Crisis en la FIFA: Gianni Infantino frena la venta del Mundial
Gianni Infantino ha tenido que dar marcha atrás. El presidente de la FIFA ha enterrado, al menos por ahora, su plan más polémico: vender una participación en los beneficios futuros de los Mundiales a fondos de inversión privados. La resistencia ha sido tan fuerte, tan amplia y tan visible, que el proyecto ha quedado herido de muerte antes de nacer.
El proyecto que encendió todas las alarmas
El plan tenía nombre corporativo: FIFA Forward Enterprise (FFE). Sobre el papel, debía agrupar la venta de todos los derechos comerciales de la FIFA —televisión, patrocinios, ticketing, licencias— y vincularlos a la operación de sus torneos. En la práctica, suponía abrir la puerta del negocio del Mundial a inversores externos.
La hoja de ruta era ambiciosa. La FIFA buscaba captar hasta 4.200 millones de dólares a través de la venta de participaciones minoritarias y sin control en FFE, una estructura que la propia organización valoraba en unos 20.000 millones. Con ese dinero, prometía más de 10.000 millones en “fondos para el desarrollo del fútbol” en los próximos cuatro años.
Infantino había dado a las federaciones hasta el 19 de septiembre para respaldar la iniciativa, acompañada de un incentivo de 30,1 millones de libras para quienes se sumaran. La propuesta, sin embargo, no solo no generó entusiasmo. Desató una tormenta.
UEFA, CONCACAF y la Confederación Asiática (AFC) reaccionaron con dureza. El mensaje era claro: el Mundial no se toca. Desde el ámbito político, el primer ministro Andy Burnham pidió una “revisión urgente de la gobernanza” de la FIFA y recordó en redes sociales que “el fútbol pertenece a los aficionados”. La Federación Inglesa expresó su “profunda preocupación”.
La presión subió de nivel cuando la oposición dejó de ser anónima y empezó a tener nombres y cargos.
Dimisiones, acusaciones y una FIFA partida
Carlos Cordeiro, uno de los principales asesores de Infantino, fue el primero en romper filas. Dimitió en protesta y calificó la privatización del Mundial como “un mal negocio para el fútbol” y “para el futuro a largo plazo del juego”. En un comunicado, dejó claro que no había participado en el diseño del proyecto y que lo rechazaba “de forma inequívoca”.
El golpe no llegó solo. Kevin Lamour, director de operaciones de la FIFA, denunció que el personal había sido “engañado” por la falta de transparencia del presidente en torno al plan. Habló de empleados que “merecen algo mejor que el desprecio y la intimidación” y definió la operación como “el proyecto de una sola persona”.
La FIFA intentó contener el incendio con un comunicado en la madrugada del viernes, insistiendo en que “nadie está vendiendo el fútbol”. El mensaje no calmó a nadie. La sensación, en Zúrich y fuera de ella, era que la organización caminaba hacia una fractura interna sin precedentes desde los días más oscuros del caso de corrupción que derribó a la antigua guardia.
La noche siguiente, la realidad se impuso.
Infantino recula
En un comunicado difundido de madrugada y atribuido de forma explícita “al presidente de la FIFA”, Infantino anunció que el proyecto no seguiría adelante. El texto defendía la intención inicial del plan —“reforzar a las asociaciones miembro y nuestro deporte en todo el mundo, especialmente en los países que más apoyo necesitan”— y subrayaba que siempre estaba condicionado a la aprobación mayoritaria de las federaciones y a un proceso de consulta con el Consejo de la FIFA, las confederaciones y otros actores.
El giro llegaba en la frase clave: tras “escuchar atentamente todas las opiniones”, Infantino reconocía que el proyecto había generado “divisiones” de tal calado que ya no servía al objetivo de “unir y mejorar”. Concluía con una decisión tajante: “Esta propuesta no seguirá adelante”.
El presidente añadía su intención de “reunir de nuevo a todas las partes interesadas en los próximos días y semanas” para seguir trabajando en el crecimiento del fútbol, “sobre todo en aquellos países que más necesitan nuestro apoyo”.
En Asia, el mensaje fue recibido como una victoria. En la web de la AFC, su presidente, Sheikh Salman bin Ibrahim Al Khalifa, celebró que la FIFA abandonara el plan de venta de una participación en el Mundial y remarcó que cualquier iniciativa con impacto global debe presentarse y discutirse “de forma oportuna, transparente y significativa” con confederaciones, Consejo de la FIFA, asociaciones miembro y demás actores. Reivindicó, además, que el futuro del fútbol mundial debe construirse sobre “consulta adecuada, diálogo colectivo y respeto a las estructuras de gobernanza establecidas”.
La batalla por el Mundial se había ganado. Otra, más silenciosa, acaba de empezar.
Un presidente acorralado
La retirada del proyecto no solo busca calmar a las federaciones. También es un movimiento de supervivencia política. Infantino encara una de las semanas más delicadas de su mandato con una elección presidencial a la vuelta de la esquina.
Hasta hace unos días, su continuidad parecía casi un trámite. Con el apoyo de más de 200 de las 211 asociaciones miembro, incluida la Federación Inglesa, se daba por hecho que sería el único candidato en las elecciones de marzo. El calendario jugaba a su favor: los aspirantes deben presentar su candidatura antes del 18 de noviembre.
Ahora, ese escenario ya no es tan sólido. Muchas federaciones, que veían en Infantino un garante de estabilidad y recursos, observan con inquietud un proyecto negociado en la sombra con bancos e inversores y rechazado de forma casi unánime por las grandes confederaciones. La pregunta que se hacen varios dirigentes no es si el plan era bueno o malo. Es otra: ¿en qué más está trabajando el presidente sin contárselo a nadie?
Dentro de la propia FIFA, la forma del comunicado —corto, directo, sin rastro de disculpas— se ha interpretado como un síntoma de aislamiento. El texto no llevaba el tono institucional habitual. Era, sobre todo, un intento de marcar distancia entre la organización y la decisión personal de su máximo dirigente.
¿Quién podría ocupar el trono?
Con el presidente debilitado, los nombres empiezan a circular en los pasillos del poder, aunque nadie se atreve aún a dar el paso al frente.
Sheikh Salman bin Ibrahim Al Khalifa aparece de nuevo en las quinielas. Hace diez años quedó segundo en la carrera por la presidencia de la FIFA. Hoy lidera la AFC y se ha situado en el bloque que se opone con firmeza a la venta parcial del Mundial.
Desde el otro lado del Atlántico, el presidente de CONCACAF, Victor Montagliani, también entra en escena. Su confederación, históricamente cercana a Infantino y recién salida de organizar un Mundial en tres de sus países, rechazó el proyecto de FFE el jueves, un gesto que marca distancias con el actual presidente.
En Europa, todas las miradas apuntan a Aleksander Ceferin. El presidente de UEFA encarna una visión muy distinta de cómo debe gobernarse el fútbol global. Sus críticos le ven como un contrapoder incómodo; sus partidarios, como una alternativa capaz de devolver sobriedad y credibilidad a la FIFA. Sus decisiones hablan por él: sin pausas de hidratación impuestas desde arriba, sin premios simbólicos grandilocuentes, sin lujos desmedidos para la cúpula, sin entradas de un millón de dólares para el Mundial. Pero hasta ahora, Ceferin no ha mostrado públicamente interés en disputar el sillón de Zúrich.
En paralelo, otro nombre poderoso, el presidente de Paris Saint-Germain, Nasser Al-Khelaifi, figura en las conversaciones por su influencia en UEFA y en el negocio audiovisual del fútbol. Según se desprende de los contactos recientes, no está interesado en reemplazar a Infantino.
Por ahora, son solo movimientos de fondo. Cálculos, llamadas, tanteos. Nadie quiere ser el primero en desafiar abiertamente a un presidente en ejercicio que, pese a todo, sigue controlando buena parte de la maquinaria de la FIFA.
Un futuro inmediato lleno de preguntas
Infantino tiene por delante semanas decisivas. Debe explicar a su propio personal por qué se negoció un proyecto de 20.000 millones prácticamente en secreto. Debe dar respuestas al Consejo de la FIFA, a los presidentes de confederaciones, a los dirigentes de federaciones que se sienten ignorados, a los bancos y fondos que se vieron arrastrados a un plan que se ha derrumbado en público.
También deberá gestionar la relación con aliados externos a los que prometió un Mundial parcialmente “financiarizado” que nunca llegó a concretarse. Entre ellos, figuras de enorme peso político, como Donald Trump, con quien Infantino había tejido una relación cercana. Trump, conocido por su desprecio hacia los perdedores, difícilmente verá con buenos ojos un proyecto anunciado en voz baja y retirado entre sombras.
La gran cuestión ya no es solo si la FIFA ha evitado vender una parte del Mundial. La pregunta que recorre ahora los despachos del fútbol mundial es otra: ¿ha empezado también la cuenta atrás para el propio Gianni Infantino?





