La última batalla de Maradona: abandono y juicio en Argentina
Diego Maradona no murió solo un 25 de noviembre de 2020. Su final, tal como se está reconstruyendo en los tribunales argentinos, fue una lenta retirada, una renuncia silenciosa a la vida. Este jueves, el testimonio de su masajista, Nicolás Taffarel, añadió crudeza y desgarro a un proceso que no solo busca responsables médicos, sino que obliga a mirar de frente los últimos días del ídolo máximo.
Según relató Taffarel ante el tribunal, el campeón del mundo en México 86 pasó sus últimas jornadas prácticamente postrado, sin fuerzas ni voluntad. “No se levantaba de la cama, no quería comer, no quería bañarse, no quería ocuparse de su higiene personal”, declaró, con la voz quebrada. La imagen contrasta con la del genio irreverente que desafió defensas, dirigentes y gobiernos. En sus últimos días, Diego ya no peleaba.
Un cuerpo hinchado, una alarma ignorada
El masajista describió un cuadro físico alarmante: Maradona estaba “hinchado”, con las piernas visiblemente inflamadas. Taffarel aseguró que dio la voz de alerta al equipo médico que lo atendía y pidió algo tan básico como presencia constante: visitas “todos los días”. Esa preocupación quedó registrada en un mensaje de audio que se reprodujo en la sala.
Su sensación, dijo, fue la de hablar contra una pared. “Informé los problemas que veía en él, pero no vi una acción concreta ni una resolución rápida”, lamentó ante los jueces. Los médicos, según su testimonio, le pedían calma, le aseguraban que esos síntomas iban a pasar. Él confió. “Cuando estás ansioso, confiás en ellos; te decís que va a pasar, que todo se va a acomodar. Pero no pasó”, resumió, al borde del llanto.
Mientras el cuerpo de Maradona retenía líquido y su estado general se deterioraba, el reloj corría hacia un final que, a la luz de lo que se escucha en el juicio, muchos en su entorno temían, pero nadie logró frenar.
“Ya está”: la frase que hoy pesa como una despedida
El 24 de noviembre, un día antes de la muerte, Taffarel intentó un gesto cotidiano, casi íntimo: convencer a Diego de levantarse un rato y tomar mate. Un ritual simple, tan argentino como el propio Maradona. No lo consiguió.
“Me dijo: ‘No quiero nada, Taffita, ya está’”, relató. El masajista insistió: “¿Cómo que ya está?”. Y la respuesta fue igual de seca: “Nada, ya está”. En esas dos palabras —“ya está”— se condensa buena parte del drama. En Argentina, la frase puede sonar a tranquilidad o a rendición. Puede significar “está todo bien” o “se terminó”. En la boca de Maradona, a horas de su muerte, hoy suena a despedida.
Al día siguiente, el 25 de noviembre, lo encontraron sin vida en la cama. Tenía 60 años. El parte médico habló de insuficiencia cardíaca y edema agudo de pulmón, una acumulación de líquido en los pulmones. Dos semanas antes se había sometido a una cirugía. Murió solo.
Siete profesionales en el banquillo
Desde mediados de abril, siete profesionales de la salud están siendo juzgados en Argentina por presunta negligencia en la atención de Maradona. No se los acusa de haber querido dañar al ídolo, sino de no haber hecho lo suficiente para evitar un final que, según la acusación, pudo haberse retrasado o incluso evitado con otra conducta médica.
Enfrentan penas que pueden llegar hasta los 25 años de prisión. Todos niegan cualquier responsabilidad penal. La línea de defensa se repite con matices: cada uno subraya su especialidad, su rol acotado dentro del dispositivo de atención y la ausencia de vínculo directo con las causas clínicas de la muerte. En otras palabras: sostienen que lo que mató a Maradona estaba fuera de su control profesional.
Mientras los abogados discuten informes, pericias y protocolos, el testimonio de Taffarel introduce otra dimensión, más humana y más incómoda: la sensación de abandono, de falta de reacción ante un paciente que se apagaba a la vista de todos.
Un juicio que no se agota en lo judicial
El proceso podría extenderse más allá de este mes. No es un juicio cualquiera. Cada audiencia reabre una herida nacional. Cada detalle sobre cómo pasó Maradona sus últimos días alimenta una pregunta que sobrevuela el país futbolero: ¿estuvo el mayor símbolo del deporte argentino a la altura del cuidado que merecía?
En la sala, los abogados discuten tecnicismos. Afuera, el relato de Taffarel deja una imagen difícil de borrar: la de Diego, hinchado, cansado, negándose a comer, a bañarse, a levantarse, murmurando un “ya está” que hoy suena menos a consuelo y más a veredicto sobre su propio final.






