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Thierno Barry: de silbidos a ovación en Goodison

Quedaban menos de 15 minutos para el final del debut liguero de Everton ante Crystal Palace cuando la grada tuvo una última excusa para ponerse en pie. No fue por una ocasión clara, ni por una entrada salvadora. Fue por un cambio.

La voz del speaker en el Hill Dickinson Stadium anunció que el héroe de la noche, Thierno Barry, dejaba el césped para dar entrada a Beto. El francés, 23 años, bajó el ritmo, levantó la cabeza y se permitió unos segundos para absorber el ruido. Aplausos, gritos, banderas al viento. El lado azul de Merseyside se rendía a un delantero que, hace no tanto, caminaba entre dudas.

El gol que lo cambió todo

Su momento llegó al inicio de la segunda parte. Centro tenso de Iliman Ndiaye desde la banda, carrera al espacio, lectura perfecta y un cabezazo limpio para firmar el 2-0 y prácticamente enterrar cualquier intento de reacción de Palace. Barry sonrió, se abrió de brazos y se dejó abrazar por sus compañeros mientras la grada rugía.

La escena chocaba de frente con la imagen del mismo jugador a finales del año pasado. Entonces arrastraba una sequía de 14 partidos sin marcar en la Premier League, después de aterrizar desde Villarreal por 27 millones de libras. El precio pesaba, la paciencia se acortaba.

«Mira, a los delanteros probablemente se les juzgará por los goles, así que puede irse a casa muy contento», reconoció el técnico en la sala de prensa.

No se quedó ahí. «Sería injusto no mencionar la calidad del centro de Ndiaye. Que Thierno llegara al sitio correcto fue enorme, y que marcara de cabeza fue muy grande para nosotros porque llegó en un momento importante del partido».

Un año de adaptación… y de desgaste

Cuando Barry firmó por Everton el verano pasado, se encontró un club que quería mirar hacia adelante, pero que venía de años atascado en el barro. Entrenador tras entrenador, todos peleando por evitar el descenso. Un castigo de puntos por incumplir las normas de Beneficios y Sostenibilidad de la Premier League. Un contexto lejos de ser ideal para un joven delantero que aterrizaba con 11 goles recientes en LaLiga y un margen evidente de crecimiento.

Moyes y su equipo de fichajes lo sabían: no podían ir a por un ariete hecho y derecho, de primer escalón. No había músculo económico ni atractivo deportivo para eso. Apostaron por un proyecto, no por una garantía.

Ese matiz se notó en la grada a mitad de curso. La comprensión del principio se transformó en inquietud. Barry solo había marcado una vez en sus primeros 18 partidos de Premier League. El runrún crecía.

Hasta enero.

Ahí su temporada dio un giro. El francés empezó a encontrar portería y cerró su primera campaña con ocho goles en 38 encuentros ligueros. No es una cifra deslumbrante, pero sí sólida para un debutante en un entorno tan exigente. Y tiene contexto: la mitad de esos tantos llegaron después de que el gran generador de juego del equipo, Jack Grealish, sufriera una lesión de larga duración en enero.

Mientras varios compañeros llegaban fundidos a la recta final, Barry hizo justo lo contrario. Su rendimiento subió cuando la pelea por Europa apretaba. Sus ocho goles nacieron de un xG de 8,1 y firmó un porcentaje de conversión del 21,1%, prácticamente calcado al 21,4% de Erling Haaland. Números serios para un jugador aún en construcción.

Moyes, exigente incluso en la victoria

Por eso, cuando el técnico se sentó a analizar el triunfo ante Palace en las entrañas del Hill Dickinson Stadium, se cuidó mucho de no dejarse arrastrar por el entusiasmo general. Ni con el equipo, ni con su delantero.

Hubo aspectos del partido de Barry que le irritaron. Le molestó verlo caer a banda sin necesidad, lejos del área, o perder controles sencillos en transiciones en las que Everton quería salir disparado.

Moyes ha moldeado delanteros antes. Sabe de qué va esto. En su primera etapa en el club, hace más de dos décadas, le tocó gestionar el talento crudo de Wayne Rooney. Esa experiencia pesa cuando mira a Barry.

«Necesito que su juego de espaldas sea mejor», admitió. «Necesito que pueda retener el balón para nosotros, para que podamos jugar más a menudo hacia él. Quiero que llegue a los espacios correctos, como hizo hoy en el centro. Tuvo un par de acciones en las que el balón le llegó y no terminó de resolver bien con los pies».

El entrenador no se detuvo ahí. «A veces está por fuera, enlazando juego, cuando no necesita estar ahí. Creo que hay mucho en su fútbol todavía por pulir».

Y, aun así, el mensaje de fondo fue distinto al de hace unos meses. Más confianza, menos condescendencia.

«Dije el año pasado que, cuando eres un delantero joven que llega nuevo, no siempre es fácil», recordó. «Creo que ha vuelto con una actitud realmente, realmente positiva este año. Creo que ha regresado con algo que le ha removido por dentro, como si tuviera algo que demostrar».

Un ‘9’ con algo que decir

Ese es, quizá, el verdadero punto de inflexión. Barry ya no es solo el fichaje caro que no arrancaba. Es el delantero que ha sobrevivido a su primera montaña rusa en la Premier League y que ahora empieza la segunda temporada con el peso del gol… y el respaldo de su estadio.

El aplauso que le acompañó hasta la línea de banda ante Palace no fue un premio de una noche. Sonó a pacto nuevo entre futbolista y afición. Everton necesita un referente arriba. Barry, por fin, parece dispuesto a ocupar ese lugar.

La cuestión es clara: ¿será este el año en el que deje de ser una promesa cara y se convierta en el delantero que marque el techo real de este Everton de Moyes?