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Kevin De Bruyne regresa a Napoli: ¿será el líder que esperan?

Kevin De Bruyne regresará la próxima semana a los entrenamientos con Napoli tras su descanso prolongado después del Mundial 2026. Sobre el papel, vuelve la gran estrella. En el ambiente, sin embargo, lo que le espera es un vestuario frío y una afición dividida por unas declaraciones que han dejado cicatrices.

Un año, nueve goles y muchas dudas

El belga aterrizó en Nápoles hace un año, libre tras acabar contrato con Manchester City, como un fichaje de impacto para sostener el proyecto campeón. Empezó fuerte: cuatro goles en sus primeros ocho partidos de Serie A, el tipo de irrupción que hace pensar que todo encajará rápido.

Luego llegó el frenazo. Una grave lesión en los isquiotibiales lo dejó fuera cerca de cinco meses y cortó en seco su adaptación. La temporada 2025-26 terminó con 21 partidos disputados entre todas las competiciones, cinco goles y cuatro asistencias. Números respetables, pero lejos de su mejor versión, en un equipo que acabó segundo en la Serie A, por detrás de un Inter que firmó doblete de Scudetto y Coppa Italia.

En paralelo, Antonio Conte, el técnico que había devuelto el título liguero a Napoli en la 2024-25, decidió marcharse al final del curso. Y ahí es donde la historia con De Bruyne dejó de ser solo futbolística.

El choque con Conte que incendió el vestuario

El belga no escondió su alivio por la salida del entrenador. Lo dijo con una claridad que en Italia se ha leído como un desafío abierto al modelo del club.

“Obviamente fue difícil para mí porque Conte tiene una visión del fútbol muy diferente a la mía. En verdad, nunca tuve la oportunidad de jugar en mi posición preferida”, afirmó en una entrevista a finales de mayo.

La frase que terminó de encender la polémica llegó cuando le preguntaron si se alegraba de la marcha de Conte: “Para mí, sí. Por lo que a mí respecta, no estaba obligado a quedarse. Hubo promesas el verano pasado sobre la forma en la que íbamos a jugar, pero al final del día no se cumplió gran cosa”.

No eran matices tácticos. Eran dardos directos a la autoridad del entrenador saliente y, por extensión, a la línea deportiva del club. Desde entonces, la relación entre Napoli y su jugador franquicia parece caminar sobre hielo fino.

El club cierra filas: Manna y Di Lorenzo marcan el límite

Giovanni Manna, director deportivo, ha intentado rebajar el fuego sin dejar de marcar territorio. Primero, dejando claro que el belga no tiene la sartén por el mango. Después, apuntando a las formas.

“No aprecié algunas de sus palabras, pero no hay problema”, dijo en una entrevista reciente. “Kevin no tiene que decidir si se queda o se va, forma parte del proyecto y se pondrá a disposición del entrenador, como todos los demás jugadores”.

El mensaje es nítido: De Bruyne es importante, pero no está por encima del club ni del banquillo.

Giovanni Di Lorenzo, capitán y voz pesada en el vestuario, se alineó con esa postura. “Me alineo con lo que dijo el director, en el sentido de que el entrenador debe ser siempre quien decida cómo juega un equipo, no podemos depender de un solo jugador”, señaló en rueda de prensa, según recogió La Gazzetta dello Sport.

Cuando el capitán habla así, el vestuario toma nota. Y el jugador señalado también.

Allegri observa, el ambiente se enfría

Massimiliano Allegri, nuevo entrenador de Napoli, ha preferido mantenerse en segundo plano en este asunto. No ha dado pistas claras sobre el papel de De Bruyne ni sobre su futuro, una prudencia que encaja con su estilo, pero que también alimenta la sensación de incertidumbre.

Mientras tanto, en Italia se da por hecho que el reencuentro no será cálido. La Gazzetta dello Sport apunta a una “acogida gélida” cuando el belga reaparezca por el centro deportivo del club. Un año después de su aterrizaje, la relación nunca terminó de encajar del todo; ahora, tras la entrevista de mayo, el vínculo parece aún más frágil.

Napoli, campeón reciente de la Serie A y obligado a sostenerse en la élite, necesita que su fichaje estelar sea solución y no problema. De Bruyne, a sus 35 años, busca un entorno que le permita mandar en el juego y sentirse protagonista, no un pulso permanente con la pizarra del entrenador.

El belga volverá a vestirse de azul en los próximos días. Lo hará bajo la mirada atenta de un vestuario que reclama jerarquía del banquillo y de una directiva que no quiere más incendios públicos. Entre la calidad indiscutible del jugador y las cicatrices abiertas por sus palabras se jugará ahora una temporada entera.

La gran incógnita es sencilla y brutal: ¿será este el año en el que Kevin De Bruyne se convierta, por fin, en el líder que Napoli esperaba… o el último capítulo de una aventura que nunca terminó de arrancar?