West Ham y su lucha en Championship: un nuevo comienzo
Diez veranos en el London Stadium. Diez años de mudanza sin hogar. Y ahora, el primer sábado de un curso en Championship que West Ham nunca quiso vivir, arranca con un Carabao Cup de primera ronda ante Portsmouth que suena a recordatorio cruel: este club ya no es de Premier League.
La caída se consumó en mayo, pero el verano ha sido aún más oscuro que muchos de aquellos inviernos de descontento. El descenso ha chocado con una tormenta perfecta en los despachos, un club en reconstrucción deportiva con una batalla de poder en la cúpula y una afición que llena el estadio pero vacía de paciencia a sus dueños.
Un gigante de Championship con alma de Premier rota
West Ham ya conoce este camino. En 2011-12, bajo Sam Allardyce, utilizó la Championship como trampolín y regresó a la élite a la primera. Hoy, las casas de apuestas lo sitúan como claro favorito al ascenso. Sobre el papel, el club está armado para volver rápido.
La realidad es bastante más áspera.
En el vestuario siguen figuras de peso. Jarrod Bowen, héroe de Praga y ahora capitán, ha decidido quedarse y asumir el encargo de liderar el regreso. Pero el eco del pasado reciente retumba: los 100 millones de libras por Declan Rice, ingresados tras ganar la Europa Conference League en 2023, se esfumaron sin construir una base sólida. El declive desde aquella noche europea ha sido vertiginoso.
En el mercado, el club se ha visto obligado a vender. Mateus Fernandes se marchó a Tottenham y Crysencio Summerville a Al-Hilal, operaciones que dejaron unos 140 millones de libras, el equivalente a un año de televisión en Premier League. La salida del canterano Freddie Potts a Club Brugge por 10 millones dolió a parte de la grada, símbolo de que “hay que vender para poder fichar”. El primer refuerzo ha sido Joël Veltman, libre tras su paso por Brighton y Ajax. Hay interés en Troy Parrott, delantero del AZ Alkmaar y héroe de la repesca mundialista de Irlanda, pero convencer a jugadores de cierto nivel para bajar a Championship nunca es sencillo.
En el banquillo, contra pronóstico, sigue Nuno Espírito Santo. Muchos daban por hecha su salida tras el descenso. Se quedó. Su calma casi zen contrasta con el nerviosismo que se respira en el club. La combinación de descenso, incertidumbre accionarial y un mercado lento dispara la ansiedad. Y el calendario tampoco ayuda: antes del 1 de septiembre esperan Burnley, Charlton, Watford y Wolves en liga. Nada de rodaje suave.
Sullivan, el dueño que nadie quiere ver
Todo esto sucede bajo una sombra que lo cubre todo: David Sullivan.
El operador del London Stadium recomendó esta semana que el ex copresidente, aún copropietario con el 38,8% de las acciones, no acuda al partido ante Portsmouth por “el potencial de manifestaciones y comportamientos antisociales de algunos espectadores”. El mensaje es claro. Su presencia se considera un riesgo.
Pese a ello, se espera que Sullivan aparezca. La junta asesora de aficionados ya avisó de que su asistencia causaría “ofensa y malestar”. Él, cuentan, quiere vivir la temporada como un hincha más y no tiene prisa por vender su paquete accionarial. Pero sus circunstancias personales hacen de cada aparición un acto desafiante. El 25 de mayo, el día en que se confirmó el descenso pese a ganar en casa a Leeds, tuvo que abandonar el estadio antes del final por motivos de seguridad.
Sullivan niega las acusaciones de conducta sexualmente explotadora y depredadora hacia mujeres, recogidas en un documental de Panorama de la BBC a comienzos de junio. Renunció a su cargo en la directiva en vísperas de la emisión “para evitar distracciones al club mientras aborda el asunto en privado”. Incluso antes de ese escándalo, ya era un pararrayos: criticado por la gestión de un club que se desplomó justo después de tocar metal europeo.
Durante años actuó como director deportivo en la sombra, para desesperación de más de uno en la parcela futbolística. Su gran aliada, Karren Brady, dimitió en abril, rompiendo una relación profesional que se remontaba a 1990. El viejo núcleo de poder se resquebraja, pero no termina de desaparecer.
La grada ha hablado con claridad: 50.000 abonos vendidos para una temporada en Championship, pero un clamor dominante, el más ruidoso de todos, exige la marcha definitiva de Sullivan. Su anuncio de salida de la directiva encendió una chispa de optimismo. Parecía el principio del fin de una era. El problema es que el futuro, de momento, es un laberinto.
Kretinsky, Staveley y la batalla por el control
El tablero accionarial se ha convertido en un juego de equilibrios milimétricos.
Daniel Kretinsky, magnate checo y propietario de un 27% de West Ham desde 2021, era el candidato natural a dar el siguiente paso. Muchos pensaban que, tras el movimiento de Sullivan, se lanzaría a por el control. En lugar de eso, esta semana redujo su participación a justo por debajo del 25%. No fue una retirada, sino una maniobra calculada.
El foco está en el 25% que pertenecía al fallecido David Gold, ex copresidente y socio de Sullivan. Ese paquete está ahora en manos de su hija, Vanessa Gold, actual copresidenta. Kretinsky tiene derecho de tanteo sobre esas acciones. Si las compra y las suma a su participación original, superaría el 50,1%. Eso le obligaría a lanzar una oferta formal de adquisición total del club.
Para evitar esa obligación, movió ficha: transfirió un 2% a su compatriota y aliado empresarial, Jakub Havrlant. Así se mantiene por debajo del umbral crítico. Si ahora adquiere el bloque de los Gold, gana peso y corta el paso a otros pretendientes, pero esquiva el requisito inmediato de comprarlo todo.
En ese contexto entra en escena Amanda Staveley. Su rostro es bien conocido en la Premier League tras su papel clave en la llegada del Saudi Arabian Public Investment Fund a Newcastle. Salió del club en julio de 2024, pero no ha tardado en buscar otro proyecto. Ya se la vinculó el pasado septiembre a un intento de compra de Tottenham. Ahora, su nombre se asocia con una ofensiva para hacerse con West Ham, con una estructura de financiación similar a la que utilizó en el norte.
Entre los aficionados de Newcastle, muchos lamentan su salida y la energía que aportó al proyecto. Algunos seguidores de West Ham sueñan con un efecto parecido: inversión, ambición, una narrativa nueva. Pero los movimientos de Kretinsky sobre el paquete de los Gold complican el escenario. Si el checo ejerce su derecho y se hace con ese 25%, la puerta para Staveley se estrecha. Las acciones de Sullivan siguen siendo la llave definitiva.
El siguiente movimiento de Staveley se espera con atención. Y con impaciencia.
Un club dividido que intenta coserse
Mientras los millones cambian de manos sobre el papel, alguien tiene que ocuparse del día a día. Karim Virani, que ya trabajó en el club hasta 2020 y pasó después por Glasgow Rangers, ha regresado como director ejecutivo interino. Su misión es casi quirúrgica: intentar recomponer un club fracturado en todos los niveles.
El London Stadium, mientras tanto, recuerda a West Ham su condición de inquilino. Este verano acogió conciertos de Take That y Metallica, y en julio fue escenario de la reunión de la Diamond League en la que Josh Kerr batió el récord mundial de la milla. Esta semana se confirmó una candidatura para albergar el Mundial de Atletismo de 2029, tras un pulso prolongado entre el club y los gestores del recinto.
Cada evento no futbolístico subraya la herida abierta desde que el club dejó el Boleyn Ground hace una década. El estadio nunca ha sido del todo suyo. Las condiciones que firmaron Sullivan, Gold y Brady siguen generando resentimiento entre los hinchas. Y ahora, con el equipo en Championship, ese malestar se mezcla con la sensación de que el club ha perdido algo más que categoría: ha perdido identidad.
El sábado, Portsmouth llevará a 9.000 aficionados al este de Londres. Harán ruido, llenarán su esquina de azul y blanco y convertirán un partido de primera ronda de Carabao Cup en un examen de carácter para el equipo de Nuno. En las gradas locales, el ambiente será distinto: mezcla de ilusión por empezar el camino de vuelta y rabia contenida hacia quienes manejan el volante.
La gran incógnita no está en el once inicial, sino en el palco. ¿Aparecerá Sullivan pese a las advertencias y al rechazo abierto de parte de su propia afición? ¿Y quién terminará realmente mandando en West Ham cuando la temporada entre en su tramo decisivo?
La Championship puede ser un purgatorio o una plataforma de despegue. West Ham ya sabe lo que es usarla como trampolín. Esta vez, con un club en guerra consigo mismo y un estadio que nunca ha sentido del todo como casa, la pregunta es otra: ¿quién estará al mando cuando llegue el momento de saltar de nuevo?






