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Caleb Yirenkyi: El héroe del minuto 90 en el Mundial

Caleb Yirenkyi, el adolescente que entrenó su propio minuto 90

La escena parece escrita para un veterano, no para un chico que apenas empieza a asomarse a la élite. Minuto 90+ en un Mundial, partido cerrado, Ghana contra Panamá, el marcador clavado en 0-0 y la ansiedad creciendo en cada pase. Y, sin embargo, el que aparece en el área para decidirlo todo es Caleb Yirenkyi, un centrocampista de 19 años que lleva semanas ensayando exactamente ese movimiento.

El gol llega cuando el partido se encaminaba a un empate frustrante para los Black Stars. Ghana había sufrido más de la cuenta, sometida durante largos tramos por la insistencia de Panamá, que olió la inseguridad de un equipo en plena transición. Pero el fútbol castiga la falta de colmillo y premia la insistencia. Y Ghana, pese a sus dudas, nunca dejó de buscar una última jugada.

La pelota se recupera en tiempo añadido, muy tarde, demasiado tarde para los nervios, pero a tiempo para la pizarra. Salida rápida, balón hacia Antoine Semenyo, participación clave de Brandon Thomas-Asante, y entonces la irrupción que lo cambia todo: Yirenkyi atacando el área, como mandan las sesiones de entrenamiento, para empujar el 1-0 que vale tres puntos y aire en un Mundial que no perdona tropiezos.

No fue una aparición improvisada. El propio mediocampista lo explicó con naturalidad, como quien repasa un ejercicio repetido hasta el cansancio: Ghana lleva practicando ese patrón desde el inicio de la preparación, abrir a banda, centrar y llenar el área con llegadas desde segunda línea. El plan estaba ahí. Solo necesitaba su momento.

Cuando el equipo robó el balón, Yirenkyi no dudó: jugar hacia adelante, seguir la acción, confiar en que la pelota volvería a encontrarlo. Lo hizo dentro del área, y ahí no tembló. Definición y celebración contenida, más de alivio que de euforia. Sabía lo que significaba ese gol para el vestuario y para él mismo.

Detrás de esa jugada hay una figura que empieza a dejar huella en este grupo joven: Carlos Queiroz. El nuevo seleccionador ha impuesto sesiones intensas, cargadas de conceptos y repeticiones, pensadas para endurecer a un equipo que mezcla veteranos al límite de su ciclo internacional con una generación que recién empieza a entender qué exige un Mundial. Yirenkyi habla de “lecciones” y de entrenamientos con mucha intensidad. No es casualidad que Ghana, pese a sufrir, aguantara el pulso físico y mental hasta el último segundo.

El tanto frente a Panamá no es un destello aislado en la carrera del mediocampista de FC Nordsjælland. Es su segundo gol en dos partidos con la selección en este tramo reciente, después de haber marcado también contra Gales en un amistoso previo al torneo. Una progresión vertiginosa para alguien que debutó con la absoluta apenas el año pasado, en una derrota 1-2 ante Nigeria en la Unity Cup, y que entonces parecía más una apuesta a futuro que una pieza inmediata.

Su temporada en Dinamarca explica parte del salto. Con 30 partidos de liga, dos goles y seis asistencias, Yirenkyi se ha convertido en uno de los recursos más fiables en el centro del campo de su club. Ese rodaje le ha dado ritmo, confianza y una lectura del juego que ahora traslada a la selección. No se esconde, no se limita a cumplir. Llega, se ofrece, se atreve.

En el vestuario de Ghana, su figura crece al abrigo de los veteranos. Él mismo lo reconoce: los jugadores con más recorrido actúan como guía para un grupo joven que intenta absorber cada indicación. El mensaje es claro: escuchar, correr por el compañero, competir cada día y aceptar que el aprendizaje es constante. No hay promesas de gloria, solo trabajo y la convicción de que el equipo puede ir a más.

El partido ante Panamá dejó cicatrices y respuestas. Ghana, que sobre el papel debía imponerse con menos sobresaltos, terminó atrapada en sus propios errores y en la falta de claridad con balón. Se metió en un problema y tuvo que salir de él a base de resistencia, solidaridad y un último golpe de calidad. No fue un triunfo brillante. Fue un triunfo trabajado. Y a veces esos pesan más.

Yirenkyi lo resume en una idea sencilla: todos empujan en la misma dirección. Jugadores que aprenden entre ellos, que se nutren del cuerpo técnico y del entorno, que asumen el torneo “día a día”, sin grandes declaraciones, pero con una meta compartida: rendir al máximo en esta Copa del Mundo. Su optimismo no es ingenuo; se apoya en lo que el equipo ya ha mostrado en el campo.

En un combinado que busca su nueva columna vertebral, el joven centrocampista se está ganando un lugar no solo por sus números, sino por su capacidad para aparecer cuando el partido quema. Dos goles recientes, uno de ellos en el tiempo añadido de un Mundial, no son casualidad para un jugador que vive cada sesión como una inversión en ese instante decisivo.

Ghana se marcha de ese 1-0 con alivio y una certeza: en medio del relevo generacional, ha encontrado en Caleb Yirenkyi a un futbolista que no se asusta con el reloj en rojo. Y en torneos como este, a menudo, la diferencia entre volver pronto a casa o seguir soñando la marcan precisamente jugadores así.