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Apelación de Manchester City: el dilema de las reglas

La apelación de Manchester City ya está presentada. Y, otra vez, el fútbol inglés se sienta a esperar.

Esperar cuánto, nadie lo sabe. La norma de las 12 semanas más 30 días para resolver este tipo de recursos se introdujo esta misma temporada, con el proceso de la comisión independiente ya en marcha, y en el Etihad dan por hecho que no va con ellos. Es una regla más. Y las reglas, en esta historia, son precisamente el problema.

Lo cierto es que no hace falta esperar al veredicto del panel de apelación para entender el callejón en el que está metido el club. City puede agitar todos los argumentos posibles; uno por uno, se desmoronan.

El fantasma del “Red Cartel”

En el centro del relato conspiranoico de cierto sector de la grada celeste está el llamado “Red Cartel”: la idea de que Arsenal, Liverpool y Manchester United manejan los hilos de la Premier League para blindar su poder histórico y mantener a “los recién llegados” en su sitio.

Según esa teoría, los tres gigantes rojos habrían presionado para endurecer las Profit and Sustainability Rules (PSR) y los criterios de Financial Fair Play (FFP) con un único objetivo: proteger su ventaja comercial y “quitar la escalera” a clubes como City.

Pero hay una pregunta que rara vez se hacen quienes sostienen ese relato: ¿por qué? La Premier League ha saltado a otro nivel económico precisamente en la era de dominio del City. Es más fuerte que nunca, y si no es gracias a la excelencia del equipo de Pep Guardiola, desde luego no ha sido a pesar de ella. El producto se ha revalorizado con cada título, con cada récord.

¿Son justas las normas? Puede discutirse. Pero son las normas. Y son las que City ha quebrado.

Chelsea no es coartada

La indignación fue comprensible cuando Chelsea salió del juzgado deportivo con una multa de apenas 10 millones de libras y una sanción de fichajes suspendida durante dos años tras 74 infracciones. También hicieron trampas. Pero no hicieron las mismas trampas.

El club de Stamford Bridge realizó pagos ocultos por 47 millones de libras a agentes no registrados y terceros en operaciones de jugadores de primer nivel como Eden Hazard, Willian o Nemanja Matic. Es razonable pensar que sin esa ingeniería oculta quizá no habrían ganado las Premier de 2014 y 2016. Y también es razonable decir que el castigo fue suave.

Hay, sin embargo, dos diferencias fundamentales con el caso del City. Primera: BlueCo se autoinculpó y colaboró plenamente en una investigación que, según admitió la propia FA, probablemente nunca habría existido sin esa confesión. Segunda: 47 millones no son 900 millones.

El precedente de Chelsea no limpia el expediente del City. Lo subraya.

El dinero, el gobierno y los correos

Durante años, en el Etihad se habló de una “prueba irrefutable” que, según el CEO Ferran Soriano, desmontaría el caso. Muchos aficionados se aferraron a la idea de que esa verdad aún no se había puesto sobre la mesa de la comisión independiente. Era falso. Y, sobre todo, era imposible: el proceso no permite guardarse balas para más tarde.

La comisión ya lo vio todo. Y lo definió como una explicación “confeccionada mucho después de los hechos para intentar oscurecer y ocultar la realidad del esquema de financiación disfrazada”.

El argumento central del club: que era el gobierno de Abu Dhabi —propietario de Etihad— y no Abu Dhabi United Group (ADUG), dueño del City, quien financiaba los acuerdos de patrocinio. Si el dinero venía del Estado a la aerolínea, y de la aerolínea al club, no habría infracción.

Los correos internos hackeados y publicados lo dinamitaron. En uno de 2013, el entonces director financiero Jorge Chumillas pregunta a Simon Pearce por el mecanismo del acuerdo con Etihad: “Necesito entender el mecanismo por el cual el patrocinio adicional fluye a través de ADUG. ¿Es ADUG Shareholder->ADUG->Etihad->MCFC? ¿O es más bien ADUG Shareholder->Etihad->MCFC?”.

Es casi un manual de cómo se construye un circuito de dinero simulado.

Y si eso no bastara, Etihad ya había negado esa versión en un correo a las autoridades de Estados Unidos en 2015. La aerolínea afirmó entonces que pagaba el patrocinio con su propia liquidez, sin subvenciones, y que las aportaciones de su accionista —el gobierno de Abu Dhabi— eran inversiones, no ayudas.

El caso de Manchester City desmontado por su propio patrocinador, inflado de manera ilegal. No hace falta adornarlo más.

¿Por qué no llamaron a Etihad?

Cuando Etihad Airways hizo público que “en ningún momento la Premier League se puso en contacto con la compañía en el proceso asociado a la opinión de la comisión”, las redes ardieron: “la Premier está amañada”, “todo está decidido de antemano”.

¿Por qué el panel no llamó al patrocinador principal del club?

Porque el asunto no era auditar a Etihad, sino determinar si Manchester City reportó de forma veraz sus datos financieros y cumplió las reglas. La comisión analizó la documentación presentada por el club y el resto de pruebas disponibles. Interrogar al patrocinador habría sido irrelevante si los propios papeles del City ya dibujaban el circuito del dinero.

El foco no estaba en la aerolínea. Estaba en el club.

Sheikh Mansour, el dueño ausente

Otro de los puntos que el City quiere explotar es la supuesta ignorancia de Sheikh Mansour. Según las filtraciones, la comisión concluyó que el propietario —miembro de la familia real de Emiratos Árabes Unidos— no conocía los acuerdos ficticios. No sorprende. Ha acudido a dos partidos en 18 años. Pocas personas parecen menos interesadas en Manchester City que el dueño de Manchester City.

Los abogados del club pretenden convertir esa distancia en un escudo: si alguien mueve casi 1.000 millones de su dinero, ¿cómo no se va a enterar?

La pregunta tiene trampa. Mansour no está revisando la banca online cada noche ni peleándose con la suscripción duplicada de una plataforma de streaming. Los 100 millones anuales que, de media, inyectaba en el club representan en torno al 0,5% de una fortuna estimada en 20.000 millones. Para un salario de 40.000 euros al año, sería el equivalente a 200 euros.

¿Es realmente tan inverosímil que no siguiera cada detalle? Lo que sí es inverosímil es presentar su desconocimiento como prueba de que el sistema era limpio.

La palabra maldita: “sham”

En el Etihad ha molestado especialmente el uso de la palabra “sham” en el informe de la comisión. Argumentan que no se trata de un término coloquial para algo “sospechoso”, sino de una figura jurídica mal empleada en este caso.

Pero la definición legal, citada en un trabajo de 1999 de James Kessler, habla de “un acto, documento o transacción creada deliberadamente para dar una falsa impresión a un tribunal o a terceros sobre los verdaderos derechos y obligaciones legales de las partes”.

Encaja como un guante. No es que City “pareciera sospechoso”. Es que construyó estructuras para ocultar la naturaleza real de los flujos de dinero.

No tirar del hilo equivocado

Entre los defensores más acérrimos del club surgió pronto otro argumento: si el City mantuvo e incluso incrementó sus ingresos por patrocinio después de 2018, ¿cómo puede decirse que hubo irregularidades entre 2009 y 2018?

Ese razonamiento ignora un detalle clave: el periodo investigado no lo marcó la Premier a capricho, sino las filtraciones internas publicadas por Der Spiegel a finales de 2018. De 2009 a 2018 es donde había correos, contratos y trazas digitales.

¿Y de 2018 a 2023? Si el hacker Rui Pinto o cualquier otra fuente decidiera mirar bajo esa alfombra, nadie sabe qué podría aparecer. O quizá sí lo intuimos. Precisamente por eso, estirar de ese hilo en una apelación sería una temeridad.

No era “la comisión de la Premier”

Otra línea de defensa, repetida por Ferran Soriano y por Etihad, insiste en hablar de la “Premier League Commission”, como si el órgano que juzgó el caso fuera una extensión del propio campeonato.

No lo era. La comisión estaba formada por tres juristas independientes, sin vínculos con la Premier. El panel de apelación será otro trío distinto, también con amplia experiencia legal y, de nuevo, sin relación orgánica con la liga.

Plantear una conspiración institucional puede servir para cohesionar al vestuario y a la grada. En una sala de vistas, suena a recurso desesperado.

El alegato de Rodri

En medio del ruido, llegó la defensa más humana, la de vestuario. Rodri, voz autorizada del equipo, resumió el sentir de muchos jugadores: lo que han hecho en el campo, nadie puede arrebatárselo. “No se paga con dinero”, dijo. Se paga con esfuerzo, con dolor, con estar “hombro con hombro cada día”.

Nadie discute el talento del grupo ni el trabajo de los directores deportivos que lo construyeron. El problema no es cómo juega el City, sino cómo se financió esa excelencia y cómo se sostuvieron esos salarios y esas plantillas.

En cierto modo, las palabras de Rodri apuntan a la herida más profunda: si el club hizo trampas, manchó el legado de quienes no sabían nada. Hizo que años de fútbol brillante se vean, para muchos, bajo sospecha.

El espejismo del “¿y Liverpool?”

Cuando todo falla, siempre queda el “¿y los otros?”. En este caso, Liverpool. El club del “This Means More”, el rival directo de la era Guardiola. ¿Qué habrá hecho? ¿Hasta dónde habrán forzado las normas de FFP? ¿Cuánto dinero habrá inyectado John W. Henry de su bolsillo?

La realidad es mucho más prosaica. Liverpool pagó un millón de libras al City en 2013 como compensación después de que el club de Manchester denunciara un hackeo de su sistema de scouting. El botín de aquella intrusión fueron nombres como Mamadou Sakho, Iago Aspas, Simon Mignolet, Luis Alberto o Tiago Ilori.

Con esa lista, el castigo parecía venir de serie.

La apelación del City seguirá su curso, con plazos difusos y abogados de élite. Pero las bases del caso ya están expuestas. Las reglas están escritas. Las pruebas, también. La pregunta, ahora, no es qué dirá el panel, sino cuánto está dispuesto a arriesgar el propio campeonato cuando llegue el momento de hacer cumplir su veredicto.