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Neymar y su giro hacia el póker en Las Vegas

Neymar cambió el verde del campo por el paño del casino. El brasileño apareció en Las Vegas, se sentó en una mesa del 2026 World Series of Poker (WSOP) y se inscribió nada menos que en el Main Event de 10.000 dólares. No era un capricho pasajero: ya el año pasado había alcanzado la mesa final del mismo torneo, un logro que lo colocó en el radar del circuito profesional de póker.

Esta vez, sin embargo, la baraja no lo acompañó. El ex jugador de Barcelona y PSG no logró superar el Día 1 y se despidió antes de que el torneo entrara en calor. Una eliminación temprana que dialoga, inevitablemente, con el cierre abrupto de su verano futbolístico en Norteamérica, donde también vio cómo se desvanecía el sueño de conquistar la sexta estrella mundial para Brasil.

Un adiós a la Canarinha en medio de las cartas

Su presencia en Las Vegas llega justo después de un punto de inflexión en su carrera. El 5 de julio, tras la derrota de Brasil por 2-1 ante Noruega en los octavos de final del Mundial 2026, Neymar anunció su retirada del fútbol internacional. Con esa decisión bajó el telón a una etapa tan brillante como frustrante con la Seleçao: cuatro Copas del Mundo, un sinfín de expectativas y el título honorífico de máximo goleador histórico de su país.

Su último torneo con Brasil fue una lucha contra el propio cuerpo. Arrastraba una lesión en el gemelo derecho y apenas pudo participar en dos partidos, siempre desde el banquillo. Su última huella con la camiseta amarilla fue un penalti en el tiempo añadido ante los noruegos. Gol estético, sí, pero intrascendente: Erling Haaland y compañía ya tenían el billete a cuartos de final en el bolsillo.

La imagen es potente: días después de renunciar a la selección, Neymar reaparece en un salón de póker en Nevada. Cambio de escenario, misma exposición pública. Y un interrogante que lleva años persiguiéndolo: ¿dónde termina el competidor y empieza el jugador de riesgo?

El póker, pasión y pólvora mediática

Su afición por el póker nunca ha sido un secreto. Tampoco ha sido inocua. En Brasil, cada incursión en las mesas se convierte en munición para sus críticos. A comienzos de año, ya como jugador de Santos, fue acusado de haber pasado casi 24 horas jugando póker online mientras se perdía un partido de liga por lesión. El episodio encendió el debate: mientras el club peleaba en la zona baja de la Serie A, su estrella aparecía asociada más a las fichas que al balón.

Neymar, lejos de esconderse, defendió abiertamente cómo gestiona su tiempo libre. Explicó que, en días de gestión de cargas físicas, sin poder jugar, aprovecha para dedicarse a lo que más le gusta después del fútbol: sentarse a una mesa y jugar “un poquito” al póker. Transparente, sí. Controvertido, también.

En Las Vegas, esa dualidad volvió a escena. La misma figura que rompe récords de audiencia cuando pisa un estadio, ahora se mezcla entre profesionales del naipe, gafas de sol, gorras y miradas impenetrables. No hay himnos, no hay banderas. Solo cartas, cálculo y riesgo. Y un ídolo que ya no viste de verdeamarelo, pero sigue buscando adrenalina.

Un legado entre números descomunales y dudas eternas

Más allá del ruido, los números de Neymar son de una contundencia difícil de rebatir. Entre Santos, Barcelona, Paris Saint-Germain y Al-Hilal, el brasileño ha acumulado 457 goles y 262 asistencias como profesional. Una producción ofensiva al alcance de muy pocos. Con Brasil, su registro también impresiona: 80 goles en 129 partidos. Cifras de leyenda en cualquier era.

Sin embargo, la discusión sobre su legado no se resuelve con una simple estadística. Para un sector de la afición y de la crítica, su constante coqueteo con el póker simboliza una carrera que nunca llegó al techo que prometía, lastrada por lesiones, decisiones polémicas y una atención dispersa. Para otros, encarna al futbolista moderno que se niega a vivir en una sola dimensión, que acepta la presión del foco pero se reserva el derecho de elegir cómo y dónde encontrar placer competitivo.

Ahora, con la selección ya en el retrovisor y el foco puesto en el tramo final de su carrera de clubes con Santos, la escena se desplaza. Menos himnos, más decisiones personales. Menos debates sobre si cargará con Brasil en un gran torneo, más preguntas sobre cómo quiere escribir su último capítulo.

En Las Vegas, Neymar perdió pronto sus fichas. En el fútbol, aún le quedan algunas sobre la mesa. La cuestión es sencilla y brutal, como una carta boca arriba: ¿apostará por exprimir hasta el límite lo que le queda de talento… o seguirá repartiendo su juego entre el césped y el tapete verde?