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La DFB ante un nuevo dilema: ¿Nagelsmann o Klopp?

La historia reciente de la selección alemana es la de un gigante que se niega a aceptar que camina en círculos. Desde Rusia 2018 hasta el fiasco en Foxborough, la DFB ha tropezado una y otra vez con la misma piedra: llegar tarde al cambio de entrenador. Y ahora, con Julian Nagelsmann en el centro del huracán, ya no hay margen para repetir el error.

De Low a Nagelsmann: una decadencia a cámara lenta

Tras el derrumbe en el Mundial 2018, con derrotas ante México y Corea del Sur que mandaron a Alemania a casa en la fase de grupos, la decisión parecía obvia: cerrar el ciclo de Joachim Low. Doce años al mando, un título mundial y un colapso estrepitoso. El momento pedía ruptura.

La DFB optó por la continuidad. El crédito acumulado por Low le dio una prórroga que se extendió hasta la Eurocopa 2021. Tres años sin señales reales de mejora y un final previsible: eliminación en octavos ante Inglaterra y dimisión del seleccionador. Tarde otra vez.

Hansi Flick heredó el banquillo y, con él, una ilusión renovada. Clasificación al Mundial 2022 sobre una ola de optimismo, discurso fresco, sensación de reencuentro con la vieja Alemania competitiva. El golpe fue brutal: caída en la fase de grupos, castigada por Japón tras empezar ganando. La expectativa era un despido inmediato. No llegó. Flick aguantó hasta el otoño de 2023, desgastado por resultados mediocres, hasta que la DFB se decidió por Nagelsmann.

El auge relámpago de Nagelsmann… y su caída en picado

La llegada del exentrenador de Bayern Munich y RB Leipzig en septiembre de 2023 pareció, por un instante, el giro que el proyecto necesitaba. Ideas nuevas, convocatorias valientes, una comunicación que conectaba con el aficionado. En la Eurocopa 2024 en casa, Alemania volvió a sentirse selección grande: ambiente de unidad, equipo reconocible, cuartos de final y eliminación ante la que luego sería campeona, España. No fue un título, pero sí el primer torneo “decente” en ocho años.

La herida, sin embargo, dolió. Casi sin dejar que cicatrizara, Nagelsmann se marcó un objetivo público: ganar el Mundial 2026. Ambición máxima, respaldo popular enorme. Era el seleccionador más querido desde el mejor Low.

Ese capital se ha evaporado a una velocidad asombrosa.

En dos años, Nagelsmann ha ido erosionando su propia figura. No solo por los resultados, sino por la forma. Ruedas de prensa usadas como púlpito para criticar en detalle a sus propios jugadores cada pocas semanas. Declaraciones que buscaban foco, con frases desafortunadas e incluso inexactas. Promesas sobre roles y jerarquías dentro del grupo que luego rompió sin pestañear. Y cuando le apretaban con preguntas incómodas, perdía la calma y sonaba condescendiente. Durante el Mundial, la escena se repitió demasiadas veces.

Decisiones que pesaron como piedras

En el plano puramente deportivo, la lista de decisiones discutibles es larga. Tras el exitoso regreso de Toni Kroos en la Eurocopa, Nagelsmann dio un paso más y rescató a Manuel Neuer, de 40 años, para este Mundial, pese a haber negado en público que pensara hacerlo. El golpe para Oliver Baumann fue durísimo: había sido impecable en la fase de clasificación y, de pronto, quedaba apartado.

El movimiento, además, no se justificó sobre el césped. Neuer no ofreció nada que Baumann no pudiera haber aportado. La gestión fue torpe y terminó siendo, a la luz del torneo, innecesaria.

Otro síntoma del desconcierto fue el eterno vaivén de Joshua Kimmich, obligado a alternar entre el lateral derecho y el centro del campo, incluso dentro del mismo partido, como se vio en la derrota ante Paraguay. Un capitán convertido en parche.

El resultado fue un Mundial sin alma. El desastre ante Paraguay no sorprendió a nadie que hubiera seguido de cerca el camino del equipo desde la Eurocopa. Alemania no mostró evolución alguna. Salvo un breve arreón en la segunda parte frente a la modesta Curazao, el conjunto se arrastró por el torneo.

Faltó creatividad arriba, tembló atrás. Contra selecciones de nivel medio como Costa de Marfil, Ecuador y la propia Paraguay, Alemania nunca pareció superior de verdad. Deportivamente, el balance fue incluso más decepcionante que en 2022, cuando al menos logró rescatar un empate ante España.

Los jugadores, en un gesto de grupo, asumieron la responsabilidad tras la eliminación y absolvieron públicamente a Nagelsmann. Pero la realidad es tozuda: el seleccionador no dio con un plan funcional. Con una plantilla llena de talento individual, el equipo jamás encontró una idea clara. Sus cambios durante los partidos tampoco ayudaron: sustituciones cuestionables frente a Ecuador y la apuesta por alinear de inicio a un “revulsivo” como Undav ante Paraguay terminaron por agrandar la sensación de improvisación.

Klopp, analista… y candidato ideal

Para colmo, cada error de Nagelsmann fue diseccionado en directo por quien muchos ven ya como su sucesor perfecto: Jurgen Klopp. Desde el plató de Magenta TV, el exentrenador de Borussia Dortmund y Liverpool analizó sin rodeos el naufragio alemán.

“Hay que atacar por las bandas. No hay alternativa”, sentenció tras la eliminación. Recordó el nivel de jugadores como Florian Wirtz y Jamal Musiala, brillantes en sus clubes, irreconocibles en el torneo. Y subrayó una diferencia clave: Paraguay jugó con la ilusión de hacer historia; Alemania, bajo la obligación de cumplir. Cuando todo el estadio esperaba la remontada, no llegó. “Les dejamos escapar”, resumió. Y remató con un dardo directo a la estructura: “Podemos hablar de la DFB. Tenemos que cambiar unas cuantas cosas”.

El mensaje caló en la grada. Para una parte creciente de la afición, el cambio que “hay que hacer” tiene nombre y apellido: Klopp. Hoy ejerce como responsable del fútbol de Red Bull, pero su figura sigue ligada al imaginario alemán como el técnico capaz de encender otra vez a la selección, de llevarla a la Eurocopa 2028 y al Mundial 2030 con una identidad reconocible y un fútbol agresivo.

La sola idea de ver a Klopp en el banquillo de la Mannschaft desataría una euforia masiva en el país. Sin embargo, en Boston, cuando le preguntaron directamente, bajó el tono: dijo no haber pensado en ello, admitió que entiende que su nombre salga siempre en la conversación, pero insistió en que no era el momento de hablar del tema y recordó que ya tiene un trabajo que disfruta y que, según sus propias palabras, “no es a tiempo parcial”.

Hora de decidir: la DFB ya no tiene excusas

Entre tanto, la DFB se encuentra de nuevo ante un cruce de caminos que ya conoce demasiado bien. Pese al respaldo público de los jugadores y del director deportivo Rudi Völler, el organismo no puede permitirse otra espera eterna. El ciclo de Nagelsmann ha entrado en una fase de agotamiento evidente, y cada partido que pase sin una decisión clara aumenta el ruido y reduce el margen de maniobra.

Esta vez, el reloj no corre solo contra el seleccionador, sino también contra la oportunidad. Klopp no va a estar disponible para siempre, ni dispuesto a esperar indefinidamente una llamada que quizá nunca llegue.

Alemania ya pagó caro por no cortar a tiempo con Low. Repitió el error con Flick. Con Nagelsmann, la tercera vez sería algo más que una casualidad: sería una elección consciente. Y en un fútbol internacional cada vez más despiadado, esa es una elección que un gigante como la Mannschaft no puede permitirse.