Graeme Souness y su rechazo al Barcelona
Graeme Souness pudo vestir la camiseta del Barcelona en 1984. Venía de levantar su cuarta Copa de Europa con Liverpool, era uno de los centrocampistas más temidos del planeta y acababa de terminar sexto en el Balón de Oro. El camino parecía escrito: de Anfield al Camp Nou. Pero el escocés eligió Génova.
Su explicación, décadas después, sigue siendo tan directa como su juego. Tenía que marcharse de Inglaterra por una cuestión personal: su entonces esposa estaba a punto de heredar dinero y la condición era pasar tres años fuera del país. Souness podría haber buscado un resquicio legal, pero optó por la puerta grande: cambiar de liga, de vida y de fútbol.
Italia era el epicentro del glamour futbolístico. “Era el lugar al que iban todos los mejores jugadores del mundo”, recordó en BBC Scotland. Ahí aparece Barcelona en escena. El club azulgrana, recién dirigido por Terry Venables y tras la salida de Diego Maradona rumbo a Napoli, le ofreció un contrato de dos años. Souness pidió tres. No hubo acuerdo. Y se fue.
No a cualquier sitio. Sampdoria acababa de ser comprada por Paolo Mantovani, un presidente con ambición y un plan claro: construir un equipo joven, pero con una figura veterana que marcara el camino. Ese hueco lo ocupó Souness. Por eso, y no por casualidad, terminó en Génova pese al interés de otros clubes italianos.
En dos temporadas, levantó una Coppa Italia y dejó su sello de carácter en un vestuario que estaba en plena construcción. Después, en 1986, dio otro giro decisivo a su carrera: fichó por Rangers como jugador-entrenador. A partir de ahí, cambió la historia del club y, en buena medida, del fútbol escocés.
El revolucionario de Ibrox que no volverá al banquillo
Lo que hizo Souness en Rangers tras su llegada a Ibrox fue una sacudida. Títulos, fichajes de impacto, una mentalidad ganadora importada de sus años en la élite europea. Cinco años cargados de trofeos y conflictos, de autoridad y choque frontal con cualquiera que se interpusiera en su idea de club grande.
Hoy, con 73 años, asesora al club en decisiones clave, incluidas algunas relacionadas con los banquillos. Pero se descarta por completo para un regreso al cargo, a diferencia de lo que ocurrió con Martin O’Neill en Celtic.
“No, Martin es una personalidad muy diferente a la mía. Es un buen tipo”, dijo con una sinceridad desarmante. Y ahí aparece el otro Souness, el que se mira al espejo sin nostalgia ni autoengaños. Empezó a entrenar con 33 años, en un fútbol muy distinto. Su estilo, duro, directo, acostumbrado a decirle a la gente lo que no quiere escuchar, ya no encaja en un vestuario moderno, según su propio juicio.
“Mi estilo de gestión no funcionaría hoy”, admite. Cree que el fútbol todavía necesita una dosis de esa franqueza brutal, de esa exigencia sin filtro. Pero duda que el entorno actual la tolere. Y no parece dispuesto a rebajarse.
Ventaja mental en Glasgow
Souness vuelve a ser protagonista estos días por la publicación de su nuevo libro, “My Rangers: How I changed Scottish football for ever”, y por su análisis del pulso actual entre Rangers y Celtic. A su juicio, su antiguo club ha dado un paso enorme en el terreno más difícil de todos: la cabeza.
Los dos triunfos del equipo de Derek McInnes en septiembre, primero el 3-0 en la League Cup en Ibrox y después el 0-1 en Celtic Park en la Premiership, han dejado algo más que seis puntos y una clasificación apretada. Rangers está ahora a solo dos puntos del campeón, pero el impacto va más allá de la tabla.
“Han plantado una semilla en la cabeza de Celtic: en los dos últimos partidos han sido más grandes, más fuertes y mejores”, sentencia. El 3-0 en Ibrox no dejó lugar a excusas. “Celtic se fue de allí pensando: ‘¿cómo ha pasado esto?’ No fue un resultado engañoso”. El golpe psicológico fue evidente.
Una semana después, la reacción lógica desde el lado verdiblanco era pensar que aquello no se repetiría. Pasó de nuevo. Esta vez en Celtic Park. Y, para Souness, el 0-1 tampoco fue generoso con Rangers: reflejó con justicia la diferencia sobre el campo.
Ahí, dice, se instala la ventaja psicológica. Pero también lanza una advertencia. Ese dominio mental puede evaporarse en un instante si Rangers tropieza contra un rival al que está obligado a ganar. La plataforma está construida, el momento es bueno, la confianza crece. Nada de eso garantiza estabilidad.
Cada partido, una final ajena
Souness ve a Rangers en “una posición maravillosa”, pero subraya un matiz que conoce bien quien ha vestido esa camiseta: para el resto de Escocia, enfrentarse a Rangers es casi una final de copa. Cada visita, cada duelo, cada balón dividido se juega con un punto extra de intensidad.
Ahí entra el papel de Derek McInnes. Exjugador del club, profundo conocedor del fútbol escocés, Souness lo considera una elección muy acertada para el banquillo. Empezó con dudas, con un arranque lento, pero en los últimos partidos, a ojos del exentrenador, el equipo “ha doblado una esquina enorme”.
Rangers ha recuperado colmillo, ha recuperado presencia, ha recuperado algo que Souness valora por encima del sistema o la táctica: la creencia. Esa sensación de que, cuando suena el himno en Ibrox o el silbato en cualquier campo del país, el rival sabe que necesitará algo extraordinario para derribarlos.
El escocés que rechazó al Barcelona, que conquistó Italia, que incendió Ibrox con su carácter, observa ahora el tablero desde la distancia. No quiere volver al banquillo. No encaja en el fútbol de hoy, dice. Pero su sombra, en Rangers y en el viejo duelo con Celtic, sigue marcando la conversación. Y la batalla mental de esta temporada apenas acaba de empezar.





