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La FAI bajo fuego en el Oireachtas: decisiones difíciles sobre Israel

En la Sala 1 del Comité de Artes, Comunicaciones, Cultura y Deporte, el fútbol irlandés volvió a sentarse en el banquillo. No para hablar de goles ni de proyectos deportivos, sino de Gaza, de seguridad, de gobernanza… y de cómo se tomó la decisión más incómoda que ha afrontado la FAI en años: jugar contra Israel.

Genocidio, cánticos y una pregunta que no cesa

Richard Boyd Barrett abrió fuego. Habló de genocidio, de lo que el deporte debería representar y de lo que, a su juicio, está traicionando. Recordó las palabras del capitán de Israel, orgulloso de su Estado y de sus soldados, y lanzó la cuestión que sobrevoló toda la sesión: “¿No es eso, junto con los abusos a nuestros jugadores y los cánticos a favor del IDF, motivo suficiente para replantearse disputar el segundo partido?”

El director ejecutivo de la FAI, David Courell, se mantuvo en la misma línea que en días anteriores. Reconoció incomodidad, pero marcó un límite claro: “Hay muchos elementos de esta situación que nos resultan incómodos. Sé que la gente quiere que seamos un vehículo de cambio, pero nuestra responsabilidad es el futuro del fútbol irlandés. A día de hoy, no veo que vayamos a cambiar nuestra posición sobre jugar el segundo partido”.

Paul Murphy recogió el testigo. Primero, un tributo a Gavin Bazunu. Después, la pregunta directa: ¿dirá Courell que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza? El dirigente fue tajante: no se considera cualificado para hacer esa calificación.

El término “genocidio” volvió a escena cuando se mencionó que Heimir Hallgrímsson lo había utilizado en una rueda de prensa y luego lo había retirado. ¿Por qué? Courell se refugió en la pluralidad interna: “Hay múltiples puntos de vista sobre este tema, incluso dentro de nuestro propio vestuario”.

El caso Bazunu y un voto que divide

Con el foco ya puesto en el vestuario, la comparecencia dio un giro. Ruth Coppinger acusó a la FAI de engañar a la opinión pública, después de que saliera a la luz que nadie había hablado con los porteros antes de la concentración. ¿Por qué quedó fuera Gavin Bazunu?

John Martin intervino: “No fue excluido. Los jugadores volvieron a sus habitaciones, hablaron con sus seres queridos, regresaron y votaron. Gavin no participó en la votación. Asumimos que su voto era un ‘no’ cuando hicimos el recuento”.

Ese matiz resultó clave. Más aún cuando, ya avanzada la sesión, Courell reveló un dato que cambió el encuadre del relato: Bazunu había tenido una reunión de una hora con Hallgrímsson en su club en agosto para hablar del partido contra Israel. Hasta ahora, la impresión dominante era que el guardameta no había sido consultado antes de la concentración.

Peter Cleere pidió claridad sobre el proceso previo. Courell detalló que, inmediatamente después del sorteo, se consultó a 13 o 14 jugadores, que se remitieron a lo que decidiera la FAI. A lo largo del verano, alrededor de 25 futbolistas fueron sondeados. Hubo reuniones, y según el dirigente, “consenso” en que los partidos se disputarían.

El sábado por la mañana, ya en plena tormenta, llegó la famosa “straw poll”, la votación informal. Daniel Ennis quiso saber quién la convocó. La respuesta fue que la promovieron los propios jugadores, quizá con participación del cuerpo técnico, pero “en absoluto” del ejecutivo. Nueve futbolistas no querían jugar. Uno de ellos cambió de opinión a última hora. “Un jugador dijo: ‘He cambiado de opinión, míster’”, relató Courell. Pero insistió en que ese sondeo no decidió nada: “La FAI decidió jugar el partido”.

Paul Cooke, por su parte, se aferró una y otra vez a una cifra: el 68 % de los jugadores se inclinó por disputar el encuentro. Para él, eso avala que la FAI “gestionó bastante bien” la situación. Joanna Byrne no se lo compró: “Creo que ha habido fallos catastróficos de liderazgo en los últimos meses”.

Jugadores bajo presión, apoyo bajo la lupa

El nombre de Bazunu reapareció en otro frente: el de la protección del futbolista en medio del huracán político, mediático y social. Brian Brennan preguntó qué apoyos concretos recibió el portero, quién decidió dejar en manos de los jugadores la decisión de jugar y cómo se gestionó todo durante el partido.

Courell defendió el entorno creado alrededor del grupo: “En el contexto en el que estábamos, el bienestar de los jugadores fue primordial. Ningún jugador viajó solo. Estamos muy satisfechos de haber arropado al jugador en cuestión”. No lo nombró, pero nadie en la sala dudaba de a quién se refería.

Cuando se le cuestionó por qué no acudieron al Gobierno para que cubriera posibles pérdidas económicas si se rechazaba jugar, la respuesta fue seca: no se pidió al Ejecutivo que asumiera ningún déficit.

Sobre las sanciones de UEFA por no presentarse, Courell explicó el corsé en el que, según él, se movía la FAI: cualquier incumplimiento de normas se decide en un comité disciplinario independiente, sin posibilidad de que un funcionario de UEFA adelante qué castigo podría imponerse. “Hemos tenido más de 20 reuniones con UEFA este último año por este partido”, aseguró. Dijo que el organismo europeo se mostró “comprensivo” con la situación irlandesa, pero recordó que sus decisiones se toman pensando en los 55 miembros.

Brennan lo resumió con crudeza: “Los jugadores han sido arrojados bajo el autobús por la FAI. Y la FAI ha sido arrojada bajo un tráiler por UEFA. ¿Por qué?”. Courell respondió con una aritmética fría: el sentimiento en Irlanda es intenso, pero hay “51 miembros más” en la ecuación.

Salvaguarda, seguridad y un hombre en toalla

Cuando parecía que todo giraría en torno a Israel, Gaza y Bazunu, el comité cambió de carril hacia otro tema delicado: la salvaguarda y la seguridad en el fútbol irlandés.

La senadora Alyson Comyn y otros miembros del comité presionaron sobre un punto clave: ¿están todos los árbitros del fútbol irlandés sometidos al control de Garda (Garda vetting)? John Martin afirmó que los 1.400 árbitros actuales sí lo están. Pero cuando le preguntaron si eso se cumplía también hace tres o cuatro años, ya no pudo garantizarlo y prometió “averiguarlo”.

Evanne Ní Chuilinn abrió un frente aún más incómodo. Enumeró tres “preocupaciones” muy concretas: – Un hombre con solo una toalla entró en la sala del equipo. – La selección femenina, con varias jugadoras jóvenes, fue acosada y perseguida en Budapest en 2023, hasta el punto de que hubo que llamar a la policía. – Aoife Rafferty, responsable en el área médica, no recordaba una conversación que, por su naturaleza, debería haber sido difícil de olvidar.

Ní Chuilinn quiso saber si la selección femenina viaja con seguridad propia. Courell respondió que sí y que esa seguridad se duplicó en 2025. El comité también preguntó por qué el responsable de salvaguarda de la FAI no estaba presente. Courell replicó que habían acudido los cuatro ejecutivos más senior de la asociación.

Alan Kelly, presidente del comité, intervino cuando Courell pareció sorprenderse por que se relacionara salvaguarda infantil y adulta: “Esto va de salvaguarda. Es parte de ello”. El director ejecutivo, acorralado, insistió en que podían garantizar el control actual sobre árbitros y personal, pero no ofreció la misma certeza sobre el pasado reciente.

Gobierno, gobernanza y una liga de toda Irlanda que no llega

El examen no se limitó a la FAI. Malcolm Byrne preguntó a Sport Ireland y al Departamento de Deporte si mantenían preocupaciones de gobernanza sobre la federación. La respuesta fue que se han producido mejoras, aunque el tono general del día dejó claro que la confianza aún no es plena.

En medio del mar de cifras, votaciones y protocolos, surgió una pregunta inesperada de Michael Carrigy: ¿habrá alguna vez una liga de toda Irlanda? John Martin fue claro: no está en la agenda a corto plazo.

Mientras los políticos hilaban preguntas eternas y algunos aprovechaban para recordar viajes personales a Gaza o hablar de niños jugando al fútbol entre las ruinas, la sensación en la sala era otra: el fútbol irlandés sigue atrapado entre la política internacional, la presión social interna y sus propias heridas de gobernanza.

La FAI insiste en que protegió a sus jugadores, que consultó al grupo, que midió los riesgos con UEFA y que, dentro de ese marco, tomó la única decisión que consideró viable: jugar. El comité, en cambio, dejó sobre la mesa una duda que no se disipa con porcentajes ni con tecnicismos disciplinarios: ¿quién está realmente al mando cuando el balón quema, la política irrumpe y la camiseta verde se convierte en un símbolo mucho más pesado que un simple uniforme de partido?