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Mikel Merino: el milagro de su asiento y su camino al Mundial

Mikel Merino viaja con un ángel en el hombro. Él mismo lo dice. Y cuesta llevarle la contraria.

Tenía 20 años cuando el autobús del Borussia Dortmund voló por los aires camino del estadio, antes de un partido de Champions League ante Monaco en 2017. Tres explosivos cargados con clavos, escondidos en un seto, estallaron al paso del vehículo. El fútbol quedó reducido a ruido, humo y pánico.

Merino siempre se sentaba en el mismo sitio. Rutina de vestuario. Hasta aquel día.

Las piernas le “tiraban un poco”. Nada grave, un simple gesto de comodidad. Decidió cambiarse a un asiento delantero, uno de los que se reclinaban. Minutos después, una enorme esquirla de metal quedó incrustada en el reposacabezas de su plaza habitual.

Ese trozo de metralla iba directo a su nuca.

“Me senté delante y puede que me haya salvado la vida”, cuenta ahora el centrocampista de Arsenal y campeón del mundo con España, en una entrevista con The Players’ Tribune. No suena a frase hecha. Suena a alguien que ha mirado de cerca lo que otros llaman destino.

El impacto fue brutal. Un estruendo ensordecedor, el autobús a punto de volcar, el suelo manchado de sangre, el olor denso a humo, los gritos. Merino recuerda el caos y el hospital, donde esperó noticias de su compañero Marc Bartra, operado de una fractura en la muñeca.

El partido ante Monaco se aplazó solo 24 horas, una decisión muy criticada entonces por el técnico del Dortmund, Thomas Tuchel, hoy seleccionador de Inglaterra. El fútbol siguió su curso, como casi siempre. Pero los jugadores no salieron iguales de aquel autobús.

“A muchos jóvenes probablemente les cueste creer lo que pasó, o lo grave que fue, pero nos marcó a todos”, admite Merino. Desde entonces, la idea de que “está vivo de milagro” dejó de ser una exageración y se convirtió en una brújula íntima.

Años después, esa misma brújula reapareció cuando su carrera volvió a tambalearse, esta vez desde dentro: una fractura por estrés en el pie derecho, en febrero, con un Mundial a la vuelta de la esquina.

El diagnóstico del médico fue seco: seis meses de baja. El calendario, implacable: cuatro meses para que arrancara la Copa del Mundo.

No había margen.

Merino recuerda que, al oír el pronóstico, ni siquiera pudo ponerse triste. Solo hizo números. Se le cayó el mundo cuando tuvo que decírselo en voz alta a su mujer, Lola. Ahí sí se rompió. La mente ya lo había entendido; el corazón necesitaba escuchar la sentencia.

Cuando la niebla emocional se disipó, tiró de memoria. De aquel autobús. De aquella butaca vacía con una esquirla clavada. “Las cosas pasan por algo”, se repitió. Y decidió que esta vez no iba a bajarse del viaje.

Lo había vivido ya en 2022: jugó la fase de clasificación para el Mundial, pero se quedó fuera de la lista definitiva. No quería repetir el mismo golpe. No a esa escala. No otra vez desde el sofá.

“Iba a jugar el Mundial, costara lo que costara”, se dijo.

El plan médico ofrecía una opción agresiva: insertar dos tornillos en el pie para reforzarlo. Merino no dudó. “Vamos, ponedlos”, pidió. Todo o nada. “Puse toda la carne en el asador”, resume, tirando de expresión muy suya, muy española.

Mientras se recuperaba, vio a sus compañeros de Arsenal conquistar la Premier League, el primer título liguero del club en 22 años. Festejó con ellos, claro, pero su mente estaba en otra fecha: 24 de mayo, último partido de la temporada ante Crystal Palace. Un día después, Luis de la Fuente daría la lista para el Mundial.

El problema era evidente. “Cero minutos en cuatro meses. ¿Cómo llamas a un jugador así?”, se preguntaba él mismo.

La respuesta fue pelear. Toda la semana discutiendo con Mikel Arteta y con los fisioterapeutas. El plan del club era más conservador: que reapareciera, como muy pronto, en la final de la Champions League contra Paris Saint-Germain, el 30 de mayo. Incluso eso se consideraba arriesgado.

Pero Merino necesitaba algo más que una final. Necesitaba una prueba de vida competitiva antes de que De la Fuente hablara. Un escaparate de media hora. Un rato de fútbol real que gritara: “Estoy listo”.

Al final, cedieron. Media hora ante Crystal Palace. Treinta minutos que valían una Copa del Mundo.

“Ese día, estaba jugando por el Mundial, al cien por cien”, admite. No era un partido de cierre de temporada; era una audición a contrarreloj. Terminó con la sensación de haber cumplido. De haber dejado huella suficiente.

Al día siguiente, encendió la televisión española. Se sentó en el sofá, casi en posición de hincha, pero con el estómago encogido. “Por favor, por favor, por favor”, repetía por dentro mientras escuchaba nombres.

De repente, la pantalla mostró la imagen de una mujer en un viñedo. Y entonces lo oyó: “Mikel Merino”.

Abrazo con Lola. Beso a su hijo Marco. El teléfono estallando a mensajes. Nada de discursos, nada de épica impostada. Solo una certeza sencilla, contundente, que cerraba el círculo abierto aquel día del autobús en Dortmund:

Iba al Mundial. Y esta vez, el asiento era suyo.