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Dani Olmo y su decisión de jugar para España

En el césped del estadio Poljud, con el Adriático a un lado y la presión de la UEFA Nations League al otro, Dani Olmo volvió sobre una decisión que marcó su carrera. Pudo vestir de cuadros rojos y blancos. Eligió esperar a La Roja.

La Federación Croata (HNS) tanteó su nacionalización antes del Mundial de 2018, seducida por aquel mediapunta fino que deslumbraba en Zagreb. Para un chico de 19 años, era una autopista hacia el fútbol de selecciones: un torneo grande inmediato, un escaparate mundial, la promesa de un rol protagonista.

Olmo escuchó. Agradeció. Y cerró la puerta.

“Me lo dijeron. Estaba muy agradecido, pero mi sueño es y siempre fue jugar con mi selección”, recordó el actual número 10 de España ante los micrófonos en Split. No había épica en el tono, solo convicción. Esperó. Y el tiempo le dio la razón: debut con la absoluta en noviembre de 2019 ante Malta y un palmarés que hoy resume sin titubeos: “He ganado lo que todo futbolista quiere ganar: una Eurocopa, un Mundial, una Nations League…”.

Un hijo de La Masia adoptado por Zagreb

La historia, sin embargo, no se entiende solo desde España. En Croacia, el nombre de Dani Olmo sigue despertando un respeto que va mucho más allá de aquel intento de convencerle.

Llegó desde La Masia con 16 años, casi un adolescente desarraigado, y se convirtió en pieza imprescindible del fútbol croata. Seis temporadas, 34 goles en 124 partidos, liderazgo silencioso y una conexión con el país que aún hoy se palpa. Habla el idioma con fluidez, se mueve por Zagreb como por casa y conserva un vínculo que no se borró ni cuando se consolidó como pilar de la selección española campeona de la Euro 2024 y del Mundial 2026.

En los Balcanes no olvidan lo que dio. Tampoco le reprochan lo que decidió.

Renunció a una vía rápida hacia el escaparate internacional, pero ganó algo que no se compra: la coherencia con el niño que soñaba con la camiseta roja de España. Aquella espera, que entonces parecía arriesgada, hoy se lee como un capítulo más de una carrera construida a fuego lento.

España manda, Croacia tiembla

El contexto deportivo de esta visita a Split añade una capa de tensión. España llega al Poljud con la mira puesta en los tres puntos que consolidarían su liderato en el Grupo A3. Ya pasó por encima de esta misma Croacia con un 4-1 en el partido anterior del torneo, una exhibición que marcó diferencias y dejó claro el escalón competitivo entre ambos.

Croacia, en cambio, arrastra una herida reciente y profunda: el 7-0 encajado en casa ante Inglaterra. Un golpe devastador, no solo en el marcador, sino en el orgullo de una selección acostumbrada a competir en las grandes citas. El duelo ante España se convierte así en un examen psicológico de primer nivel.

¿Se levanta un vestuario después de un varapalo así? ¿O se encoge ante el primer golpe?

España llega con la tranquilidad del líder que sabe que depende de sí mismo. Croacia, con la urgencia de quien juega no solo por puntos, sino por reputación. El resultado puede redibujar el panorama del grupo a las puertas del parón internacional de noviembre.

Olmo, en el centro de dos mundos

En medio de ese cruce de caminos aparece Dani Olmo, quizá el futbolista que mejor encarna el puente entre ambos países. Formado en Barcelona, madurado en Zagreb, consagrado con España.

Su negativa a cambiar de bandera no borró el cariño croata. Lo reforzó. Allí se le ve como uno de los suyos que eligió otro camino. Aquí, como el talento que no se dejó deslumbrar por la prisa.

Esta noche, en Split, España busca autoridad, Croacia busca redención y Olmo vuelve al escenario donde una vez le ofrecieron otra vida futbolística. Ya no hay dudas ni dilemas. Solo una pregunta flota sobre el césped del Poljud: ¿hasta dónde puede llegar una España liderada por un 10 que nunca quiso atajos?

Dani Olmo y su decisión de jugar para España