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Italia enfrenta una crisis tras derrota ante Bélgica

Seis meses después de quedarse fuera de un tercer Mundial consecutivo, Italia sigue sin encontrar el pulso. En el Stadio Olimpico, ante una grada medio vacía y cada vez más impaciente, la Azzurra cayó 0-2 frente a una Bélgica mucho más clara de ideas y de rumbo en la Nations League.

No fue solo una derrota. Fue la confirmación de un bloqueo que se alarga demasiado.

El regreso amargo de Mancini

Roberto Mancini volvió al banquillo italiano tres años después de marcharse rumbo a Arabia Saudí. Regresaba el técnico que llevó a Italia a la gloria en la Eurocopa 2021, el hombre que había devuelto orgullo y juego a un país herido por la ausencia en Rusia 2018.

Lo recibió un ambiente frío: 47.155 espectadores en un estadio para 70.000. Muchos asientos vacíos. Mucha desconfianza. Y apenas 20 minutos de paciencia.

En la banda, Mancini gesticulaba, protestaba, se desesperaba. En el campo, Italia repetía errores conocidos: pérdidas inocentes, desajustes en transición, poca colmillo en las áreas. El técnico alineó a ocho jugadores que habían sido fijos en la fase de clasificación para el Mundial, buscando continuidad. Encontró más de lo mismo.

Al final, los silbidos fueron atronadores. El propio Mancini lo asumió con naturalidad: cuando se pierde, llegan los abucheos. Y ahora Italia pierde demasiado.

De Bruyne manda, Godts castiga

El partido se rompió muy pronto. En el minuto 20, Bélgica encontró el 0-1 en una acción que retrató todas las dudas italianas y todo el peso específico de Kevin De Bruyne, que celebraba su partido número 125 con la selección.

De Bruyne recibió y vio el hueco en la izquierda. Un pase preciso, sencillo en apariencia, abrió el campo para Mika Godts. El joven, recién fichado por Paris Saint-Germain, encaró sin miedo. Se metió hacia dentro, dejó atrás a tres defensores con un cambio de ritmo y definió con calma ante Gianluigi Donnarumma.

En la jugada, Gianluca Mancini quedó descolocado, girando en sentido contrario a la acción, y Diego Coppola llegó tarde al cruce, deslizándose sin opción de bloquear el disparo. Coppola ocupaba el lugar de Alessandro Bastoni, sancionado tras la roja ante Bosnia-Herzegovina. El relevo no salió bien.

Todo nació, además, de un error grosero en la salida: un mal pase de Alessandro Romano, debutante con Italia tras cambiar su lealtad internacional desde Suiza. Una pérdida en una zona prohibida, castigada con dureza en la élite.

Los pitos empezaron ahí. Y ya no se detuvieron.

Van Bommel acierta a la primera

Mientras Italia se enredaba en sus propias dudas, Bélgica se mostraba firme, compacta, reconocible. Mark van Bommel, en su estreno como seleccionador tras la salida de Rudi Garcia después del Mundial, vivió una noche plácida en Roma.

Su equipo no necesitó dominar la posesión para mandar en el marcador. Le bastó con orden, agresividad en la presión y una transición letal. Cada pérdida italiana parecía un aviso. Cada contraataque, una amenaza real.

La sensación era clara: Bélgica sabía a lo que jugaba. Italia, no.

Lukébakio sentencia a la contra

La segunda parte arrancó con una tímida reacción italiana. Algo más de balón, algún intento de acelerar por fuera, un punto más de orgullo. Pero sin claridad. Sin ocasiones limpias. Sin la sensación de que el empate estuviera cerca.

Y entonces, de nuevo, la contra.

A mitad del segundo tiempo, Bélgica salió disparada tras otra recuperación. Dodi Lukébakio condujo con espacio, encaró y vio el hueco desde fuera del área. Sandro Tonali, en una carrera desesperada hacia atrás, trató de cerrarle el ángulo, pero llegó tarde. El disparo del atacante belga encontró portería y puso el 0-2.

Gol que dolió más por la forma que por el resultado. Italia, abierta, desordenada, vulnerable en cada pérdida. Bélgica, tranquila, clínica, casi quirúrgica.

Riccardo Calafiori lo resumió sin rodeos: dejaron demasiados espacios y encajaron dos goles evitables. Hay mucho trabajo por delante. Muchísimo.

Un gigante sin respuestas

El contraste es brutal. Hablamos de una selección con cuatro estrellas mundiales en el pecho, campeona de Europa hace apenas tres años, pero que encadena ausencias en Mundiales y tropiezos en fases decisivas. El presente no casa con la historia.

El ambiente del Olimpico fue el reflejo perfecto del momento: grada semivacía, nerviosa, rápida para silbar. Al final, el equipo se marchó entre una pitada contundente. No hubo matices. No hubo indulgencia por el pasado reciente de Mancini ni por la etiqueta de “en reconstrucción”.

Italia está cansada de esperar.

El propio seleccionador lo sabe. Su alineación, con muchos de los habituales del ciclo anterior, buscaba estabilidad en medio del ruido. Lo que encontró fue una foto preocupante: veteranos sin chispa y caras nuevas que todavía no se adaptan al peso de la camiseta.

Un calendario sin respiro

El problema para Italia es que no hay tiempo para lamerse las heridas. El calendario aprieta y no perdona.

El lunes toca visitar a Türkiye. El viernes siguiente, viaje a Francia. Después, otra vez Türkiye, esta vez en Bolonia, para cerrar esta primera fase de la Nations League.

Rivales exigentes, escenarios hostiles, puntos que pesan más allá de la clasificación. Son partidos que pueden consolidar un proyecto o terminar de dinamitarlo.

Italia se asoma a una encrucijada incómoda: o reacciona ya, o corre el riesgo de acostumbrarse a vivir lejos de la élite. Y para una selección que se mide por títulos, no por excusas, esa es la derrota más difícil de aceptar.