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Messi, Maradona y el futuro del fútbol

Última semana de Mundial. Tres días sin fútbol que se sienten como una eternidad, pero que sirven para algo más que mirar el reloj: permiten tomar aire, discutir el juego y preguntarse hacia dónde va este deporte que ya no cabe en sus propios límites.

En el centro de todo, otra vez, Lionel Messi. Y, como un eco inevitable, Diego Armando Maradona.

El debate eterno reaparece con cada gran cita. Hay quien sostiene que Messi es el mejor de todos los tiempos: su consistencia, sus años en la cima, su capacidad para seguir decidiendo partidos cuando el cuerpo ya no responde como antes. Es un argumento sólido. Pero hay un nivel de genialidad que solo Diego alcanzó en aquel mes de 1986 y en la temporada siguiente, cuando llevó al Napoli a su primer scudetto. Aquello fue algo más que dominio: fue una distorsión de la realidad futbolística.

México 86 fue el primer Mundial para muchos. Un bautismo. La imagen permanece intacta: Diego toma la pelota, empieza a eliminar rivales, y Barry Davies suelta aquel “you’ve got to say that’s magnificent”. Un niño frente al televisor piensa que eso es posible, que un solo jugador puede, de verdad, pasar por encima de todo un equipo. El tiempo se encargó de demostrar que no: eso solo lo hizo Diego. Pocas veces alguien hizo tanto para desmentir la frase de que el fútbol es un juego de equipo.

Ahora, la historia parece cerrar un círculo. Puede que Messi esté ante su último baile con la selección. Puede que no haya otra vez. Y hay gente cruzando océanos solo para estar ahí si ese telón cae de una vez.

Un viaje a Atlanta y una infancia que no lo va a olvidar

Al Daw decidió que no podía esperar al destino. Llevó a su madre al Panamá–Inglaterra en New Jersey por su 70º cumpleaños. Llovió sin parar, el MetLife se sintió como una prisión, pero la necesidad de seguir a Inglaterra y al Mundial pudo más. Quedó con ganas de más.

El jueves, a última hora, una idea descabellada: reservar la semifinal antes de saber el resultado del sábado. Cinco hijos, otro en camino a finales de julio, la ansiedad disparada. ¿Hacerlo o no hacerlo? Cuando su pareja dio el visto bueno, ya no hubo vuelta atrás: entradas para el partido, vuelo Manchester–París–Atlanta, hotel junto al estadio. Precios desorbitados, pero asumidos.

Vio el partido del sábado casi sin mirar. Ahora ha perdido la voz, pero su hijo de ocho años, Digby, sigue sin creerse lo que viene: va a ver a Inglaterra y, quizá, el último partido de Messi con su selección. No hay algoritmo que mida eso. Son recuerdos que se clavan para siempre.

El otro lado de la barra: pubs llenos, cajas vacías

Mientras unos cruzan el Atlántico, otros miran la puerta de su bar esperando que se abra. No todos los pubs viven una fiesta mundialista.

Steve Hopkins, dueño del Shovel Inn en Stourbridge, el pueblo donde nació Jude Bellingham, se marcha del negocio cuando acabe el torneo. Ha pasado seis Mundiales detrás de la barra. Casi todos fueron una bendición para la caja. Este no.

Antes, para un partido de las 20.00, el local se llenaba a las 15.00 o las 16.00. El Mundial duplicaba la recaudación. Esta vez, la gente llega tarde, o no llega. Desde la pandemia, muchos se han quedado en casa. Otra forma de vida.

Un buen día de Mundial en el Shovel Inn rondaba las 3.000 libras. Hopkins dice que, si el miércoles llega a 1.000, podrá darse por satisfecho. Y habla de algo más profundo: de una atmósfera que se escapa, de esa experiencia compartida que el salón de casa, por muy cómodo que sea, no consigue imitar.

Francia, España, Inglaterra, Argentina: quién puede con quién

La otra gran conversación se juega en pizarras imaginarias. ¿Quién puede tumbar a esta Francia?

España parece el candidato más serio. Con Rodri acercándose a la versión imperial de antes de la lesión, el equipo de Luis de la Fuente tiene control, personalidad y un plan claro. Necesita más de Lamine Yamal, que todavía no parece al cien por cien, pero su techo competitivo es altísimo.

Inglaterra tiene piernas para correr más que Francia en el centro del campo. Tiene calidad, tiene fondo físico, tiene variantes. El problema asoma atrás: una defensa que, ante un rival de esa jerarquía, da la sensación de terminar pagándolo.

Argentina, por su parte, llega con la autoridad de campeona del mundo y la figura de Messi, pero con dudas en la zona clave: el mediocampo. Falta peso para dominar a Francia durante 90 minutos. Y en ese nivel, ceder el control es un lujo que suele salir caro.

Portugal, un Ferrari en manos de un conductor prudente

En paralelo, el caso de Portugal sigue desconcertando. Roberto Martínez dirige a una selección que puede alinear un doble pivote campeón de Europa y, por delante, a Bruno Fernandes. Sobre el papel, un centro del campo para mandar. En la práctica, un equipo plano, triste, lejos de lo que su talento promete.

Bruno es un futbolista que necesita tiempo sobre el césped. Vive de intentarlo todo el rato. Si le quitas 20 minutos, le recortas opciones de cambiar un partido. Si, además, lo retrasas a recibir de los centrales, te disparas en el pie.

La sensación es clara: con esa plantilla, el equipo debería ofrecer mucho más. Y ahí aparece un nombre inevitable: José Mourinho. Muchos pensaban que ya estaría en una selección a estas alturas, quizá precisamente en esta Portugal cargada de calidad. No fue así. En cambio, le espera otra vez el banquillo del Real Madrid, un regreso que promete ruido, tensión y audiencia global, pero que no garantiza que vuelva la magia.

Bellingham, Tuchel y un roce que no debería ir a más

El fútbol moderno vive con la lupa pegada. Cualquier gesto se convierte en tormenta. El cruce de palabras y miradas entre Thomas Tuchel y Jude Bellingham encendió alarmas rápidas. Pero todo apunta a que no pasará de anécdota.

Ambos son profesionales obsesionados con ganar. Se necesitan. Lo que dijeron, lo dijeron en un momento de tensión y alivio. Es difícil imaginar que el enfado dure mucho, si es que llegó a ser real. En equipos de élite, la temperatura sube, se dicen cosas, se baja el pulso y se sigue.

Un Mundial que no deja de crecer

Por encima de nombres y roces, la gran batalla se libra en los despachos. Gianni Infantino empuja hacia un Mundial de 64 selecciones. El instinto de muchos es rechazar la idea: más partidos, más desgaste, más negocio. Pero el análisis frío abre matices.

El salto entre la selección número 48 y la 64 del ranking no es abismal. El riesgo de diluir la calidad quizá no sea tan grande. Y hay un argumento deportivo poderoso: con 64 equipos se puede volver a un formato limpio en el que solo pasan los dos primeros de cada grupo. Se acaba el premio al tercero que gana un partido y sobrevive. Se reduce el absurdo de jugar 72 encuentros para eliminar solo a 16 equipos.

El lado oscuro es evidente: la clasificación se haría aún más larga y tediosa. Y la logística se complica. No se trata solo de estadios: son hoteles, ciudades, centros de entrenamiento, medios de comunicación. El peligro es que solo un puñado de países pueda organizar un evento así.

Aun así, las competiciones ampliadas han traído algo valioso: nuevas voces, nuevas banderas, nuevas historias. Eurocopas y Mundiales se han enriquecido con selecciones que antes miraban desde fuera. La pregunta ya no es si el fútbol puede seguir creciendo. La pregunta es si el planeta fútbol está preparado para sostener ese crecimiento sin romperse.

Mientras tanto, el calendario avanza. Faltan pocos partidos, quizá el último de Messi con Argentina. Hay niños que harán su primer viaje a un estadio mundialista. Hay dueños de pubs que se juegan su última gran noche. Hay selecciones que se miran al espejo preguntándose si este es, de verdad, su momento.

El balón todavía no rueda, pero el Mundial no se ha detenido. Y cuando vuelva a moverse, ¿quién se atreverá a decir que ya lo ha visto todo?