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El impacto de Richard Hughes en Portsmouth: una transformación positiva

Cuando Richard Hughes llegó por fin a Portsmouth, hace algo más de cuatro años, el club se miraba al espejo y no le gustaba nada lo que veía. Su fichaje ya había fallado una vez: cinco meses antes había preferido quedarse en Forest Green. Ese detalle, menor en apariencia, retrataba bien el momento. Fratton Park albergaba a un histórico atascado en League One, sin impulso y con la sensación de estar dando vueltas sobre sí mismo.

Portsmouth encaraba entonces su sexta temporada consecutiva en la tercera categoría. El inicio había sido prometedor, pero el otoño trajo una caída conocida: la plaza de play-off se escaparía por tercer curso seguido. El club se movía en círculo, con la inercia de la decepción.

Danny Cowley ostentaba el título de “head coach”, aunque en la práctica ejercía como “manager” clásico, con un radio de acción muy amplio y poco encaje natural con la figura de un director deportivo fuerte. No parecía, sobre el papel, el perfil ideal para convivir con alguien como Hughes. El organigrama, más que moderno, parecía forzado.

En ese contexto, medir el éxito de un director deportivo no es tan sencillo como contar victorias o derrotas, algo reservado al entrenador. Pero basta comparar aquel punto de partida con el lugar en el que se encuentra ahora Portsmouth para entender que la etapa de Hughes ha sido, sin matices, positiva.

La decisión que cambió el rumbo

El momento clave llegó en enero de 2023. Hughes, junto al director ejecutivo Andy Cullen, tomó la decisión que definió su mandato: apostar por John Mousinho como nuevo head coach. Un debutante. Sin experiencia previa en el cargo. Un salto al vacío en un club cansado de experimentos fallidos.

La reacción fue la esperable. Dudas, críticas, recelo. Mousinho aterrizaba con más interrogantes que certezas. Pero el tiempo ha colocado aquella apuesta en otra categoría: la del acierto mayúsculo. Una jugada valiente que transformó el discurso del club.

En un fútbol en el que las relaciones entre directores deportivos y entrenadores suelen desgastarse a gran velocidad, la convivencia entre Hughes y Mousinho destaca. En casi cuatro años de trabajo compartido, bajo una presión constante y con decisiones complicadas cada verano, han mantenido una sintonía estable. Nadie atraviesa ese camino sin roces, pero que la estructura no se haya resquebrajado habla de un proyecto con cimientos más sólidos de lo habitual.

Fichajes, aciertos y cicatrices

El mercado, territorio natural del director deportivo, deja siempre marcas. Las buenas y las malas. La construcción del equipo que logró el ascenso desde League One con un presupuesto contenido en 2023 fue una obra de ingeniería futbolística: piezas ajustadas, equilibrio competitivo y una plantilla capaz de rendir por encima de su coste.

No todos los veranos han sido así. La ventana de 2025 no figurará en la parte alta del currículum de Hughes. Fichajes que no terminaron de encajar, apuestas que no despegaron, expectativas que se quedaron a medio camino. Forma parte del oficio.

En el argot del críquet se habla de “promedio de bateo” para medir el rendimiento. Algo parecido ocurre con los responsables de fichajes. No se trata de acertar siempre, sino de mantener un porcentaje alto en relación al presupuesto disponible. Por cada Terry Devlin que se convierte en referencia, aparece inevitablemente un Luke Le Roux que no alcanza el nivel esperado.

Portsmouth ha logrado algunas ventas interesantes, pero aún no ha dado el gran golpe que persigue como política de club: transformar una incorporación barata en una venta millonaria. Terry Devlin y Adrian Segecic apuntaban a ser ese gran traspaso este verano. El guion parecía escrito. Sin embargo, el interés que se daba por hecho nunca llegó a concretarse. Otra lección sobre lo volátil que es el mercado.

Rendimiento por encima del presupuesto

Hay una verdad incómoda en el fútbol moderno: los presupuestos mandan. Las tablas salariales y el músculo financiero suelen anticipar, con bastante precisión, la zona de la clasificación en la que acabará cada equipo. El mérito real se mide en la distancia entre lo que gastas y dónde terminas.

En las tres temporadas completas de Hughes al mando de la planificación, Portsmouth ha rendido por encima de lo que su presupuesto sugería. No una vez. De forma consistente. El club ha competido mejor de lo que su capacidad económica hacía prever, algo que no suele ocurrir por casualidad.

A partir de ahí, la exigencia tiene un techo lógico. Los propietarios no pueden pedir mucho más. La afición tampoco debería hacerlo. Se puede reclamar ambición, identidad, hambre. Pero pedir milagros sostenidos en el tiempo es ignorar cómo funciona el juego en la era de los grandes capitales.

Mantenerse en la Championship puede no sonar glamuroso. No llena portadas ni dispara campañas de abonos por sí solo. Sin embargo, para un club que hace cuatro años se veía atrapado en League One, consolidarse en esa categoría sería una declaración de madurez. Un paso firme en un camino que, bajo la mano de Richard Hughes, ha dejado de ser un círculo vicioso para convertirse en una escalera.

La próxima temporada dirá si Portsmouth es capaz de seguir subiendo peldaños o si le toca aprender a sobrevivir en un entorno feroz. Pero ya nadie puede decir que el club siga a la deriva.