Lamine Yamal y la Liga 2025-26: Un Título Inolvidable
Lamine Yamal se puso la corona en agosto y no se la quitó hasta junio. La primera noche de la Liga 2025-26, con la última patada del partido inaugural, el nuevo 10 del Barcelona –el adolescente al que le entregaron la camiseta de Ladislao Kubala, Luis Suárez, Diego Maradona, Rivaldo, Ronaldinho y Lionel Messi, el chico que Luis de la Fuente dijo que estaba “tocado por la varita de Dios”– marcó contra el Mallorca. Era su primer gol como adulto y lo celebró dirigiendo su propia coronación. Así arrancó una Liga que acabaría teniendo su cara y su bandera.
Nueve meses después, la Liga ya corría por las calles de Barcelona. En lo alto del autobús descapotable del campeón, Lamine Yamal sostenía una bandera de Palestina. “Esto es algo que normalmente no me gusta, pero hablé con él y si quiere hacerlo es su decisión”, explicó Hansi Flick. “Es suficientemente mayor: tiene 18 años.” Llegar a la mayoría de edad bajo el foco no fue fácil. La temporada tampoco. Hubo lesiones y, como él mismo reconocería, un “abismo interno”. Al final, tercera Liga para el chico, segunda para Flick, el técnico-padre que perdió al suyo la misma mañana en que se proclamaron campeones y decidió compartir ese duelo con su otra “familia”. Le preguntaron si alguna vez había sentido tanto amor. “No, nunca”, respondió.
El clásico que cerró una Liga y abrió una herida
El campeonato, en realidad, Barcelona lo había dejado visto para sentencia ante el vecino Espanyol, siete jornadas antes del final. Lamine Yamal, brazos abiertos, corriendo hacia la línea de meta como un Usain Bolt adolescente, marcaba el ritmo de una Liga que se rendía. La certificación matemática llegó en la jornada 35, en el primer clásico que decidía el título en 94 años. Tres días después de la pelea en el vestuario entre Fede Valverde y Aurélien Tchouaméni que acabó con el vicecapitán del Real Madrid en el hospital, con “traumatismo craneofacial” y varios puntos, fue Marcus Rashford quien firmó el golpe definitivo.
El Barcelona había jugado en tres estadios distintos y los había convertido a todos en casa: pleno de victorias. Aquel clásico fue la undécima seguida, la 23ª victoria en 25 partidos desde el anterior duelo, 600 kilómetros al oeste. La Liga, que en octubre parecía escaparse, acabó rendida.
Porque en otoño el paisaje era otro. A finales de octubre, con Flick advirtiendo que “el ego mata el éxito”, el Barcelona había quedado expuesto: Rayo encontró la “línea Flick”, Sevilla le abrió en canal y el Madrid ganó 2-1 en el Santiago Bernabéu para ponerse cinco puntos arriba. Aquella noche, Jude Bellingham respondió al discurso de Lamine Yamal calificándolo de “palabrería barata”, con Elvis sonando de fondo: A Little Less Conversation. Dani Carvajal le dedicó el clásico gesto de “hablas demasiado”. El ruido parecía venir de Barcelona, pero el Madrid tenía su propio volcán: Vinícius Júnior se marchó al vestuario a 18 minutos del final, furioso. Xabi Alonso dijo que quería centrarse “en lo que de verdad importa”. Resultó que eso era, precisamente, lo que de verdad importaba. Con el entrenador cada vez más solo, las costuras comenzaron a abrirse.
El siguiente duelo directo cambió el aire. La Supercopa que levantó el Barcelona cerró de golpe una etapa que Alonso sentía que había empezado demasiado pronto y que terminó igual de pronto, camino del Mundial de Clubes y de vuelta sin consuelo. Llegó un nuevo técnico que tampoco supo manejar aquello. Álvaro Arbeloa dijo todo lo correcto… que en realidad no lo era. Ofreció su famoso sofá gris para que los jugadores se desahogaran, llevó donuts cuando el equipo rendía, pero no fue muchas veces. “No soy Gandalf”, avisó. Para cuando el deporte más grande del planeta volvió a poner frente a frente a sus dos gigantes, en mayo, el Madrid estaba fuera de Europa, fuera de la Copa y casi fuera de sí. Partido a partido, se había ido partiendo. Noventa minutos después, también estaba fuera de la pelea por la Liga: 12 puntos por detrás, con nueve en juego, otra temporada en blanco.
Kylian Mbappé, mientras tanto, estaba simplemente fuera. En Sicilia. “Let’s go Madrid!”, escribió cuando ya perdían 2-0. Llegó tarde incluso al ánimo.
Florentino contra el mundo y un título sin Copa de Europa
Dos días más tarde, Florentino Pérez reapareció ante la prensa por primera vez en más de una década. Lo hizo desatado, en una comparecencia incoherente que no aclaró nada y, de algún modo, lo explicó todo. Al menos identificó el problema: el diario ABC. Solución: cancelar la suscripción.
Barcelona era campeón. El trofeo se entregó milagrosamente la misma noche en que se ganó, y se paseó por la ciudad. En el autobús viajaba también la Supercopa. Lo que no estaba era la Copa de Europa, la que más deseaban. Tampoco la tenía el Madrid, pese a reservar sus mejores noches para esa competición. Villarreal y Athletic ni siquiera superaron la fase de liga, aunque San Mamés fue el único estadio donde el campeón PSG se quedó sin marcar.
El Atlético de Madrid, que había eliminado al Barcelona de las dos copas y se había descolgado hace tiempo de la Liga, fue quien más cerca estuvo de Europa. No le alcanzó. Arsenal le echó de su primera semifinal continental en una década y, en su primera final de Copa del Rey en 13 años, fue “Matarazzoado”: la Real Sociedad ganó en los penaltis. Un portero suplente detuvo el último lanzamiento, besó en la mejilla a un antiguo recogepelotas que salió después a marcar el tanto definitivo. Álvaro Odriozola, que ni jugó, aseguró que no lo cambiaría “por nada en la humanidad”.
Barcelona, Madrid, Atlético y Villarreal, tercero en Liga, volverán a la Champions el próximo curso, junto con el Betis, que aprovechó la nueva quinta plaza. Por debajo, el campeón copero, la Real Sociedad, irá a Europa acompañado por Celta y Getafe. Su técnico, Pepe Bordalás, aseguró que esa clasificación “entraría en la historia del fútbol”. Era mucho decir, pero el contexto le daba algo de razón: el Getafe empezó la temporada con 13 jugadores del primer equipo, dos de ellos porteros. Al llegar al ecuador, estaba en descenso y tan desesperado que Allan Nyom jugaba de delantero. “No se lo desearía a nadie”, insistía Bordalás, un hombre que ha hecho pasar por bastantes cosas malas a bastante gente. En enero llegaron cuatro cedidos casi anónimos. En junio, el equipo era séptimo. Lo logró a su manera: segundo peor ataque, menor posesión, menos tiros, más faltas.
Descensos crueles, milagros mínimos
Entre la invasión de campo de los jugadores del Getafe, celebrando Europa, se colaron unas cuantas camisetas rojas. Eran los futbolistas de Osasuna, pendientes de los resultados del resto para saber si seguían en Primera. El capitán describió esos minutos pegados a iPads, móviles y radios como “agonizantes, la peor sensación” de su vida. Cuando llegó la confirmación, se desató la liberación: saltos con la afición del Getafe y abrazos con Nyom, que dijo querer asegurarse de que estaban a salvo antes de irse al vestuario. “Ha sido… raro”, resumió el técnico, Alesio Lisci. Lo fue. Su equipo ya había celebrado la salvación un mes antes, tras un gol en el 99 contra el Sevilla. No esperaban tener que escapar otra vez. Lo hicieron, pero gracias a otros, no a sí mismos.
Fue una Liga así. Arriba, poca sorpresa: los mismos cinco o seis casi todo el año. Abajo, locura: caídas súbitas y resurrecciones casi bíblicas. Solo el Real Oviedo, de regreso a Primera 24 años después, se hundió pronto. Ni espacio para la épica ni para el romanticismo. Santi Cazorla, que se había incorporado con 38 años cobrando el salario mínimo para por fin debutar en Primera con el club al que llegó con ocho, no encontró final feliz. Oviedo marcó nueve goles en casa en todo el curso y tuvo más entrenadores (tres) que victorias a domicilio (dos).
La lucha por las otras dos plazas de descenso fue brutal. En una Liga donde los buenos se volvían malos y los malos, brillantes, el abismo y Europa estuvieron separados por milímetros durante meses. Nueve equipos llegaron a la penúltima jornada peleando por escapar de los dos últimos puestos. Espanyol, Sevilla, Alavés y Valencia respiraron entonces. Cinco llegaron vivos al último día, sus destinos entrelazados.
En Montilivi, Elche y Girona se jugaron todo cara a cara. Un disparo final de Thomas Lemar al larguero decidió una vida. Cuatro puntos en los últimos ocho partidos mandaron al Girona a Segunda con 41 puntos, una cifra que habría bastado para salvarse en cualquier otra temporada de esta década. Dos años antes había peleado por la Liga. El curso pasado jugó la Champions. Hoy baja.
El Mallorca le acompañará. Cayó en un triple empate con Osasuna y Levante, los tres con 42 puntos, condenado por la miniliga particular. Descendió pese a tener un delantero de 23 goles, una cifra que nadie alcanzaba desde hacía 26 temporadas. “Esto duele”, admitió su entrenador, Martín Demichelis. “El fútbol ha sido cruel”, lamentó Míchel Sánchez, técnico del Girona. “Esta Liga ha sido realmente una locura”, añadió Eder Sarabia, entrenador del Elche, que sí sobrevivió. Y tenía razón: ya se había terminado.
Rayo, la derrota más hermosa
Quedaba solo un capítulo. El último. El mejor. El Rayo Vallecano, el equipo que pasó de ser “el pequeño Rayo” a “Rayo puta Vallecano”, el club tan fuera de lugar que por eso mismo encaja, viajó a Alemania para disputar su primera final europea, la de la Conference League. No pudo volver con el trofeo. Como casi todo lo que rodea al Rayo, fue injusto y, a la vez, coherente. En la grada de Leipzig, una pancarta lo explicó mejor que cualquier copa: “No he conocido victoria mayor que estar contigo en la derrota”. Difícil encontrar un título más grande que ese.
Aunque siempre quedará ganar uno de estos…
Los premios de una Liga desquiciada
El presidente más entrañable Raúl Martín Presa, de Rayo Vallecano, llamando a sus propios aficionados “borrachos, descerebrados y vagos”. Los suyos.
El dueño más optimista “No me habléis solo de salvarse; habladme de puestos europeos”, proclamó Jesús Martínez en la jornada ocho, justo después de despedir al técnico que los había ascendido y mantenido fuera del descenso. Dos días después, el Oviedo entró en la zona roja. Nunca volvió a salir.
Mejor ambiente San Mamés, claro. Pero con sorpresa: no jugaba el Athletic. Lo llenaron Euskadi y Palestina.
Mejor “tifo” casero Al fin sirvió de algo el acopio de papel higiénico de la pandemia. La afición del Atlético recibió a su equipo con una lluvia de rollos tan espectacular que convirtió el Metropolitano en el Monumental. Días después, el Sevilla copió la idea. ¿Respuesta de UEFA y LaLiga? Multa, por supuesto.
Mejor karaoke de vestuario El Rayo, a pleno pulmón, entonando A Pirate’s Life junto a los jugadores del CD Yuncos, a los que acababan de eliminar.
La mejor fiesta… y la peor resaca Imaginemos: ganas tu cuarta Copa del Rey, el partido arranca a las 22.00, se va a la prórroga y a los penaltis, y no sales del estadio hasta las 2.00. El “disco” del hotel empieza a las 2.39, a las 4.45 los taxis te llevan a un club, a las 10.15 subes a un autobús rumbo al aeropuerto sin haber dormido y abres las botellas del duty free en el avión. Uno de los más animados grita: “Es el mejor día de mi vida y nos vamos a pegar una fiesta de la hostia”. Y se la pegan. Ese día, el siguiente y el otro, recorriendo la ciudad en bus, bebiendo cerveza y achicharrándose al sol, con cientos de miles de personas enloquecidas en las calles. Al día siguiente, todavía medio en trance, toca preparar un partido que solo quieres pasar como sea. Y entonces alguien dice: chicos, es contra el Getafe.
El aficionado más nostálgico Lionel Messi, colándose en silencio en el Camp Nou, solo, una fría noche de noviembre.
El aficionado más inesperado Ese. Sí.
El aficionado con peor suerte Al final del 3-0 del Betis ante el Mallorca, un hincha verdiblanco, desesperado por conseguir la camiseta de Cédric Bakambu, bajó a toda velocidad por la grada, voló por encima de la valla y cayó a los pies del delantero. Manera directa de llamar la atención. Ni por esas: Bakambu se quedó mirándole, perplejo, sin regalarle la camiseta. Para eso está Sergio Herrera, portero de Osasuna, que tras ganar en Palma recogió todo el equipaje del equipo y lo repartió a mano en la grada. Sin tropiezos ni huesos rotos.
El aficionado más travieso El partido del Oviedo en Mestalla se aplazó 24 horas por el diluvio. Muchos seguidores se quedaron atrapados en Valencia, sin poder volver a casa, y el club les cedió plazas en el vuelo chárter del equipo al día siguiente. Un detalle precioso. Hasta que la foto del avión apareció en redes. En Asturias, una madre reconoció a uno de los pasajeros. “Oye, Real Oviedo”, escribió, “decidle a mi hijo que hablaré con él cuando llegue a casa”. En teoría, estaba en casa de la abuela.
La afición mejor arreglada Cuando el delantero del Celta Borja Iglesias sufrió insultos homófobos por llevar las uñas pintadas, sus hinchas y sus compañeros respondieron igual: uñas coloreadas, diseños de todo tipo, solidaridad a brochazos.
El titular más directo “Zaragoza se va a la mierda”, tituló El Periódico de Aragón. Y, por desgracia, no se equivocaba.
El mejor once inicial Este. El de la temporada.
La mejor venganza “Ya verás cuando sea mayor que tú”. En la Copa del Rey, el modesto Inter de Valdemoro, de la novena categoría, perdía 8-0 contra el Getafe con media hora por jugar. Bordalás decidió entonces dar entrada a Borja Mayoral, que por fin tenía la oportunidad de ajustar cuentas con su hermano Kity, centrocampista del rival. Marcó dos más en un 11-0. Hablando de nombres…
El mejor nombre El portero del Valdemoro aquella noche. Ocupado. Mucho.
El rival más duro Robert Navarro, derribado por… papel de aluminio.
La mejor roja Jorge Pascual, del Granada, expulsado por llamar al asistente “cara de bigote de mierda”. Y, según el acta, por “señalarse el labio superior para simular dicho bigote”. Por si no había quedado claro.
El mejor horario El sol. Y su puntualidad.
El equipo más elegante El Sevilla, luciendo la estética “herencia familiar”. “No tienes zapatillas, te faltan prendas, y alguien de tu familia te dice: ‘¿Quieres los pantalones de tu abuelo?’”, relató el técnico Matías Almeyda. “‘Sí, por favor, me vienen bien’. ‘¿Quieres la camiseta de tu primo?’ ‘Claro, dámela’.”
La camiseta más codiciada La tiene Madonna.
La camiseta que peor huele La del Betis “scratch and sniff”: hecha de naranjas y con olor a naranja. Antes del partido, al menos.
El portero más útil Dani Cárdenas, parando un penalti de Kike García y, de paso, salvando las redes de Vallecas.
El mejor compañero Hugo Duro, héroe incansable, aceptando el banquillo sin una queja. “Si ya no soy titular”, dijo, “es porque [Umar] Sadiq está jugando como Pelé”.
El jugador más modesto Cuando el Barcelona presentó el duelo ante el Mallorca como Robert Lewandowski contra Vedat Muriqi, el kosovar respondió: “Hay pocos delanteros que compitan con Lewy… y yo no soy uno de ellos. Gracias, eso sí”.
La mejor disculpa Cucho Hernández, delantero del Betis, marcó al Levante y pidió perdón a su “exequipo”. Un gesto precioso… si no fuera porque nunca jugó allí. Sí lo hizo en el Huesca, que viste los mismos colores.
Banquillos, lápices y milagros
Entrenador del año. Luis Castro se cayó de culo en su debut, resbalando al devolver un balón. No volvió a hacerlo. Lo que sí hizo fue liderar un milagro en el Levante. Jokin Aperribay, presidente de la Real Sociedad, le preguntó a ChatGPT si Rino Matarazzo era buen entrenador para su club. La respuesta fue “no”. Cuatro meses después, la Real levantaba una Copa del Rey histórica.
“Dicen que saco resultados de muy poco, que siempre encuentro la forma de sumar puntos, pero esto es como un lápiz: lo afilas y lo afilas y al final ya no queda lápiz”, avisó Bordalás. Con lo que quedaba –un trozo y la goma– devolvió al Getafe a Europa. El día que presentó a Luis García, el director deportivo del Sevilla masculló: “Esto parece un funeral”. Seis semanas después, el técnico había resucitado al equipo.
“Algunos tienen bazucas y tanques; nosotros estamos ahí con una catapulta”, dijo Eder Sarabia. El Elche se salvó con esa catapulta, y además jugando bien. A su lado, Claudio Giráldez, Manuel Pellegrini y, por supuesto, Hansi Flick, campeón otra vez.
Pero el premio se lo lleva Iñigo Pérez, rumbo al Villarreal tras obrar lo imposible en el Rayo Vallecano. Sin campo donde jugar, sin lugar fijo para entrenar, sin agua caliente para ducharse, condujo al club a su mejor clasificación histórica y a su primera final europea, sosteniendo la dignidad en medio del caos. “Es más fácil llegar al éxito desde el amor”, dijo. Y lo demostró.
Lamine Yamal, la vara de medir
Jugador del año. Diez goles en los últimos 14 partidos –los únicos que Carlos Espí fue titular con el Levante en toda la temporada– le convierten en el futbolista más influyente del tramo final. Ese dato engrandece su impacto y, a la vez, le resta opciones. Cuando los aficionados pidieron el Balón de Oro para él, Vedat Muriqi se llevó el dedo a la sien: “Esta gente está loca”. Un punto más, y quizá Muriqi habría acabado con este premio… y con la salvación.
Joan García firmó la parada de la temporada ante el Espanyol, una estirada de “ciencia ficción” que hizo exclamar a Lamine Yamal: “Madre de Dios bendito, qué portero”. Pero el nombre que lo domina todo es el suyo. Lamine. “Me gustaría ser todo lo que la gente quiere que sea”, confesó. Dijo mucho con eso. Con 24 goles y 11 asistencias en todas las competiciones, fue más que nadie. Fue el líder de la escapada del Barcelona hacia la meta.
Once de la temporada: Portero: Joan García (Barcelona). Lateral derecho: Marcos Llorente (Atlético). Centrales: Florian Lejeune (Rayo) y David Affengruber (Elche). Lateral izquierdo: Carlos Romero (Espanyol). Centrocampistas: Fermín López (Barcelona), Luis Milla (Getafe), Pablo Fornals (Betis). Tridente: Lamine Yamal (Barcelona), Vedat Muriqi (Mallorca), Alberto Moleiro (Villarreal).
En el banquillo, una constelación: Aaron Escandell, Eric García, Pedri, Ratiu, Chavarría, Isi, Jon Martín, Mikel Oyarzabal, Aleix Febas, Abde, Budimir, Espí, Mbappé, Güler, Tchouaméni, Muñoz, Pubill, Koke, Griezmann, Martínez, Gueye, Expósito, Iglesias.
La Liga que empezó con un adolescente reclamando el 10 más pesado del mundo terminó con ese mismo chico sosteniendo una bandera, un título y un futuro. La pregunta ya no es si está preparado para llevarlo todo. Es si alguien será capaz de quitárselo.






