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Bruno Fernandes y su impacto en el Manchester United

Nada es sencillo alrededor de Bruno Fernandes.

El capitán ha entrado en el último año de su contrato – el Manchester United conserva la opción de ampliarlo una temporada más – y el contexto es delicado: el interés desde otros puntos de Europa, incluido el de Galatasaray, no va a desembocar en su salida en esta ventana, pero el portugués podría reclamar sin rubor el estatus que siente que le corresponde. El de mejor pagado del vestuario. Ese puesto ahora pertenece a Marcus Rashford.

La sola idea de ver marcharse a Fernandes, incluso con 31 años, incomoda a buena parte de la grada de Old Trafford. No es solo una cuestión de goles o asistencias. Es la sensación de que, sin él, el equipo se apaga.

Ashley Young, que sabe bien lo que significa ese escudo, lo resumió con crudeza en Sky Sports: "Él es el que hace que el Manchester United funcione. Hay una razón por la que fue elegido jugador del año por sus compañeros profesionales y es por actuaciones como esta". No se quedó ahí. "Quiere ser el mejor y quiere ganar. Es enorme para su club. Si no lo tienen, va a haber un enorme agujero en este equipo".

El partido del domingo volvió a sostener esa tesis. Sin su aportación, el United probablemente no habría ganado. Pero eso ya se ha dicho muchas veces en los últimos años. Demasiadas.

Un ‘hat-trick’ y una escena muy reveladora

El pitido final no trajo para Fernandes una celebración desatada ni una vuelta de honor inmediata. Su primera reacción fue casi de entrenador en el césped: se fue directo hacia Benjamin Sesko, que había salido desde el banquillo, para corregirle un detalle técnico sobre un pase que había intentado filtrarle en el tiempo añadido.

Ese diálogo, todavía con la adrenalina del encuentro en el cuerpo, explica buena parte de su influencia. Ordena, corrige, exige. Incluso cuando el trabajo, en apariencia, ya está hecho.

Solo después se dedicó a lo habitual: saludos a los rivales, apretones de manos con los colegiados, gestos de respeto. Caminaba ya hacia otro grupo de jugadores cuando se dio cuenta de algo obvio para todos menos para él en ese instante: había olvidado recoger el balón del partido, el premio clásico para quien firma un ‘hat-trick’.

Se giró con rapidez, pidió la pelota y el árbitro Craig Pawson se la entregó. Un gesto sencillo, casi rutinario, que contrastaba con el peso real de lo que acababa de hacer.

Sin sus goles, el resultado habría sido otro. Sin su carácter, también. Y ahí está el verdadero dilema para el United: cómo gestionar el contrato, el salario y el futuro de un futbolista del que, cada fin de semana, depende tanto. ¿Cuánto tiempo más pueden permitirse vivir al ritmo de Bruno Fernandes?