El viaje de Irak al Mundial: 40 años de espera y 37 horas de carretera
La clasificación de Irak para su primer Mundial en 40 años no se entiende solo desde el fútbol. Se entiende desde el cansancio, el miedo, la carretera interminable y un país que sigue arrastrando las cicatrices de la guerra. Se entiende desde un grupo de jugadores que, literalmente, cruzó medio mundo por tierra y aire para jugar “el partido más importante de sus vidas”, como lo define René Meulensteen, asistente del seleccionador Graham Arnold.
De ciudad en ciudad, por carreteras vacías
Con el país arrastrado de nuevo al conflicto en Oriente Medio y el espacio aéreo cerrado, la odisea empezó mucho antes de Monterrey. Antes incluso de pensar en Bolivia.
“Tenían que viajar desde distintas ciudades hasta Bagdad en coche o autobús”, cuenta Meulensteen. “Algunos trayectos tardaban hasta ocho horas”. Y eso era solo el primer tramo.
Desde la capital, la expedición emprendió unas 15 horas por carreteras llenas de baches rumbo a Ammán, en Jordania, uno de los pocos puntos desde donde aún salían vuelos. Los jugadores que militan en ligas asiáticas se buscaron la vida por su cuenta para llegar también a Ammán y unirse allí al grupo. Solo entonces pudieron viajar juntos.
Fifa había organizado un chárter privado. Ni siquiera eso salió fácil. Nueve horas de retraso en tierra, un vuelo de ocho horas hasta Lisboa, dos horas de escala y otras 12 horas de avión hasta México. Una maratón logística para un equipo que se jugaba el último billete al Mundial.
No era, ni de lejos, la preparación ideal. Pero llegaron. Y tuvieron tiempo para recuperar algo de energía antes de enfrentarse a Bolivia en Monterrey.
Ganaron 2-1. Ganaron el último cupo mundialista. Ganaron mucho más que un partido.
Monterrey, México, y un círculo que se cierra
En la grada, el ambiente sorprendió a todos. “Todas las entradas que quedaban se entregaron a mexicanos, así que había muchísimos, junto a un gran grupo de iraquíes que viven en Estados Unidos”, explica Meulensteen. La mezcla dio como resultado un apoyo ruidoso, cálido, inesperado, que se inclinó claramente hacia Irak.
Para el cuerpo técnico, el escenario tenía algo de destino. “Les dijimos a los jugadores: ‘Démonos cuenta del viaje que hemos tenido que hacer para llegar hasta aquí y quizá este partido tenía que jugarse aquí, porque la anterior participación de Irak en un Mundial también fue en México’”.
Cuarenta años después de aquel 1986, el país volvía a entrar por la misma puerta simbólica.
En Bagdad, las imágenes que llegaron al móvil de Meulensteen hablaban solas. “Fue una locura absoluta, y era temprano por la mañana”, recuerda. Gente en la calle, coches tocando el claxon, banderas, bengalas. Un desahogo colectivo. “La nación entera llevaba mucho tiempo necesitando algo que celebrar y esto da a la gente una enorme dosis de energía y esperanza. Se nota el orgullo; hay un auténtico ambiente de bienestar”.
No es la primera vez que el fútbol le regala un respiro a Irak. Cuarto puesto en los Juegos Olímpicos de 2004, derrotando al Portugal de Cristiano Ronaldo. Campeones de la Copa de Asia en 2007, un título que, durante unas semanas, consiguió unir a un país desgarrado por la guerra civil. También en 1986 y en 2004 el balón rodó sobre un telón de fondo de conflicto.
“Irak sigue siendo un país que siente de verdad las secuelas de la segunda guerra del Golfo”, apunta Meulensteen. “Se nota en las ciudades. Se están recuperando, pero a nivel logístico y organizativo no puedes compararlo con Dubái o con sitios de Arabia Saudí”.
Un vestuario que canta y un grupo imposible
En medio de ese contexto, Meulensteen, 62 años, disfruta de algo tan sencillo como el ambiente del equipo. “Deberías oírlos en el autobús camino del entrenamiento o de los partidos, cantando y escuchando música. Es absolutamente brillante”.
La alegría en el bus contrasta con la crudeza del sorteo. Irak ha caído en uno de los grupos más duros del torneo: Francia, Senegal y Noruega. Potencias establecidas, talento europeo y africano, ritmo alto y jerarquía.
“Es como Manchester United contra Grimsby”, suelta Meulensteen, tirando de una comparación brutal en apariencia. Pero recuerda que aquel Grimsby ganó ese duelo el pasado agosto. Y el técnico neerlandés no está en México para cumplir el papel de víctima. Quiere repetir lo que ya logró con Arnold al frente de Australia en el último Mundial.
“Nos tocó Francia, Dinamarca y Túnez y tampoco nos daban muchas opciones de pasar”, rememora. “Pero ahí está nuestra mayor fuerza: el elemento sorpresa”. Australia derrotó a Dinamarca y Túnez y obligó a Argentina a sufrir en octavos.
Irak aspira a ese mismo guion incómodo: el rival al que nadie quiere enfrentarse dos veces.
Un equipo de orígenes mezclados y un técnico que aprendió árabe por necesidad
La selección combina jugadores nacidos en Irak con otros de ascendencia iraquí repartidos por el mundo. No todos hablan árabe, pero Meulensteen maneja un nivel intermedio que arrastra de sus primeros años como entrenador en Qatar.
Para dar ese paso en 1993 tuvo que tomar una decisión muy personal: casarse con su novia, porque vivir juntos sin matrimonio no estaba permitido. Un gesto que resume hasta qué punto su carrera se ha cruzado con culturas y normas muy distintas.
De Carrington a Bagdad: la huella de Cristiano y Sir Alex
El recorrido de Meulensteen lo llevó, ocho años después de Qatar, al corazón de uno de los clubes más grandes del planeta. Llegó a Manchester United a través del director de la academia, Lee Kershaw, y la recomendación de Dave Mackay, que lo había conocido cuando dirigía a la sub-17 de Qatar.
Empezó en la cantera, pero pronto pasó a trabajar de forma individual con jugadores del primer equipo. Tras una breve etapa como entrenador principal en Brøndby, regresó a Old Trafford con un rol más definido. Ahí se cruzó de lleno con Cristiano Ronaldo.
“Tuve varias sesiones con él dentro y fuera del campo, usando vídeos para mostrarle ciertas cosas”, relata. El foco estaba claro: los detalles del remate. Dividir el área en zonas, analizar la posición, el tipo de centro y el mejor remate para cada situación.
La idea central era que Cristiano dejara de obsesionarse con el adorno y se centrara en la eficacia. “Le dije que se trataba de ser lo más imprevisible posible, variar su juego… Con los años, lo dominó a la perfección”.
Lo que más le impresionó no fue un regate ni un gol. Fue la obsesión. “Lo que realmente destacaba en Cristiano era su ansia de perfección. Y sigue igual”. En Carrington, el portugués se encerraba muchas veces en una especie de jaula con tableros de rebote después del entrenamiento, 10 o 15 minutos más de trabajo. Meulensteen le enseñó ejercicios con esos tableros para controlar el balón de maneras distintas, creativas. “Le encantaba”.
Toda esa temporada de trabajo, charlas y vídeos acabó en un DVD que le entregó al jugador. Una presentación con clips y mensajes sobre la importancia de fijarse objetivos claros. “La gente con metas definidas tiene mucho más éxito que quienes no las tienen”, le insistía.
Al inicio de la 2007-08, Meulensteen le preguntó a Cristiano cuántos goles quería marcar tras haber hecho 23 el curso anterior. El portugués dijo 30. “¿Y por qué no 40?”, replicó el técnico. Acordaron esa cifra. Cristiano terminó con 42, y United levantó la Premier League y la Champions.
En el verano de 2008, Meulensteen fue ascendido a entrenador del primer equipo, responsable de diseñar y dirigir las sesiones. Sir Alex Ferguson le resumió en tres hojas de rotafolio cómo debía jugar Manchester United. Ese esquema se convirtió en brújula diaria.
Había principios defensivos y ofensivos. Pero la última hoja, según Ferguson, era la esencia del club. “Cuando ataquemos, quiero hacerlo con ritmo, potencia, penetración e imprevisibilidad. Y quiero que apliques esas cuatro cosas en cada entrenamiento de alguna forma”. Basta repasar los mejores años de aquel United para reconocer esas cuatro palabras en cada contraataque.
De Fulham a Australia… y ahora, Irak
Tras salir de Old Trafford en 2013, Meulensteen pasó por Fulham y trabajó en Estados Unidos, Israel e India antes de unirse al proyecto de Australia rumbo al Mundial. Un recorrido que le ha dado herramientas para algo que, en contextos como el de Irak, resulta fundamental: gestionar el miedo.
“Si sienten miedo, les pido que le den una forma. ¿Qué es exactamente ese miedo?”, explica. A menudo se trata del temor a las consecuencias de no ganar. Él insiste en que no siempre se puede controlar lo que entra en la cabeza: lo que se ve, lo que se oye. Lo que sí se puede orientar es el foco. “Les animo a centrarse en lo que quieren, en sus deseos: jugar bien, marcar un gol o llegar al Mundial”.
Con los jugadores, su mensaje es claro: no se trata de cambiar quiénes son, sino de “añadir” cosas a su juego. Un matiz que aprendió de alguien que también cuidaba cada palabra: Ferguson. “Siempre decía que las dos palabras más importantes en el vocabulario de un entrenador son: ‘bien hecho’”. Cuando los entrenamientos se acercaban al final, el escocés solía pasar a su lado, darle un toque en el hombro y soltar precisamente eso.
Con el tiempo, la relación entre ambos se convirtió en algo más que lo estrictamente profesional. “Es un gran narrador de historias y tiene intereses muy amplios. Lee mucho y sabe muchísimo de política e historia. Está absolutamente fascinado por la guerra civil estadounidense; sabe una barbaridad. Pero también de cine, actores, actrices, lo que quieras. Es increíblemente completo”.
En los desplazamientos con United, en autobús o tren, solían jugar a “Who Wants to Be a Millionaire?” en el iPad de Meulensteen. “La cantidad de veces que llegamos hasta el final es increíble. Sabía cosas que yo jamás habría sabido”.
De vez en cuando aún se ven para tomar un té. “Nos sentamos hora y media, dos horas, y el tiempo vuela. Es fantástico”. Para Meulensteen, aquella etapa en United fue “un periodo precioso” de su vida. Ahora quiere que el siguiente capítulo inolvidable llegue este verano.
Lo persigue desde un banquillo que canta en árabe, viaja por carreteras destrozadas y sueña con desafiar a Francia, Senegal y Noruega en el mayor escaparate del fútbol. La pregunta ya no es si Irak merece estar ahí. La pregunta es hasta dónde puede llegar un equipo que ya ha demostrado que, cuando todo está en contra, todavía encuentra la manera de subirse al avión.






