Jack Grealish: Del héroe del City al dilema en el Everton
En Atlanta, mientras Inglaterra se acurrucaba cada vez más cerca de su propia área esperando casi resignada a que Argentina la eliminara del Mundial, la conversación se repetía en gradas, bares y redes sociales: algo faltaba. Lionel Messi manejaba el partido, la selección se desmoronaba de un 1-0 a un 1-2, y el banquillo de Thomas Tuchel parecía corto de soluciones con balón.
Faltaba alguien capaz de recibir, girar, esconder la pelota y enfriar el caos. Faltaba, en definitiva, un Jack Grealish en plenitud.
Hace no tanto, su nombre era sinónimo de eso. De pausa, de personalidad, de conducción interminable a campo contrario. De ser el chico de barrio que se convirtió en fichaje récord de la Premier League: £100 millones pagó Manchester City al Aston Villa en el verano de 2021 para convertirlo en pieza de lujo de la maquinaria de Pep Guardiola. Tras un primer año de adaptación, cumplió con el guion: fue fundamental en el City del triplete 2022-23, ese equipo que parecía jugar con el reloj y con los rivales a su antojo.
Hoy, ese mismo futbolista está fuera de la selección desde hace más de dos años, en su segunda cesión consecutiva, apartado del Everton… y encarando el último año de contrato con el City como una figura casi fantasmal.
Un talento que Inglaterra y el City ya no tienen… y el Everton no utiliza
La última lista de Tuchel para los compromisos de noviembre volvió a subrayar un vacío: Inglaterra sigue sin un futbolista con el perfil de Grealish. Alguien que reciba de espaldas, aguante la pelota, absorba presión y permita a su equipo respirar o seguir atacando con criterio. El City, sin él en versión dominante, también ha perdido ese matiz. El único que lo tiene ahora es el Everton… que ha ganado sus dos últimos partidos sin siquiera convocarlo.
La secuencia reciente es clara. Grealish se perdió el 2-0 contra el Arsenal, vigente campeón de la Premier League, el 24 de octubre por enfermedad. Cinco días después, no estuvo disponible en la victoria 3-1 ante Newcastle en la Carabao Cup por “una violación de la disciplina del club”. No reapareció en el 1-0 liguero en Newcastle y tampoco estará cuando el equipo de David Moyes reciba al Coventry City en el Hill Dickinson Stadium.
“Jack no está disponible”, se limitó a decir Moyes en la rueda de prensa previa. “No voy a daros el plan, pero volveremos a trabajar con Jack pronto”. Cuando le preguntaron si el jugador se encontraba actualmente en las instalaciones del club, el técnico cerró filas: “Prefiero no responder. Desde el principio, espero que hayáis entendido mis palabras. Dije que era un asunto del club y sigue siéndolo”.
Traducción: el caso ha pasado del vestuario a los despachos.
La línea roja del Everton
En Goodison Park han blindado el tema Grealish. Se insiste en que no es una decisión unilateral de Moyes, sino un asunto en el que la cúpula del club está plenamente implicada. El motivo, según se ha informado de forma reiterada, sería una ausencia no autorizada a un entrenamiento en la semana posterior al partido ante el Arsenal. Un episodio que encaja demasiado bien con un patrón que acompaña al mediapunta desde hace años: un calendario social tan intenso como su agenda de partidos cuando está sano.
El 19 de octubre, Grealish asistió a los premios Pride of Britain en Londres. Medios británicos como The Sun y el Daily Mail detallaron que la noche se alargó en Bam Karaoke Box, en Victoria, pleno centro de la capital. Al día siguiente se entrenó con el Everton y más tarde apareció en un pub de Cheshire para ver el Paris Saint-Germain – Barcelona de Champions, acompañado de varios compañeros, entre ellos el portero de Inglaterra Jordan Pickford.
El miércoles era día libre. Nada anormal en que los futbolistas apuren su descanso, dentro de ciertos límites. The Athletic explicó que Pickford estuvo poco tiempo en el pub, mientras que Grealish decidió quedarse más. No es un caso aislado: ambos mantienen una amistad estrecha lejos del césped. En marzo de 2025, por ejemplo, los dos compartían mesa cuando Grealish, recién salido de un partido de FA Cup con el City ante el Plymouth Argyle, dejó £500 detrás de la barra en un club social para los clientes habituales. Un gesto que reforzó su imagen de futbolista cercano, de estrella que no se esconde detrás de cordones de seguridad.
Ese lado humano, esa mezcla de talento desbordante y carisma de chico normal, le ha generado cariño y también indulgencia. Durante años, muchos han mirado hacia otro lado. Hasta hoy.
El City, la gloria… y el desgaste
La narrativa fácil sobre su paso por el Manchester City habla de seis meses brillantes en el curso del triplete y poco más. Es una versión incompleta. Incluso en sus dos últimos años en el Etihad, Guardiola sabía que su equipo ganaba equilibrio cuando lograba poner a Grealish en forma sobre el césped. El problema era precisamente ese: conseguirlo.
En plena plaga de lesiones en la 2023-24, Grealish sostuvo parte del pulso del City por un histórico cuarto título seguido de Premier League y fue pieza importante en la conquista del Mundial de Clubes. Pero el tramo final volvió a seguir un guion ya conocido: se apagó. Se quedó fuera de la convocatoria en la final de FA Cup perdida ante el Manchester United y también se cayó de la lista de Inglaterra para la Euro 2024.
El punto más simbólico quizá llegó en febrero de 2025, en un duelo de alta tensión ante el Real Madrid. Guardiola no le había dado ni una titularidad liguera en lo que iba de año, pero decidió apostar por él en la banda en una noche grande de Champions. Grealish respondió: fue excelente mientras estuvo sobre el campo y firmó el pase que desembocó en el primer gol de Erling Haaland. Media hora de reivindicación. Y lesión. Se marchó al minuto 30 y el City terminó perdiendo 3-2. Solo arrancó de inicio otro partido de Premier en lo que quedaba de temporada, ante un Leicester City ya condenado al descenso y con una alineación plagada de rotaciones.
“Los problemas de Grealish no han sido técnicos, tácticos ni por falta de confianza de Guardiola, que claramente adora al jugador”, explicaba una fuente a The Sporting News aquel verano. “Creo que todos sabemos que los problemas de Jack han sido de otra naturaleza. Y sí, es una pena”.
Lo fue también cuando, en abril, las cámaras le captaron dormido en un bar en una azotea de Manchester. Estaba recuperándose de una lesión en el pie que había cortado en seco su primer año en el Everton, una cesión que parecía haberle devuelto parte de su chispa. Dentro del club no todos veían con buenos ojos repetir la operación para una segunda temporada, aunque la salida de Iliman Ndiaye al City abría un hueco evidente para su regreso a Merseyside.
En el Etihad, el sucesor de Guardiola, Enzo Maresca, habló de él con cariño en su primera rueda de prensa: dijo que tenía “un gran corazón” y que era “un buen tipo”. Lo utilizó incluso como suplente en la Community Shield perdida ante el Arsenal y en la victoria liguera frente al Bournemouth en agosto. Grealish, por su parte, se deshizo en elogios hacia Maresca, con quien había coincidido en el cuerpo técnico del triplete. Pero nunca pareció que esa relación fuese a reconducir de verdad su carrera en el City.
“¿Sabéis lo bueno que es Jack?”
Mientras Declan Rice se subía este año a la lista del Balón de Oro y se consolidaba como pieza central del Arsenal campeón de la Premier, su amigo veía cómo se le cerraban puertas. Ambos compartieron gol en un 3-1 de Inglaterra ante Finlandia en la Nations League en octubre de 2024. Desde entonces, Grealish no ha vuelto a vestir la camiseta de su país.
“¿Sabéis lo bueno que es Jack?”, lanzó Rice entonces. “Le ves entrenar y jugar y tiene algo realmente especial como futbolista. Y no lo digo solo porque sea uno de mis mejores amigos en el fútbol. La manera en que recibe el balón bajo presión, cómo da toques y te libera como equipo es increíble. Me alegro por él porque cuando tenemos a un Jack Grealish feliz, sonriendo y jugando bien, es un impulso enorme para Inglaterra”.
Hoy esas palabras suenan casi lejanas, como si pertenecieran a otra etapa, a otro jugador. “Feliz, sonriendo y jugando bien” se ha convertido en una imagen borrosa, una cinta vieja que se rebobina cada vez con menos nitidez.
La pregunta que dejaba caer Rice —“¿sabéis lo bueno que es Jack?”— ahora parece ir en otra dirección: ¿lo sabe él? ¿Lo respeta de verdad?
Entre la mala suerte y el autosabotaje
En el City, Grealish dio la impresión en un principio de sentirse pequeño en un vestuario lleno de Kevin De Bruyne y compañía. Superado por el entorno, pero dispuesto a aprender. Con el tiempo, esa inseguridad se transformó en una especie de bucle: lesiones inoportunas, decisiones discutibles fuera del campo, oportunidades que se evaporan justo cuando parece listo para aprovecharlas.
No han faltado manos tendidas. Guardiola lo defendió en público una y otra vez. El City lo sostuvo a golpe de confianza y paciencia. El Everton le abrió dos veces la puerta de salida del Etihad. Maresca le regaló una última oportunidad simbólica. La federación inglesa lo esperó más que a otros. Siempre había alguien dispuesto a darle otro turno.
Ahora el escenario es distinto. El jugador que un día fue fichaje récord, héroe del triplete y símbolo de una generación se encuentra a préstamo, fuera de las convocatorias y con su contrato en el City agotando los últimos meses. No es solo una encrucijada profesional; es casi un examen de identidad futbolística.
Porque el talento sigue ahí. Lo saben sus entrenadores, lo saben sus compañeros, lo sabe cualquiera que recuerde aquellas noches en las que agarraba el balón, levantaba la cabeza y el estadio contenía la respiración. La cuestión ya no es si Jack Grealish puede volver a ser ese jugador.
La cuestión es si está dispuesto a hacer todo lo necesario para que su carrera deje de escaparse, poco a poco, entre sus propias manos.





