Fútbol escocés: descontento y desafíos para la nueva temporada
Solo quienes viven en el país de la fantasía pueden creer de verdad que el fútbol escocés saldrá de inmediato de este verano de descontento. El arranque de una nueva temporada doméstica, que debería despertar ilusión, llega teñido por la resaca amarga de lo que acaba de ocurrir.
Un verano sin explicaciones
Que nadie se sorprenda: la Scottish Football Association sigue sin ofrecer una explicación detallada ni un plan tras un Mundial lamentable. Eso no lo hace menos desolador. Mike Mulraney, el presidente, reapareció por última vez asomando entre el público, detrás de Gianni Infantino y del presidente de Estados Unidos, en la Trump Tower. Ian Maxwell, director ejecutivo de la federación, se limitó a lamentar la “comentario histérico” alrededor del rendimiento de Escocia en el Mundial durante una breve aparición ante los medios, justo después de la dimisión de Steve Clarke.
Esos mismos ejecutivos casi se reían cuando se les sugirió que entregar a Clarke un contrato de cuatro años justo antes de que Escocia zarpara hacia Estados Unidos quizá era una apuesta gratuita al riesgo. Ahora, silencio. Ni una palabra seria sobre el estado general del fútbol nacional.
Tal vez Mulraney y Maxwell estén tan absorbidos en la búsqueda del sustituto de Clarke que no encuentren tiempo para levantar la vista y hablar del bosque, no solo de los árboles. Hay que concederles, al menos, la oportunidad de elegir a un seleccionador capaz de pilotar una transición imprescindible en una Escocia envejecida. Pero el vacío de liderazgo pesa. Y se nota.
Un enfado que va mucho más allá de la selección
Los grandes clubes del país callan ante un panorama que han preferido ignorar durante años y que el Mundial dejó al desnudo. El problema es que la ira que sigue flotando por la actuación de Escocia en el gran escenario —por muy racional que sea el análisis— encaja con un malestar mucho más amplio a las puertas del regreso de la Premiership. El cóctel es evidente: hay ingredientes de sobra para una campaña envenenada, incluso tóxica.
La hinchada del Celtic sigue furiosa con los dirigentes del club, a quienes ve complacientes y desconectados. En el otro lado de Glasgow, Rangers estrena entrenador: Derek McInnes, una figura profundamente impopular entre los aficionados celestes. Nadie debería subestimar el resentimiento que aún cuece en Hearts por la manera en que terminó la temporada 2025-26.
El episodio más vergonzoso llegó el 11 de junio, cuando la Scottish Professional Football League publicó el resultado del proceso disciplinario por la invasión de campo que obligó a suspender el duelo en el que Celtic certificaba el título ante el club de Edimburgo. Entre leves tirones de orejas para Hamilton Academical, Inverness y Stenhousemuir, apareció una multa exigua para Celtic y una simbólica reducción de entradas, suspendida. Poco más que una caricia.
Los aficionados de Rangers, que necesitan poco para cargar contra los estamentos, se mantuvieron relativamente calmados… hasta que McInnes recibió una sanción de banquillo por sus comentarios sobre una decisión arbitral. El club ha criticado partes del informe independiente sobre el caos que siguió a su derrota en marzo ante Celtic en la Scottish Cup. Motherwell, por su parte, ha recurrido a abogados tras recibir una multa de la Scottish FA por un vídeo publicado en redes sociales.
Y mientras tanto, los resultados europeos vuelven a golpear el orgullo nacional. La derrota por 2-0 de Hibs en la ida de la previa continental en Kosovo bastó para que sus aficionados explotaran en la versión digital del enfado colectivo. Ya nadie se sorprende con estos tropiezos.
Celtic: músculo financiero y exigencia máxima
No todo es gris. Algunos clubes sí tienen motivos para sonreír. El fichaje de Kasper Høgh por parte de Celtic, por una cifra récord para la entidad, fue una declaración de poder económico que la grada llevaba tiempo reclamando. Y, además, el movimiento más sugerente del mercado escocés este verano.
Existe escepticismo sobre el rendimiento de jugadores que abandonan el ecosistema ganador y muy particular de Bodø/Glimt. Sin esas dudas, y por una cantidad que muchos clubes del Championship pagarían sin pestañear, Høgh habría salido de Noruega hace tiempo. Aun así, el delantero, de 25 años, ofrece un perfil físico y un juego directo que encajan casi a la perfección con el fútbol escocés.
El verdadero desafío para Celtic está en otro frente: reemplazar a piezas clave del once actual —Arne Engels y Alistair Johnston son los ejemplos más claros— si llegan ofertas imposibles de rechazar, sin caer en la tentación de presumir de balances mientras se descuidan los trofeos. El fichaje de Høgh ha sido bien recibido. Pero la grada quiere más. Y lo sabe la directiva.
Rangers: dinero gastado, paciencia agotada
En Ibrox el guion es distinto. Rangers ha quemado cantidades extraordinarias de dinero en los últimos años, casi siempre viendo cómo otros levantaban las copas. Esa combinación de gasto desmedido y escasez de títulos ha alimentado la furia en la grada y ha dañado la reputación del club, mientras una propiedad estadounidense ha optado por no desafiar abiertamente ese malestar.
En McInnes, Rangers —que abre la temporada en el campo de Dundee United, en el primer partido del curso— encuentra un técnico que conoce el club y su cultura mejor que muchos de sus predecesores recientes. Está mejor colocado que la mayoría para intentar golpear de verdad a Celtic. El fichaje de Vanja Dragojevic desde Partizan Belgrade apunta a acierto: un centrocampista con criterio para dar orden y consistencia.
Rangers necesita chispa arriba, sí, pero no sorprende que el primer gesto de McInnes haya sido endurecer el eje del equipo. Es un entrenador obsesivo con el trabajo, con una motivación inagotable para el puesto que siempre ha deseado. Este Rangers debería ser mucho más competitivo. Sin embargo, por pura lógica de “especialista en la distancia”, Celtic sigue siendo el favorito al título.
Hearts, del sueño roto a la reconstrucción
En Hearts, nadie podía digerir del todo, a estas alturas, lo que ocurrió al final de la pasada campaña: el club se quedó a minutos de su primer título liguero en 66 años, y vio cómo el sueño se escapaba de las manos. La marcha de McInnes rumbo a Rangers, el estilo completamente nuevo que intenta implantar Wouter Vrancken y el aumento evidente de las expectativas dibujan un escenario de convulsión.
La tentativa de gloria llegó antes de lo previsto. Hearts se ha colado en la mente de aficionados que jamás habían prestado atención al fútbol escocés. Pero la realidad se impuso con dureza en Europa: la derrota clara en la previa de la Champions League ante Sturm Graz dejó a la vista el enorme trabajo que espera a Vrancken. En Tynecastle, la virtud ahora se llama paciencia.
El modelo Motherwell y los que quieren jugar mejor
Mientras tanto, Motherwell ha demostrado, con y después de la etapa de Jens Berthel Askou, que los clubes alejados de la élite económica no están condenados a aferrarse a la permanencia. El fútbol fue excelente, las asistencias crecieron y el mercado internacional tomó nota.
Las ventas de Elijah Just y Elliot Watt por cifras millonarias avalan por completo un modelo de club que se atreve a pensar fuera del molde tradicional. No es casualidad. Es proyecto.
St Mirren ha dejado claro que quiere introducir más jóvenes y ofrecer un fútbol más atractivo. Kilmarnock enseñó algo parecido en el tramo final del curso pasado bajo Neil McCann. Aberdeen, con Stephen Robinson, apunta a ser un bloque más fuerte esta vez. Y hay un detalle que muchos celebran: solo queda un césped artificial en la máxima categoría escocesa.
Un país que no deja de mirar al balón
El fútbol sigue siendo una obsesión nacional en Escocia. Pero también es, de forma innegable, un paciente enfermo. La nueva temporada solo debería ilusionar de verdad si viene acompañada de algo más que promesas vacías: un atisbo real de ideas frescas.
La cuestión es sencilla y brutal a la vez: ¿tendrá alguien el valor de cambiar el guion antes de que la próxima crisis vuelva a escribirlo por ellos?





