Héctor Bellerín: el reencuentro con Mikel Arteta
Un día, con 18 o 19 años y la vida futbolística apenas arrancando, Héctor Bellerín recibió una llamada de Mikel Arteta. No era para comer. Tampoco para cenar. Era otra cosa.
Cuando llegó aquella tarde, Arteta estaba sentado con un asesor financiero. Empezaron las preguntas incómodas. “¿Cuánto gastas en esto? ¿Cuánto gastas en aquello?”. Bellerín, recién llegado al dinero y a los caprichos –ropa, coches, lo típico de quien todavía no sabe lo que vale cada euro–, intentaba tirar por lo bajo. Aun así se sintió avergonzado. Ridículo, incluso. Salió de allí con una lección de humildad y de cariño.
Mikel fue el primero que le hizo ver que importaba. Que no era un canterano más. No lo hizo con un gran abrazo, sino con algo más serio: preocuparse por su vida. Bellerín le dio las gracias. Arteta respondió con una frase que se le quedó clavada: “Si algún día haces lo mismo por un compañero, yo ya estoy contento”. Ese legado, dice ahora el lateral, es el que intenta transmitir para que los jóvenes se sientan cuidados. Y, de paso, es un retrato bastante fiel del actual entrenador de Arsenal.
Más de una década después, aquella escena es solo una de muchas que explican quién es hoy Héctor Bellerín. Y, por supuesto, también quién es Mikel Arteta.
De compañeros a rivales
Les separan trece años. Fueron compañeros, y algo más que eso: amigos de vestuario. Luego llegaron los nuevos roles: Arteta en el banquillo, Bellerín a sus órdenes. No siempre fue sencillo. El miércoles, en el Aviva Stadium de Dublín, el guion dará otro giro: se enfrentarán por primera vez.
Será “solo” un amistoso de pretemporada, lejos del Emirates, pero para Bellerín tiene un peso especial. A sus 31 años, ahora en el Real Betis, nunca se ha medido a su antiguo club. La única opción real que tuvo fue cuando estaba cedido en Sporting, pero una lesión de rodilla le frenó justo en el momento clave. La coincidencia temporal fue tan milimétrica que él mismo admite que no puede evitar pensar si algo de aquello no estaría en su cabeza.
Esta vez llegará con Arsenal convertido en campeón de la Premier League. Y con su amigo al mando.
“Mi sentimiento de amor hacia el club es increíble”, dice, recostado en un sofá a unos 50 kilómetros al oeste de Dublín, todavía con la ropa de entrenamiento puesta. Habla, y no es fácil dejar de escucharle. Aparecen nombres como Serge Gnabry, Santi Cazorla, Nacho Monreal. Recuerda la generosidad de Tomas Rosicky, que le explicaba en los entrenamientos cómo superarle a él mismo, una experiencia que ahora replica con José Antonio Morante, el extremo de 19 años que se cruza con él cada día en la banda.
También entra en la parte oscura del fútbol. En la industria que, admite, a menudo le hace “hervir la sangre”, en un juego que se ha convertido en “máximo exponente de la avaricia”. En la presión, en los insultos. Y, pese a todo, en el amor profundo por el balón. Porque, con todas sus otras facetas, sigue siendo futbolista. Siempre lo ha sido. Se declara “adicto” al juego, comprometido con él, convencido de que se ha ganado su sitio.
En esta ocasión, sin embargo, casi todo gira alrededor de Arsenal. Y en cada frase se cuela una calidez evidente.
Londres, hogar y laboratorio
“Todavía hay jugadores con los que crecí: Bukayo Saka, Ben White, el míster, los entrenadores, el staff. Sigue sintiéndose como una familia para mí. Mi aprecio y mi cariño por ellos es inmenso”, asegura.
En Londres se hizo futbolista. Pero no solo eso. Está convencido de que su forma de ser, de pensar, su conciencia, todo lo que le define, ya estaba dentro, latente. Solo necesitaba un lugar donde pudiera expresarse. Londres le dio ese espacio para explorar su mundo y madurar. Hay ciudades que te encorsetan; la capital inglesa le abrió puertas.
Todo empezó en Enfield, en una casa de la familia Twitching, en The Ridgeway: Donna y John, y sus hijos Tia y Ben. Bellerín llegó con 16 años desde Barcelona. No estaba solo: le acompañaba Jon Toral, compañero desde los ocho, que el curso pasado jugó en India. Juntos descubrieron un mundo nuevo.
El asado de los domingos se convirtió en tradición. Él no entendía que ese día se comiera solo una vez y luego se tirara de sobras. Años después, en su última visita a Londres, se vio a sí mismo buscando un Sunday roast en un pub de Kentish Town. Esta vez, eso sí, versión vegana. Parte de su personalidad, admite, viene directamente de Inglaterra.
La primera cosa que Liam Brady, entonces director de la academia, les entregó a él y a Toral fue una tarjeta Oyster. Jon se sentaba delante de Sky, encadenando partidos, dardos, snooker. Cobraban 400 euros al mes, pero la sensación era de independencia absoluta. Bellerín preguntaba a Donna: “¿Dónde puedo ir?”. Y se lanzaba: Camden, Covent Garden, Brixton para jugar al billar. No se sentían ni sobreprotegidos ni abandonados. Para ir a entrenar tenían que coger dos autobuses y el metro. Con el tiempo, en 12 años, vivió en todo tipo de sitios. Durante la pandemia se instaló en una granja del siglo XVII en St Albans, a la que solo se podía acceder por un camino de arena.
“Me habría encantado ir al desfile del título, pero aquí todavía teníamos partidos”, lamenta. Estuvo allí en el momento de transición, en el primer año de Mikel como técnico. Levantaron la FA Cup, un punto de giro. Uno de los detalles que más le emocionó cuando Arsenal ganó la liga fue la cantidad de mensajes que recibió. Se sintió parte de aquello. “Somos muchos los que seguimos hablando, todos gunners, y fue como una liberación, un desahogo tras tanto tiempo”.
El impacto de Arteta
En esas conversaciones aparecen nombres inevitables: Nacho Monreal, Santi Cazorla. “Sería increíble que los tres pudiéramos ir juntos a un partido”, cuenta. Ellos formaban el pequeño núcleo con Mikel. Y todos compartían una certeza: algún día, con Arteta, Arsenal ganaría la liga.
En los entrenamientos, el técnico ya preguntaba: “¿Qué hacíais en Barcelona? Yo haría esto…”. Más tarde, cuando pasó a ser su entrenador durante un año y medio, Bellerín llegó a una conclusión contundente: “El 80% de mi fútbol viene de la mente de Mikel”. Lo dice sin exagerar.
Habla de una visión distinta, de una manera de observar el juego que detecta patrones, de un lenguaje muy específico. Asegura incluso que Arteta le ha alargado la carrera unos años. No juega ni se mueve como aquel lateral de 19 años que rompía por la banda. Parte es experiencia; parte, aprendizaje directo. Cómo ayudar al compañero, cómo generar ventajas en su zona. “Le debo muchísimo a Mikel”, admite. Y no suena a frase hecha.
La transición de compañeros a técnico y jugador no fue sencilla. “Nuestra relación en ese cambio fue extraña”, confiesa. “No sé si supimos gestionar bien esa transición”. Pero el pasado compartido les permitió siempre hablar con honestidad. La decisión de salir de Arsenal no fue una charla aislada, sino muchas, durante un año.
La admiración, asegura, sigue intacta. Y en ese cruce de caminos apareció Betis.
El adiós que dolió
¿Por qué necesitaba irse? Hace una pausa. No hay un gran escándalo detrás. “No hay un motivo concreto. Pasó algo, pero no es una cosa; es más una especie de desconexión en la que sentí que ya no podía ayudar al club y el club ya no podía ayudarme a mí”. Lo gestionaron de la forma más amistosa posible.
Quizá, simplemente, necesitaba volver a sus raíces. A casa. Había pasado demasiado tiempo fuera. Y dejar un club como Arsenal asusta. “Da miedo, eh. Miedo. Duele, tío”, reconoce. Por mucho que supiera que su etapa había terminado, aquel era su hogar. Diez años. Amigos. Una vida entera. Te vas y no sabes qué te espera al otro lado. “Tuve suerte”, resume.
La suerte tuvo nombre y colores: Real Betis. El club de su abuela y de su padre. Y una ciudad que encajó con él desde el primer día.
Betis, ciudad y refugio
En Sevilla encontró algo más que un contrato. Encontró un lugar. El trayecto diario en bicicleta hacia el entrenamiento. Las clases de escritura. El diseño de moda. El veganismo. El activismo medioambiental. La decisión de hablar de masculinidad tóxica y de la avaricia del fútbol. Y, sobre todo, la coherencia entre lo que piensa y lo que vive.
“El vestuario fue lo que más me impactó”, explica. Descubrió una relación “horizontal” con el resto de empleados del club. En sus otros equipos, eso no existía. Para él, esa es la esencia que sostiene todo. Y encaja de lleno con sus valores.
En Sevilla ha encontrado una ciudad que le ha abrazado y le ha permitido existir más allá del fútbol. Un espacio donde el jugador y la persona pueden ir de la mano, sin pedir permiso.
Ahora, a sus 31 años, Bellerín se prepara para mirar al otro lado del campo y ver a Mikel Arteta en el banquillo rival. No será una noche cualquiera. No puede serlo. Porque, pase lo que pase en el marcador, una parte de lo que ocurra sobre el césped llevará la huella de aquella tarde, de aquel sofá, de aquellas preguntas sobre dinero que, sin que él lo supiera, empezaban a moldear al futbolista y al hombre que es hoy.






