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Messi y su 20 goles en Mundiales: una leyenda en Miami

En Miami no hizo falta el himno para saber de qué iba la noche. Mucho antes del inicio, las calles alrededor del estadio ya eran una procesión celeste y blanca: bombos, banderas gigantes, camisetas por todas partes, casi todas con un mismo número estampado en la espalda. El 10. El de siempre.

Dentro, el paisaje no cambiaba. Las tribunas eran una marea argentina y, entre trapos colgados en las barandas, uno se robaba todas las miradas: Lionel Messi y Diego Maradona retratados como figuras sagradas. No hacía falta explicación. Para muchos, son algo más que futbolistas.

“Es nuestro héroe. Es como nuestro Dios”, decía un hincha antes del partido. Otro lo resumía a su manera: “Ha envejecido como el mejor vino. Cuanto más grande, mejor juega”. En Miami, la devoción por Messi se respira, se escucha y se ve. Y anoche volvió a tener su capítulo propio.

Un gol, otro récord, la misma historia

Argentina sufrió más de lo esperado para doblegar a Cabo Verde en un 3-2 dramático en los octavos de final del Mundial. El rival, muy por debajo en el ranking FIFA —fuera del top 60, frente al número 2 del mundo—, se plantó sin complejos y complicó a la campeona durante largos tramos del encuentro.

En ese contexto tenso, con el partido enredado, apareció Messi. Otra vez.

Su gol, el primero de la noche, no fue el más espectacular de su carrera, pero sí un resumen perfecto de lo que lo sigue separando del resto a los 39 años: lectura, tiempo, pausa. Un desmarque justo detrás de la última línea, el pase filtrado de Lisandro Martínez y una secuencia de dos toques que parecen sencillos solo cuando los ejecuta él: control en carrera y definición suave, por arriba del arquero de Cabo Verde.

Gol número 20 en fases finales de Mundial. Nadie, hombre o mujer, ha llegado tan lejos. Séptimo tanto en este torneo. Y una colección de marcas que ya cuesta seguir: es el primero en la historia en anotar siete o más goles en dos Copas del Mundo distintas, después de hacerlo también en 2022; el único que ha marcado en ocho partidos mundialistas consecutivos.

Los números impresionan aún más con perspectiva histórica. Desde 1978 se han disputado 13 Mundiales: la cifra de siete goles que lleva en esta edición le habría alcanzado para ser máximo artillero en todos menos dos. Lo que hoy parece “normal” en Messi, durante décadas fue un techo casi inalcanzable.

En la transmisión radial de BBC Radio 5 Live, el exdelantero escocés James McFadden no escatimó elogios: definió la jugada como “increíble”, destacó el desmarque, el peso exacto del pase de Martínez y el primer control “exquisito” del capitán argentino. En televisión, Ally McCoist lo llamó “genio en acción” y remató con una frase que empieza a sonar repetida, pero sigue siendo cierta: “Es un récord tras otro. Es increíble”.

Un 10 que ahora también corre hacia atrás

Por sus estándares, no fue el partido más dominante de Messi. Cabo Verde incomodó a Argentina, cerró líneas de pase, se animó con la pelota y, por momentos, expuso la brecha entre la idolatría que rodea al equipo y lo que sucedía sobre el césped.

Pero el 10 dejó otra huella, menos visible en las estadísticas y más clara para el ojo atento. Su forma de jugar el Mundial ha mutado sin perder esencia. Siempre fue un futbolista que camina para ver mejor, que se toma segundos para escanear el campo antes de recibir, que ahorra energía para gastarla solo cuando el contexto lo pide. Esa economía de movimientos, tan criticada en otros, es en él una herramienta quirúrgica.

En esta Copa, sin embargo, hay un matiz nuevo. McFadden lo subrayó en la retransmisión: “Durante años, Messi ha caminado en los partidos para analizar lo que pasa. Aquí, además, está volviendo para intentar recuperar el balón y liderar la presión”. No es un pressing desbocado, ni un derroche físico permanente, pero sí una señal de liderazgo activo. Incluso en la forma de correr, el equipo mira lo que hace su capitán.

Miami, capital mundial de la Messimanía

Si hay un lugar fuera de Argentina donde la figura de Messi se vive como religión, es Miami. Desde su llegada a Inter Miami en 2023, la ciudad se transformó en un santuario laico del 10: murales en paredes enteras, banderas en balcones, escaparates con su imagen, camisetas en cada esquina. En las playas, los chicos juegan a la pelota con la celeste y blanca y el 10 a la espalda. En los estadios, su nombre retumba bastante antes de que el equipo salga a calentar.

La fiebre llega hasta la gastronomía. Varios restaurantes argentinos de la ciudad presumen en sus cartas de la milanesa —de carne o de pollo—, uno de los platos favoritos del capitán. Algunos locales han rebautizado el menú en su honor. Comer, en Miami, también es una forma de acercarse al mito.

En la zona mixta, después de los partidos, la escena roza el descontrol. Periodistas apretados unos contra otros, micrófonos alzados, cámaras elevadas al máximo, todos pendientes del mismo corredor. Cuando aparece Messi, las conversaciones se cortan de golpe. Las televisiones se empujan por un ángulo limpio. Los fotógrafos disparan ráfagas en segundos. Y, casi tan rápido como llegó, el protagonista desaparece detrás de una puerta.

Alrededor de él han nacido plataformas digitales dedicadas en exclusiva a seguir cada paso de su carrera. Cuentan entrenamientos, goles, gestos, cambios de botines. Cada capítulo se consume al instante. Cada récord se comparte a escala planetaria.

Más que un título, una cuenta atrás

La fascinación global por Messi ya desborda cualquier frontera. No es solo la aventura de Argentina por otro trofeo. Es la sensación de estar asistiendo a los últimos capítulos de una obra única, en la que cada partido suma una línea más al libro de los récords.

En Miami, ante Cabo Verde, no firmó su actuación más brillante. No hacía falta. Le bastó un movimiento, un control, un toque sutil para recordar que, incluso cuando parece quieto, sigue decidiendo partidos y reescribiendo la historia del Mundial.

La pregunta ya no es cuántos goles más puede marcar. La pregunta es cuántas noches como esta le quedan al fútbol antes de que el 10 deje de escribir su propia leyenda.