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La salida de Jones y la pérdida de identidad en Liverpool

Cuando Jones cerró por fin su largamente anunciado traspaso al Inter el 21 de agosto, en Liverpool casi nadie se llevó las manos a la cabeza. Parecía, sencillamente, que al club no le quedaba otra salida. El internacional inglés entraba en su último año de contrato, no quería renovar y, lo más doloroso para muchos en la ciudad, el hincha de cuna ya no era feliz en Anfield.

Arne Slot ya había sido despedido al final de la pasada temporada, aquella en la que Jones acabó reconvertido a lateral derecho de emergencia. Pero el problema iba más allá del entrenador. A sus 25 años, el centrocampista reclamaba minutos donde siempre se había imaginado: en el corazón del mediocampo. Y nadie en el club podía garantizarle ese rol bajo el mando de Andoni Iraola. El desenlace se veía venir.

El debate, sin embargo, no se centró solo en la salida. También dolió la cifra. Jones se marchó por apenas 25 millones de libras, en el mismo verano en el que un West Ham recién descendido colocó a Mateus Fernandes en Spurs por más del triple. El contraste encendió las alarmas. Y las dudas crecieron aún más por el temor, muy real, de que Liverpool no trajera un sustituto. Desde el primer día, Iraola había reclamado más opciones en el centro del campo, no menos.

El técnico español, de hecho, había sido claro en público: quería retener a Jones. Y no solo por lo que ofrecía sobre el césped. “Es muy importante que sea Scouse, que sea de aquí”, subrayó en julio, cuando le preguntaron por su futuro. No era una frase vacía.

Iraola sabe de lo que habla. Orgulloso vasco, forjado y consagrado en Athletic Club, entiende mejor que la mayoría lo que significa que un equipo represente a su gente y a su tierra. Lo explicó durante la gira de pretemporada por Estados Unidos: ve muchas similitudes entre Liverpool y Bilbao. Ese sentido de pertenencia, de ser “un poco diferentes”, y ese vínculo casi sentimental con los jugadores de la cantera.

Ahí es donde la historia se vuelve incómoda para el club de Anfield. Porque con la marcha de Jones, Liverpool se queda, por primera vez en la era moderna, sin un solo Scouser en su plantilla sénior. Ninguno. Cero. Y las dudas sobre la pérdida de identidad ya estaban sobre la mesa incluso antes de que el centrocampista hiciera las maletas rumbo a Milán.

La gestión de Fenway Sports Group (FSG) resiste cualquier auditoría económica. Tomaron en 2010 un club al borde de la bancarrota y lo transformaron en una de las entidades más rentables del fútbol mundial. Los balances cuadran. El problema está en las gradas.

Grupos de aficionados como Spirit of Shankly (SOS) llevan tiempo denunciando la escalada del precio de las entradas. Sostienen que el hincha local está siendo expulsado, poco a poco, de su propio estadio. En una carta abierta a FSG, SOS fue directo al corazón del asunto: los ingresos de día de partido representan solo una pequeña parte de la facturación total, pero se están obteniendo —denuncian— a costa de la “asequibilidad, la lealtad y la confianza”.

Y entonces llegó la noticia que agitó aún más el avispero: 1892 Holdings, un consorcio respaldado por el controvertido fundador de Amazon, Jeff Bezos, adquirió el 38% del club y quedó en posición de completar una compra total en los próximos 12 meses. Para muchos, una señal inequívoca de que Liverpool se aleja, paso a paso, de sus raíces.

Kieran Maguire, de ‘The Price of Football Podcast’, lo resumió sin rodeos en declaraciones a GOAL. Recordó que Liverpool es una ciudad obrera, orgullosa, y que el miedo a marginar a la afición tradicional se ha disparado con este movimiento. Entre los hinchas crece la sensación de que habrá más entradas para bolsillos muy acomodados, a precios desorbitados, y que eso diluirá lo que hace único un viaje a Anfield. Para la gente de la ciudad, el club no es un parque temático. No quieren ver cómo se “disneyfica” algo que forma parte de la historia, el patrimonio y la identidad de Liverpool.

En ese contexto, la ausencia de jugadores locales en el césped no es un simple dato estadístico. Es un símbolo. Y un riesgo. La conexión entre el club y sus seguidores se tambalea cuando ya no hay nadie en el once que hable el mismo acento que la grada.

Steven Gerrard lo dijo sin rodeos este verano. El mito de Anfield admitió que estaba totalmente en contra de vender a Jones por una razón casi primaria: era Scouser, nacido y criado en la ciudad. Explicó que quienes crecen en Liverpool entienden de forma instintiva las exigencias del club, el estilo, lo que pide la gente. Lo llevan incrustado porque conocen la ciudad al detalle. Por eso, para Gerrard, la academia es crucial: es la garantía de que seguirá brotando talento de casa.

Recordó una lista que habla por sí sola: Michael Owen, Jamie Carragher, Robbie Fowler, Steve McManaman, Trent Alexander-Arnold, él mismo. Y hasta nombres con menos focos como Jay Spearing o Stephen Warnock. Jugadores que quizá no acumularon cientos de partidos, pero que cuando entraban en el equipo sabían exactamente cuáles eran los valores y los principios del club.

El propio Carragher, sin embargo, ya no tiene tan claro que esos principios sigan marcando la política de fichajes. Lo confesó en ‘Football Ramble’. Lo que vio el pasado verano no le gustó. Le sonó a verano de Real Madrid: Florian Wirtz, Alexander Isak, la posible llegada de Hugo Ekitike por 80 millones teniendo ya otro delantero por 125. Un escaparate de grandes nombres y precios gigantescos.

Este año, el foco se ha posado sobre Bradley Barcola. Y Carragher se pregunta qué fue de aquellos días en los que, bajo el mandato de Klopp, el club construía un equipo a base de futbolistas que generaban dudas en el mercado, pero que acababan convertidos en gangas deportivas. Él quiere volver a eso. No es el único. Pero la sensación es que Liverpool, como el propio fútbol de élite, se ha subido a otro tren.

Eso no significa que la academia haya desaparecido del mapa. Sigue habiendo rastro de cantera en el vestuario. Rio Ngumoha llegó desde Chelsea, pero técnicamente ya figura como exjugador juvenil del club. Trey Nyoni fue suplente no utilizado en la final de Carabao Cup ganada a Chelsea, una noche que llenó de orgullo a Klopp, y está llamado a tener protagonismo esta temporada. Y Danns, una vez recupere la forma, también podría asomarse al primer equipo, sobre todo teniendo en cuenta que Isak es el único ‘9’ puro disponible y que Ekitike no apunta a volver hasta 2027.

El problema es otro. Como ha subrayado Carragher, en Anfield se percibe un giro evidente en la estrategia de fichajes. Los cuatro traspasos más caros de la historia del club se han cerrado en las dos últimas ventanas estivales. Ese salto de escala encarece todavía más el peaje de entrada para los chicos de casa.

La llegada de Barcola desde Paris Saint-Germain, a última hora del mercado, permite ahora a Liverpool alinear el viernes, en su visita a Ipswich Town en Portman Road, hasta tres futbolistas valorados por encima de los 100 millones de libras. Un escaparate de lujo. Pero ni un solo jugador local para que la grada se vea reflejada.

Por eso Klopp tenía razón cuando habló de la Carabao Cup que levantó con una alineación plagada de jóvenes. Aquello fue único. Y probablemente irrepetible. No solo porque ganar títulos con chavales es una empresa casi imposible en el fútbol actual. También porque, en los despachos y en algunos rincones de Anfield, parece haberse olvidado una verdad que durante décadas fue innegociable: que tener alma Scouse vale más que cualquier cifra en una hoja de cálculo. Y que sin esa alma, ¿qué clase de Liverpool pretende ser este Liverpool?