Retratos oficiales del Mundial: la otra cara del torneo
Lionel Messi, rígido, clavado frente a la cámara. Marc Cucurella, melena al viento, casi bailando. Diego Moreira, de Bélgica, brazo sobre los ojos para dejar al descubierto un tatuaje inquietante. Harry Kane, incómodo, apoyado en una rodilla como si no supiera muy bien qué hacer con su propio cuerpo.
Bienvenidos al otro Mundial. El de los retratos oficiales.
En total, 1.248 futbolistas y 48 seleccionadores pasaron por el mismo peaje: posar para el objetivo de Getty Images en nombre de la Fifa. Nadie se libró. Daba igual el estatus, el palmarés o el carisma delante de la cámara. Tocaba cumplir con la obligación mediática del torneo, con más o menos gracia, con más o menos imaginación.
El estudio donde las estrellas hacen cola
Las sesiones se organizaron como una cadena de montaje de lujo. Dos fotógrafos asignados a cada selección, dos sets enfrentados: uno fondo liso, sobrio, casi burocrático; otro más distintivo, preparado para jugar con filtros y efectos. Los jugadores iban rotando, entrando y saliendo en cuestión de minutos.
La iluminación, sencilla pero quirúrgica: un gran flash de estudio con softbox dirigido al cuerpo del protagonista y un par de luces de recorte desde atrás para dibujar contornos y separar la figura del fondo. Nada de grandes artificios escénicos. El truco estaba en el cristal.
Con filtros especiales en el objetivo, los fotógrafos lograron imágenes vibrantes, llenas de desenfoques imprevisibles y efectos caleidoscópicos. El retrato de Messi, por ejemplo, parece más una portada conceptual que una ficha oficial de torneo. Fondos discretos, sí, pero un universo entero moviéndose en torno al 10.
Presión al otro lado del objetivo
Tom Jenkins, fotógrafo de deportes de The Guardian y uno de los encargados del dispositivo, lo resume sin adornos: fotografiar a futbolistas famosos ya es complicado de por sí; hacerlo en modo producción en serie, todavía más.
Con cada jugador, apenas unos minutos. Tiempo justo para saludar, disparar varias opciones, proponer un par de poses y no perder el control de la situación. No hay margen para dudar.
Hay que sacar la clásica foto “de colegio”, limpia, frontal, la que sirve para alineaciones, gráficos y bases de datos. Pero el fútbol moderno exige algo más: retratos con emoción, con juego, con un guiño al personaje que hay detrás del dorsal. Muchos llegan con poses ensayadas, celebraciones de gol convertidas en marca personal. Otros, en cambio, necesitan que el fotógrafo tenga un guion mental listo para ofrecer alternativas sobre la marcha.
La paradoja es evidente: en el terreno de juego, ellos mandan. En el estudio, el que manda es el fotógrafo. Control absoluto de luces, encuadre, tiempos. Y una responsabilidad enorme: cuando la puerta se abre y entra una superestrella, todo debe estar probado, medido, afinado. No hay segundas oportunidades.
La era del futbolista-marca
Para cada jugador se preparó una tarjeta con su nombre. Incluso para Messi. No por despiste, sino por protocolo y por el flujo de trabajo del equipo de edición. Nadie quiere equivocarse cuando se procesa el archivo del futbolista más reconocido del planeta.
Los jugadores revisaban las imágenes allí mismo, en pantalla, buscando el ángulo que mejor encajaba con la imagen que proyectan al mundo. No es casualidad. El futbolista actual entiende el poder de una foto tanto como el de un gol. Instagram, campañas globales, colaboraciones con marcas: todo pasa por la cámara.
Jenkins lo ve claro: muchos ya llegan rodados. Eberechi Eze ha posado para Burberry, Declan Rice para L’Oréal. Saben cómo colocarse, qué gesto funciona, cómo mirar al objetivo. Algunos incluso disfrutan abiertamente del juego, como si el estudio fuera una extensión del espectáculo del domingo.
Esa soltura, sin embargo, no los libra del escrutinio. En Inglaterra, varios acabaron siendo carne de meme tras la sesión. A Rice le sacaron tarjeta roja por las marcas de sol en la piel. A Anthony Gordon lo compararon con la princesa Diana. A Dean Henderson lo persiguió un inquietante “side-eye” que no pasó desapercibido.
Y aun así, entre bromas y críticas, las imágenes más creativas de Jude Bellingham y compañía demuestran hasta dónde puede llegar la fotografía cuando se trabaja bien “en cámara”, sin depender de retoques milagrosos. Incluso cuando el jugador, en persona, no irradia precisamente chispa.
Bielsa, el retrato que se negó a posar
Lo más curioso de esta edición es que la foto más comentada no es de un futbolista, sino de un entrenador. Marcelo Bielsa, seleccionador de Uruguay, volvió a ser fiel a sí mismo.
En la base del equipo en Cancún, México, Michael Regan preparó el set como con cualquier otro protagonista. Pero Bielsa decidió no jugar al juego. En lugar de mirar a la cámara, bajó la vista hacia sus propios pies. Nada de pose heroica, nada de sonrisa forzada. Un gesto mínimo que lo dice todo.
La imagen es extraña, casi incómoda. Y precisamente por eso funciona. Resume la esencia de un técnico que siempre ha ido a contracorriente, también en algo tan aparentemente inocente como una foto oficial. Más tarde, Bielsa se justificó con una frase seca: “No soy modelo”.
Para Jenkins, ahí está la clave de un buen retrato: mostrar la personalidad real del individuo. No la versión pulida por el departamento de comunicación, sino la que se escapa en un gesto, en una mirada, en una negativa.
Por eso, en medio de filtros, luces y poses ensayadas, la foto de Bielsa destaca como un acto de resistencia silenciosa. En un Mundial donde todos posan, él eligió no hacerlo. Y esa decisión, congelada en un solo fotograma, probablemente perdure más que muchas celebraciones de gol.






