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Kai Havertz y su primer partido de eliminación directa en el Mundial

Kai Havertz se planta en su hábitat natural: un gran escenario, una noche de eliminación directa y el peso de Alemania sobre sus hombros. En Boston, ante Paraguay, el delantero asume el foco sin titubear. Lo busca. Lo quiere.

Por increíble que parezca tratándose de un jugador acostumbrado a finales y partidos decisivos, este será su primer duelo de eliminación en una Copa del Mundo. Él lo vive como un paso lógico en su propia narrativa.

«Será mi primer partido de eliminación directa en un Mundial. Me gustan estas grandes citas y me siento cómodo en este contexto», explicó ante los medios, con la serenidad de quien ya ha pisado muchas veces la zona caliente. No es una pose: Havertz siempre ha dado la cara cuando la presión sube.

Alemania llega al cruce con una mezcla incómoda de ilusión y sospecha. El recuerdo de 2014, última vez que alcanzó los octavos y acabó levantando el título, sigue flotando. Pero también lo hace la reciente derrota por 2-1 ante Ecuador en el cierre de la fase de grupos, un tropiezo que destapó críticas feroces por la falta de ideas ante un rival replegado.

Ese partido dejó cicatrices. Sobre todo en el ataque.

Havertz no las esconde. Las asume: «Hablamos mucho de lo que puede funcionar mejor y de lo que tenemos que mejorar. Los tres de arriba —él, Florian Wirtz y Jamal Musiala— sabemos que todavía no hemos mostrado todo lo que podemos hacer. Tenemos que asumir la responsabilidad».

La frase marca el tono del vestuario. No hay excusas, pero sí contexto. «Lleva un poco de tiempo porque todos venimos de nuestros clubes a la selección y hay que acostumbrarse a los compañeros», añade. El ajuste fino, en plena Copa del Mundo, bajo el microscopio.

Las voces externas rugen, pero Havertz levanta un muro: «En un gran torneo la gente habla, pero no me importa lo que digan. Estamos centrados en nosotros». Directo, sin rodeos.

El contraste con el debut del torneo es llamativo. Ante Curazao, Alemania voló: 7-1, avalancha ofensiva, dos goles de Havertz y la sensación de que la maquinaria había despertado a tiempo. Desde entonces, el equipo ha oscilado entre la exuberancia de aquella goleada y los bloqueos del día de Ecuador. El duelo ante Paraguay dirá hacia qué lado se inclina la balanza.

Porque Paraguay llega muy distinto a aquel equipo desbordado 4-1 por la anfitriona USA en el partido inaugural. Se recompuso, ajustó líneas y se agarró al torneo con uñas y dientes: victoria 1-0 ante Turquía, portería a cero de nuevo frente a Australia y clasificación como uno de los ocho mejores terceros. Dos partidos sin encajar, un mensaje claro para cualquiera que pretenda atacarle con prisas.

Alemania sabe lo que le espera: un rival intenso, agresivo, cómodo en el sufrimiento y en el partido largo. Romper ese muro no será un trámite. Será una prueba de carácter y de paciencia.

Havertz lo tiene claro: «Tienen calidad; la agresión y la intensidad son lo que les define. Necesitamos una buena actuación, y estaremos mejor mañana». Es una promesa, pero también un aviso interno: el margen de error se ha agotado.

En el fondo, este tipo de noches explican por qué Alemania confía en él como referencia ofensiva. Le atrae la presión, le alimenta el ruido. «Me gustan los grandes partidos, los partidos en el mayor escenario. Estamos totalmente convencidos de que podemos ganar», sentencia.

Boston será el escenario. Paraguay, el obstáculo. Havertz, el termómetro de una Alemania que busca no solo el pase a octavos, sino una señal inequívoca de que su quinta estrella no es solo un sueño de archivo.