra. Estambul vivió una auténtica invasión de Birmingham, con Taksim Square teñida de granate y azul durante todo el día. Cánticos, banderas, recuerdos de 1982. Era la primera final continental del club en 44 años y nadie quería perdérselo.
Para Freiburg, en cambio, la cita era la más grande de sus 121 años de historia. Llegaban sin un solo trofeo en las vitrinas, pero con la determinación de celebrar una temporada histórica a su regreso al suroeste de Alemania. Villa, con la clasificación para la próxima Champions League ya asegurada, partía como favorito claro. Y lo demostró muy pronto.
En la grada, los aficionados de Villa entonaban canciones dedicadas al equipo campeón de Europa del 82. Nueve de aquellos héroes viajaron a Turquía para presenciar este nuevo capítulo. Entre ellos, Nigel Spink, el portero que entró de urgencia en aquella final tras la lesión temprana de Jimmy Rimmer. El eco de aquella noche se hizo sentir de nuevo.
Hubo incluso un guiño del destino: Martínez necesitó atención médica en el calentamiento, con el preparador de porteros, Javi García, vendándole un dedo. El murmullo de preocupación duró poco. El argentino salió del túnel antes del pitido inicial, puño derecho en alto, golpeando el aire hacia la hinchada de Villa detrás de su portería. Para el descanso, cualquier nervio se había disipado.
Golpes de clase: Tielemans y Buendía
Hasta el primer gol, Villa mandaba pero sin romper del todo. Freiburg tuvo sus momentos. El más tenso, la entrada alta de Matty Cash sobre Vincenzo Grifo: el lateral fue amonestado, aunque las repeticiones mostraron cómo, tras tocar el balón, impactó con los tacos en la espinilla del centrocampista. Johan Manzambi agitó algo el ataque alemán y Nicolas Höfler dispuso de la primera ocasión clara, un disparo cruzado que se marchó desviado tras un despeje de Pau Torres.
La sensación era de equilibrio inestable, a punto de inclinarse. Lo hizo en el minuto 41. Córner en corto, Rogers recibe y pone un centro medido, tenso, con peso justo. El balón cae en cámara lenta en la frontal del área. Tielemans lo ha leído desde que salió del pie de su compañero. Se perfila y, de primeras, empalma una volea limpia, con el empeine, que se cuela sin concesiones. Gol de manual. Gol que rompe la final.
El golpe dejó aturdido a Freiburg. Villa olió la sangre. McGinn, siempre activo entre líneas, filtró un pase hacia la frontal. Buendía lo mató con la derecha, control orientado, y en el siguiente toque, con la zurda, dibujó un disparo precioso a la escuadra. Último toque del primer tiempo. Última esperanza alemana, disuelta en el aire.
Ese segundo tanto no solo amplió el marcador. Apagó la resistencia rival. La sensación, al descanso, era de sentencia.
Rogers cierra el telón
La segunda parte arrancó sin sobresaltos para Villa, dueño ya del ritmo y del balón. Freiburg buscó una reacción, pero chocó una y otra vez con un equipo que olía la gloria y no estaba dispuesto a aflojar.
El tercer gol llegó cerca de la hora de partido. Lucas Digne vio el espacio por la izquierda y lanzó a Buendía, que encaró a Lukas Kübler. El argentino esperó el momento justo, levantó la cabeza y sirvió un centro envenenado al primer palo. Allí, un intercambio fugaz: Rogers se cruza con Ollie Watkins, se adelanta a todos y, casi a contrapié, encuentra el hueco para empujar el balón a la red.
Fue el tanto de un delantero listo, de un equipo que ya jugaba con la confianza de los campeones. A partir de ahí, el resultado pudo ser aún más amplio.
Emery movió el banquillo. Amadou Onana, que entró mediado el segundo tiempo, acarició el cuarto con un cabezazo al poste. Buendía, desatado, rozó su doblete con un disparo al lateral de la red cuando el estadio entero ya cantaba gol. La fiesta se desató en la banda: el técnico vasco, autor intelectual de esta obra, saltaba, gesticulaba, vivía cada pase como si fuera el primero de su carrera.
No lo era. Pero quizá sí el más simbólico con Aston Villa.
El fin de la espera, el inicio de algo más
Para los aficionados desplazados a Estambul, para los que lo veían desde Birmingham y cualquier rincón del mundo, la espera terminó. Desde la League Cup de 1996, Villa no levantaba un título. Tres décadas de anhelos, de promesas rotas, de reconstrucciones a medias. Todo eso encontró una respuesta en una noche turca teñida de granate y azul.
Emery ya tiene su trofeo con Villa. El club, su regreso al mapa europeo. La pregunta ya no es dónde colocar la estatua del entrenador. La verdadera cuestión es otra: ¿hasta dónde puede llegar este equipo ahora que ha aprendido de nuevo cómo se celebra un título?






