Mauricio Pochettino y la evolución de la selección de Estados Unidos
A Mauricio Pochettino se le humedecieron los ojos. No era un amistoso de verano ni una gira comercial: su selección de Estados Unidos acababa de perder la final de la Gold Cup 2025, el título de la región, en un duelo áspero ante el rival que más duele: México.
¿Lágrimas de tristeza, de rabia por el resultado? En parte, sí. Pero, como explicó esta semana, también eran lágrimas de empatía. Sus jugadores acababan de disputar una final continental. En Houston, una de las mayores áreas metropolitanas del país que representan. Y el estadio, lejos de abrazarlos, rugía en contra. Hostil. Verde.
En otros destinos de su carrera, una escena así habría sido impensable. Como si el estadio del Tottenham amaneciera teñido casi por completo de camisetas del Arsenal en pleno derbi. Un año antes del Mundial, Pochettino recibió un golpe de realidad. No solo sobre lo lejos que estaba su proyecto de competir por una Copa del Mundo, sino sobre la posición incómoda, casi desventajosa, que ocupan sus futbolistas en el ecosistema deportivo de su propio país.
“Fuimos muy ingenuos”, admitió esta semana. “Malinterpretamos la situación. Era peor de lo que creíamos. Cuando llegamos aquí, recibimos un gran bang, un puñetazo, y estuvimos noqueados un tiempo. Dijimos: ‘What the fuck?’”.
Ese “puñetazo” al que se refiere, en realidad, había llegado meses antes de la final perdida ante México. Fue el primero de tres golpes que han moldeado el camino de esta selección.
Hoy, el paisaje es otro. Estados Unidos ha arrancado el Mundial 2026 con autoridad, resultados y un fútbol que ha llamado la atención de todo el torneo. Dos victorias, un 6-1 global, liderato asegurado de su grupo y el extraño lujo —o maldición, según se mire— de jugar un partido mundialista sin nada en juego clasificatorio. Esta vez, los estadios sí han sido un hervidero a su favor. Y, según jugadores y técnico, esa ola de apoyo los ha empujado hacia las victorias.
Es, sin discusión, el punto más alto del ciclo de Pochettino. Pero el camino hasta aquí fue por la escuela de los golpes duros.
El vacío de la Nations League
Marzo de 2025. El reto parecía sencillo: superar a Panamá en la semifinal de la Concacaf Nations League para citarse, como casi siempre, con México o Canadá en la final. Desde el estreno del torneo en 2019-20, Estados Unidos había ganado las tres primeras ediciones.
Esta vez ni siquiera alcanzó el partido decisivo.
El equipo se atascó ante una Panamá ordenada, encendida, que jugaba con una intensidad que el anfitrión no logró igualar. Y se encontró con el problema opuesto al de Houston: casi nadie fue a verlo.
“Estaba vacío”, recordó Pochettino. “¿Te acuerdas del partido con Panamá? Era gente mexicana en la grada porque ellos jugaban después de nosotros”.
Durante décadas, Estados Unidos dominó a Panamá, con un balance de 17-4-2 a mediados de 2021. Pero ese día los canaleros firmaron su cuarta victoria en los últimos seis enfrentamientos directos, tras la semifinal de la Gold Cup 2023, un duelo de la fase de grupos de la Copa América 2024 y ahora su primer billete a una final de Nations League. Todo, castigando un despiste mental de los estadounidenses con apenas su tercer disparo del encuentro.
“Fue un buen crash, ¿no?”, ironizó Pochettino. “Y fue bueno verlo. Cuando la gente dice: ‘Tenéis malos resultados’. Sí, sí: malos resultados. No hay problema. Sabemos lo que vamos a hacer. Cuando detectamos los problemas, vamos a por la solución. Y sabíamos que la solución iba a llegar”.
Entre esos problemas, el argentino señaló la propia cultura del grupo. Jugadores acomodados, convencidos de que el lugar estaba asegurado. Así, cuando Christian Pulisic le pidió saltarse la Gold Cup pero estar en los amistosos previos ante Turquía y Suiza, Pochettino dijo no. Quería un solo bloque, compacto, desde el primer día de concentración hasta el final del torneo. La misma línea que ha seguido con la lista del Mundial.
La negativa abrió un pulso entre estrella y entrenador. Las derrotas claras en esos amistosos previos aumentaron la presión externa. Pero el mensaje quedó grabado: o se está dentro al cien por cien, o se ve el torneo desde casa.
Un núcleo nuevo y un técnico distinto
La Gold Cup, pese al desenlace, destapó piezas clave del actual esqueleto de la selección. Malik Tillman por fin tuvo la oportunidad de ser el gran generador de juego del equipo. Matt Freese se adueñó de la portería y terminó eliminando, en una tanda de penaltis, al legendario Keylor Navas. Alex Freeman se convirtió en un joven indiscutible. Sebastian Berhalter se ganó un sitio real en la rotación del mediocampo de Pochettino.
El técnico también cambió. Los torneos internacionales se parecen mucho más al día a día de un club que a las ventanas esporádicas de amistosos. Durante más de un mes, Pochettino convivió con un grupo fijo, trabajando a diario. Pudo pulir su idea, ajustar automatismos, corregir detalles cara a cara.
Incluso con las lágrimas todavía frescas tras perder la final ante México, elogió el carácter de los suyos. Para él, ese corazón era la base indispensable para convertir en realidad sus ambiciones mundialistas.
“Seguid mejorando, pero por favor no cambiéis”, les pidió en el vestuario, aún con la mente clavada en el ambiente que los había recibido en Houston.
Días después, en Columbus, la chispa terminó de encenderse. “Estábamos en Columbus viendo a Ohio State contra Texas”, recordó, citando un partido universitario de fútbol americano del 30 de agosto de 2025. “Había 70.000 aficionados. Y mi pregunta fue: ¿por qué no? Si los aficionados son muy apasionados, ¿por qué no con nosotros, con el soccer? Porque si el apoyo es con nosotros, mostrarán la misma pasión. Es masivo. Es muy poderoso para el jugador”.
De ahí nació un mantra: “Why not us?”. Y con él, un giro en el estilo. Con Pulisic y otros pesos pesados de vuelta en septiembre, Pochettino estrenó lo que se ha convertido en el dibujo base del equipo: un conjunto fluido, que muta con rapidez, descoloca con movimientos sin balón, cambia de lado con velocidad y no se achica cuando ve un hueco. Un equipo que se anima al espectáculo.
Los resultados empezaron a sostener el discurso. 2-0 a Japón en septiembre. Empate con Ecuador y triunfo ante Australia en octubre. En noviembre, victoria frente a Paraguay y un 5-1 demoledor sobre Uruguay para cerrar 2025 en lo más alto.
Marzo, el tercer golpe
Y entonces llegó la tercera lección. Dos derrotas en marzo, un 7-2 global que dolió más por las sensaciones que por los números. El equipo se vio inseguro, la defensa superada, hasta el punto de volver por momentos a una estructura anterior, más frágil, frente a Bélgica. Pulisic, sumido en la peor sequía goleadora de su carrera, fue probado como delantero centro ante Portugal. Apenas dejó rastro.
“Creo que siempre hemos creído en lo que hacemos”, explicó esta semana Chris Richards, “pero siento que la concentración de marzo fue realmente importante. Les dimos a dos muy buenos equipos de Europa un partido muy fuerte”.
Pochettino sostuvo la fe en su plan, aunque en su propia defensa admitió una diferencia clara de jerarquía individual: “Bélgica y Portugal tienen, entre los 100 mejores jugadores, algunos futbolistas ahí. Creo que nosotros no tenemos ninguno”.
Fuera del vestuario, el pesimismo volvió a instalarse. Era el guion de siempre para la afición de la USMNT: un equipo capaz de firmar resultados llamativos y, al poco tiempo, desplomarse, igual de vulnerable ante gigantes que ante selecciones modestas. Muchos se preguntaban si no se arrepentirían de haber programado amistosos pre-Mundial contra dos rivales tan duros como Senegal y Alemania.
Pochettino fue tajante: “No. Eso es bueno para nosotros. Va a medir nuestro nivel”.
El 3-2 a Senegal y el 2-1, ajustado, ante Alemania mostraron a un equipo afinando el punto justo a tiempo. Desde ahí, la historia ya es conocida: 4-1 contundente a Paraguay. 2-0 para silenciar a Australia. Y, este jueves, un trámite ante una Turquía ya eliminada y unos Estados Unidos que llegaban a ese duelo como campeones matemáticos del Grupo D.
Solo cuatro selecciones en este Mundial han asegurado el primer puesto de su grupo tras dos partidos. Argentina y Alemania, gigantes históricos. México, acostumbrada a jugar arropada y a sacar rédito de la altura y de ambientes hostiles. Y, junto a ellos, el Estados Unidos de Pochettino.
“No se va a resolver de la noche a la mañana, no se va a resolver en una concentración, ni en seis meses, ni en 12, quizá no tan rápido como todos querían”, advirtió el defensa Mark McKenzie. “Creo que estamos demostrando que es un proceso”.
Proceso, sí. Pero ahora ese proceso se juega en casa, en estadios llenos, con un equipo que ya no mira a los colosos de lejos. La pregunta que flotaba en Columbus hoy suena distinta: si el país por fin ha decidido gritar por este equipo… ¿por qué no ellos?






