El regreso de Mourinho al clásico: ¿destino o revancha?
José Mourinho ya ha hecho el “¿por qué?”, ya ha sacado el papelito y ya ha plantado un vacío en la sala de prensa. Y solo lleva tres meses en el Real Madrid. Ha jugado a los clásicos sin haber jugado todavía un clásico. Hasta ahora.
El domingo por la noche regresa al estadio donde aterrizó por primera vez hace 30 años, como joven traductor talentoso de Bobby Robson, y que dejó en 2013 convertido en el entrenador más famoso del planeta. Entonces se marchó como villano perfecto del barcelonismo. Hoy vuelve para dirigir al club que le ha encargado algo que un día juró que jamás haría: intentar destruir al Barcelona.
“Hoy, mañana y siempre, Barcelona en mi corazón”, proclamó una vez. También aseguró que solo iría al Real Madrid para destruirlo. Al final, el destino le ha colocado al otro lado de la trinchera, con la misión inversa. El fútbol tiene memoria selectiva y un sentido del humor retorcido.
El regreso del enemigo íntimo
“El clásico es solo otro partido de la liga, pero decir que es un partido como cualquier otro sería mentir, totalmente irreal”, dijo Mourinho el miércoles. Sabe de lo que habla. Al otro lado, la nueva joya del Barça mira el duelo con brillo en los ojos. “Me encanta el pique”, confesó Lamine Yamal. “La era Mourinho-Guardiola, me encantaba todo eso. Eso es fútbol. El deporte es serio, pero yo quiero espectáculo y así nos divertimos más”.
Hay cosas más grandes, sí. La vida más allá del Barcelona. El Madrid ha construido una dinastía europea desde que Mourinho se fue: de la ansiada décima, que se les resistió 12 años, a la 11ª, 12ª, 13ª, 14ª y 15ª en una década. Todo eso, sin rastro del Barça en el camino. No hay un clásico europeo desde aquella semifinal de 2011, cuando el hombre al que Pep Guardiola acababa de llamar el “puto amo” soltó su célebre “¿por qué?” acusando a la UEFA de favorecer a los azulgranas.
Sin embargo, ahora mismo nada parece más grande que este partido. La jornada de Champions de esta semana se ha leído en clave de clásico, incluso con el Barça viajando a París. La rivalidad nunca desaparece; en el caso de Mourinho, es su hábitat natural. El día que firmó por el Madrid en 2010 fue el mismo en que ganó la Champions con el Inter. El origen real de ese fichaje, sin embargo, estuvo en la semifinal: aquella carrera desafiante por el césped del Camp Nou, dedo en alto, celebrando la eliminación del Barça. El Madrid respiró aliviado: se libraba de ver a su enemigo levantar la Copa de Europa en su estadio y encontraba, de paso, el manual para frenar a un equipo que parecía invencible. Florentino Pérez lo subió a su coche a la salida del Santiago Bernabéu y le pidió que repitiera la hazaña, esta vez vestido de blanco.
Florentino, Mourinho y la guerra como proyecto
El presidente había regresado en 2009 tras el fracaso de los galácticos. Mucho brillo, pocas copas. Mientras tanto, el Barcelona lo ganaba todo. Dominaba España y Europa con el núcleo duro de la selección campeona del mundo en 2010: seis titulares en la final. El Madrid necesitaba algo más que fichajes; necesitaba un giro cultural. Ir a la guerra. Un entrenador que mandara en el vestuario y en el relato. “El galáctico de este año es José Mourinho”, proclamó Florentino.
Tres años después, el idilio había degenerado en algo oscuro. Mourinho habló después de “tres años intensos, casi violentos”. Sus enemigos ya no eran solo externos. El fuego cruzado estaba también dentro. Aun así, Pérez siempre se ha sentido atraído por el único entrenador al que ha apreciado de verdad. Incluso —o sobre todo— cuando se mostraba más beligerante. Mourinho, dijo el presidente, devolvió al Madrid a su “sitio natural”. Tras cada éxito europeo posterior, Florentino le llamaba para recordarle: “Tú empezaste esto”.
Los números cuentan otra historia paralela. Su primer clásico terminó con un 5-0 para el Barcelona, camino de un doblete liga–Champions. Su última temporada acabó en blanco. Guardiola ganó el doble de títulos que él. Pero también es cierto que, de las cuatro competiciones que se le escaparon al técnico catalán en el Barça, tres se las arrebató Mourinho.
El eco del pasado en un presente turbulento
Ha pasado el tiempo, han cambiado los protagonistas, pero las similitudes se imponen. El Madrid suma dos años sin títulos. En el primero, el Barça ganó la liga con dos jornadas de margen y completó un triplete doméstico. En el camino, cuatro victorias sobre el Madrid y 16 goles marcados. La temporada pasada, los azulgranas sentenciaron la liga con tres jornadas de antelación, con un clásico incontestable que certificó una superioridad que se vio todo el año, mientras las fracturas del Madrid se exhibían en público.
España levantó el Mundial con ocho jugadores del Barça en la plantilla. El único representante del Madrid, Marc Cucurella, llegó al club cuando el torneo ya había empezado. Para muchos, eso olía a crisis estructural. Para Florentino, sonaba a momento Mourinho.
El portugués regresó envuelto en nostalgia. Sus defectos se habían difuminado con el tiempo, eclipsados por el recuerdo de la épica y el conflicto. Volvía un entrenador con autoridad —y, sobre todo, con autoridad concedida— para imponer su ley en el vestuario. Con carácter para pelear, para volver a la guerra. Contra todos. Y, muy especialmente, contra el Barcelona.
El discurso del presidente en mayo, desatado, conspirativo, político hasta la caricatura, encajaba a la perfección con el perfil del técnico. El caso Negreira, con el Barcelona pagando más de siete millones de euros entre 2001 y 2018 al entonces vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, José María Enríquez Negreira, se ha convertido en el eje del relato blanco. El Barça niega corrupción y sostiene que Negreira trabajaba como asesor. Da igual: el asunto es ahora la piedra angular del discurso del club madridista, muy lejos del frente común que un día mantuvieron en la batalla por la Superliga. La tensión ha llegado a tal punto que el presidente de la liga comparó la televisión del Madrid con la propaganda de Joseph Goebbels.
Otra cosa es cuánta razón hay hoy en las quejas. Y cuánta hay en el salto siguiente: convertir cada error arbitral —o decisiones que ni siquiera lo son— en prueba irrefutable de una gran conspiración. El veneno del “ellos contra nosotros” vuelve a impregnarlo todo.
El viejo Mourinho, de vuelta
Mourinho aterrizó asegurando que llegaba más mayor, más calmado. Pero ahí está. En la derrota, quizá siempre estaba destinado a reaparecer su versión más incendiaria. Tras perder con el Betis, preguntó “¿por qué?” por una decisión que el reglamento y las repeticiones avalaban. Después de caer ante el Atlético, se presentó con un folio en la mano. Y cuando contra el Villarreal corrió al césped para abrazar a Vinícius Júnior tras un gol que el VAR anuló, acción seguida de la expulsión del brasileño por tirar del pelo a Nathan Saliba, directamente no acudió a la rueda de prensa. El castigo para su delantero: cuatro partidos de sanción. Se pierde el clásico.
La explicación de su ausencia fue sencilla: no quería decir algo que le costara a él también una sanción y le dejara fuera del gran partido. El clásico por encima de todo. El técnico respira algo más tranquilo ahora, aunque sea por un rato. Algo se ha movido.
Hace una semana, el Barcelona encadenaba 11 victorias en 11 jornadas, con más de cuatro goles por partido. La mayoría veía el clásico sentenciado de antemano. El título, prácticamente decidido. El Barça volaba, liderado por Lamine Yamal. El Madrid, con dos derrotas, no despegaba. El equipo de Mourinho no jugaba bien, los problemas eran los de siempre. Faltaba fútbol. Sobraban dudas.
El miércoles anterior, el Madrid había firmado otra de sus remontadas que rozan lo inexplicable: del 3-1 en contra en Roma al 3-4 final en siete minutos. Pero la pregunta flotaba en el ambiente: ¿había realmente algo sobre lo que construir? La respuesta llegó en los detalles. En esos minutos jugaron Arda Güler, Yan Diomande, Fede Valverde como lateral derecho… y Vinícius no estaba en el campo.
Parecía tan evidente que hasta el propio entrenador lo vio. Repitió la apuesta. El Madrid le hizo cuatro goles al Sevilla el domingo, tres de ellos de enorme belleza. Cuatro más al Leipzig el miércoles, con Diomande firmando una volea magnífica justo después de que Vinícius abandonara el partido. La noche anterior, el Barça había encajado cuatro tantos en el Parc des Princes.
Un clásico que puede torcer la temporada
Hansi Flick reconoció que priorizó el clásico por encima del duelo ante el PSG. Dejó fuera a Rodri, retiró pronto a Pedri y Raphinha para reservarlos de cara a un partido que puede marcar la temporada y que, históricamente, la suele moldear. El problema para el alemán está atrás: las bajas en defensa y esos 15 goles encajados que le obligan a levantar la voz en el vestuario.
Mourinho, fiel a su guion, no dejó pasar la oportunidad de quejarse por el día menos de descanso que tiene el Madrid antes del clásico. Un argumento matizable, teniendo en cuenta que jugó en casa ante el Leipzig, mientras el Barça viajaba a París para enfrentarse al Paris Saint-Germain. Da igual: la coartada ya está lanzada. Más munición para alimentar la idea de que “ellos” van contra su equipo.
Thibaut Courtois lo puso en términos más simples: “Tenemos que recortar la distancia y solo podemos hacerlo ganando”, dijo el portero sobre los seis puntos que separan al Madrid del Barça. “Vamos con confianza”. Y, por primera vez en semanas, esa confianza no suena hueca. La derrota blanca ya no se percibe como inevitable. El título sigue al alcance y el equipo, por fin, empieza a parecer un equipo.
“Tenía que conocerles”, explicó Mourinho el miércoles. “Solo llevo aquí 105 días; no es mucho tiempo”.
El tiempo, sin embargo, se agota rápido en el Madrid. Y el domingo, en el clásico que lo juzga todo, esos 105 días pueden parecer una eternidad o un suspiro.






