Celtic y el colapso histórico en Champions League
Callum McGregor salió del vestuario con las palabras afiladas como cuchillos. No necesitó alzar la voz para dejar en evidencia a los suyos tras el derrumbe histórico de Celtic ante LASK en la Champions League. “Pasivos”. “Asustados”. “Ahora veremos de qué está hecha la gente”. No fue una descarga en caliente: fue un veredicto.
Llevaba años acumulando noches oscuras en Europa, pero pocas veces se le había visto tan furioso.
El capitán, entre medallas y cicatrices
McGregor ha sido, durante casi una década, el jugador más fiable de Celtic. Siempre ahí, siempre disponible, siempre competitivo. Ese recorrido le ha dado títulos, gloria doméstica y una colección de traumas continentales que pocos en ese vestuario pueden igualar.
Estuvo cuando Celtic fue incapaz de marcar un solo gol en 210 minutos contra Kairat Almaty y después falló tres de cinco penaltis en la tanda. Vivió el 7-1 ante Borussia Dortmund, el 6-0 frente a Atletico Madrid, la eliminación en el play-off de Champions League contra Midtjylland, los dos 4-1 sufridos ante Sparta Prague en la Europa League. También las caídas previas ante Ferencvaros, AEK Athens y Cluj. Y, más atrás, el 7-1 contra PSG y el 7-0 ante Barcelona.
Medallas en una mano, cicatrices en la otra.
Y aun así, cuesta recordar una noche en la que se marchara tan encendido como en Linz.
No dio un discurso histérico. No es su estilo. Habló con calma, lo que solo hizo que cada palabra pesara más. Estaba enfadado con otra eliminación, con los compañeros que se encogieron cuando el partido pedía personalidad, con el orgullo profesional pisoteado en directo.
De 4-0 al abismo
La ironía cruel de la noche: McGregor abrió el marcador. Un disparo desviado, 1-0 en el partido, 4-0 en el global. Parecía el golpe definitivo al estómago de LASK, que ya había tenido ocasiones en Glasgow y volvió a amenazar en los primeros minutos en Linz… para encontrarse cuatro goles abajo.
¿Cuántos golpes puede encajar un equipo antes de rendirse? Muchos más de los que Celtic imaginó.
Porque el conjunto escocés les tendió la mano. Y casi les puso una alfombra roja. Hace una semana se celebraban los goles de calidad, el juego atrevido, la sensación de equipo con colmillo. Se dio por hecho que a esa estética le acompañaba carácter. Error de cálculo monumental.
El primer temblor llegó con Benjamin Nygren. Un pase absurdo, regalado en zona prohibida, que desembocó en el empate de LASK en el partido. Minuto 32. El global marcaba 4-1 para Celtic, pero algo ya olía raro. El marcador decía tranquilidad. El lenguaje corporal, no.
Tres minutos después de arrancar la segunda parte, el miedo dejó de ser sospecha y se convirtió en evidencia. Auston Trusty fue arrollado en un duelo que no podía perder. Le ganaron con facilidad, sin oposición, y el 4-2 global abrió de par en par la puerta del pánico.
Trusty sufrió. Y LASK lo detectó enseguida. Atacó su zona una y otra vez.
Diez minutos más tarde, llegó el 3-1 de los austríacos. Para entonces, demasiados jugadores de Celtic estaban en modo pánico. El colapso, que había empezado como una lenta erosión, ya corría cuesta abajo.
Camilo Duran, héroe en la ida, desapareció. Kasper Hogh trabajó sin recompensa ni influencia. Los pases se fueron al limbo, las ideas se deshicieron. El equipo perdió norte, voz y mando. Parecían aturdidos, como si cada balón quemara.
Ni siquiera McGregor, el único que intentaba apagar incendios, consiguió cortar la tensión que asfixiaba a los suyos.
O’Neill, desbordado en la banda
En la banda, Martin O’Neill parecía envejecer a ojos vista. Más tarde reconocería que fue una de las peores noches de su carrera. Asumió la responsabilidad, pero la carga no puede ser solo suya.
Intentó frenar el desangre con cambios en cascada: cinco sustituciones en apenas 12 minutos. No cambiaron nada. No alteraron la dinámica. No detuvieron la ola.
Celtic no realizó ni un solo disparo a puerta en toda la segunda parte del tiempo reglamentario. Tampoco en la prórroga. Existió únicamente como existe alguien colgado de un precipicio, con los dedos resbalando poco a poco. El final era inevitable.
El cuarto gol de LASK, en el minuto 90, no fue un accidente. Fue la consecuencia lógica de un asedio: 33 tiros a puerta de Celtic hasta ese momento, 40 al final del encuentro, más los 20 remates de la ida. Una paliza futbolística.
Cameron Carter-Vickers cojeaba, Hogh también. Y frente a una avalancha incesante, Celtic se defendía con una zaga final de Anthony Ralston, Dane Murray, Trusty y Liam Scales en un partido valorado en 40 millones de libras.
La quinta diana de LASK casi pareció un acto de misericordia. Otro error individual, otro jugador de Celtic en el sitio equivocado, haciendo lo equivocado, en el momento equivocado. Esta vez fue Luke McCowan, heredero involuntario de la cadena de fallos que habían iniciado Nygren y Trusty. Sin respuestas, sin red, sin Champions League.
Un final que lo dice todo
El partido se apagó entre escenas casi grotescas. LASK falló un penalti que habría significado el 6-1. Miguel Freckleton, recién llegado desde St Mirren, se permitió el lujo de slalomear dentro del área de Celtic y rozar el gol.
Mérito para Freckleton y su nuevo comienzo en Austria, pero el simple hecho de que, en unos pocos minutos, pareciera un jugador de peso dice mucho de la dimensión del derrumbe escocés.
Para entonces, Celtic ya no era un equipo: era un grupo descompuesto. Asustado, superado físicamente, derrotado en cada duelo, desbordado en cada metro del campo. La versión letal y fluida que se vio en Glasgow una semana antes se reveló como un espejismo que ocultaba fragilidades mentales profundas.
Nadie habría imaginado un hundimiento así con un 4-0 a favor en el global. Pero ocurrió.
Y deja al desnudo carencias que no son nuevas. Celtic necesita con urgencia un lateral izquierdo que pueda relevar a Kieran Tierney. No lo tiene. Necesita, aún más, un mediocentro con presencia física, jerarquía y carácter, alguien que no se arrugue en noches como la de Linz. Tampoco lo tiene.
El club ha cerrado operaciones interesantes en el mercado, sí, pero insuficientes. El balance de fichajes está en positivo. La palabra “ambición” volverá a sobrevolar cada análisis.
Porque si un club que aspira a la fase de grupos de la Champions League termina un partido de este calibre con una defensa de Ralston, Murray, Trusty y Scales, algo no se ha hecho bien. Ni en el césped ni en los despachos.
Todas esas derrotas anteriores ya habían sido un golpe económico y emocional. Se pensaba que el club había dejado atrás la pizarra de las reconstrucciones europeas, que los días de Kairat, Midtjylland, Ferencvaros, Cluj y AEK Athens eran heridas antiguas.
Ahora, a esa lista se le suma un nuevo nombre. Y el eco de la pregunta es inevitable: ¿cuántas veces más puede caer Celtic antes de aprender de verdad por qué se cae?





