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Jamie Vardy brilla pero Burnley naufraga en casa

Jamie Vardy tiene 39 años y sigue desafiando al calendario. El veterano delantero volvió a marcar en Inglaterra por primera vez desde el 18 de mayo de 2025 y abrió el marcador en la noche del viernes, recordándole al Championship que aún le queda pólvora en las botas. Dos disparos, un gol. Eficacia de viejo depredador.

Su tanto parecía encaminar a Burnley hacia un descanso en ventaja, algo casi exótico para un equipo acostumbrado a sufrir en Turf Moor. Pero el guion se torció con una facilidad alarmante. Y no por mérito ajeno, sino por errores propios.

De la ilusión al caos en un suspiro

Con el partido controlado y el público empezando a creer, Burnley se pegó un tiro en el pie. Kyle Walker perdió un balón grosero, a pocos metros de su propia área. Un regalo que en este nivel se paga. Sean Neave olió sangre, robó y asistió a Lopez, que ajustó su disparo al palo izquierdo y empató el encuentro.

Ese gol no fue solo el 1-1. Fue un mazazo emocional. A partir de ahí, el equipo de Nicky Hayen se descompuso. La seguridad desapareció, la pelota quemaba y cada pase en campo propio parecía una amenaza.

Tras el descanso, Burnley se deshilachó por completo. La grada pasó de la expectativa a la resignación. Wolves lo notó y empezó a mandar con autoridad, oliendo un partido que estaba ahí para ganarlo si apretaban un poco más.

El error que lo cambió todo

La presión visitante terminó por cobrar su premio a 18 minutos del final. Igor protagonizó un control desastroso en una zona prohibida, regalándole a Chirewa una ocasión que un futbolista profesional no puede desperdiciar. El atacante no se lo pensó.

El disparo no fue perfecto, pero sí lo bastante incómodo. Gregoire Coudert llegó a tocar la pelota con los guantes, aunque solo para prolongar el sufrimiento: el balón hizo una parábola cruel, lo superó y cayó mansamente bajo el larguero. Otro gol encajado por un error propio, otra herida abierta ante una afición cansada de ver la misma película.

Burnley apenas tuvo respuesta. Sin claridad, sin colmillo, sin reacción anímica. El tramo final se jugó casi por inercia, con un equipo roto y un estadio que terminó dictando sentencia sonora: abucheos al pitido final. Quinta derrota liguera de la temporada. Y la sensación de que el pozo está cada vez más cerca.

Un año maldito en Turf Moor

La estadística asusta: Burnley lleva casi 12 meses sin ganar un solo partido de liga en casa. La última victoria se remonta al 18 de octubre. Desde entonces, 11 derrotas y 10 empates. Ningún otro club de las cuatro principales divisiones de Inglaterra acumula una racha tan larga sin triunfos como local.

No es solo una mala dinámica. Es un bloqueo profundo. Turf Moor, históricamente una plaza incómoda para cualquiera, se ha convertido en un escenario hostil… para el propio Burnley. Cada error se multiplica, cada golpe tarda el doble en cicatrizar.

Antes del encuentro, a Vardy le preguntaron si esta sería su última temporada como profesional. Su respuesta fue tan directa como el delantero que siempre ha sido: “Tendremos que esperar hasta el verano y dejar que mis piernas le digan a mi cabeza lo que piensan”. Esta noche, sus piernas hablaron con un gol. Pero el equipo volvió a gritar algo muy distinto: fragilidad, dudas, miedo.

Wolves mira hacia arriba, Burnley hacia abajo

Para Wolves, la noche deja un botín enorme. Primer triunfo en tres partidos y un salto hasta la sexta plaza, un impulso anímico y clasificatorio que puede marcar un punto de inflexión. Supieron oler el derrumbe de Burnley y apretaron donde más dolía, obligando al rival a equivocarse una y otra vez.

El contraste es brutal. Mientras Wolves se permite pensar en escalar posiciones y encadenar resultados, Burnley sigue atrapado en la parte baja de la tabla, con una defensa que regala demasiado y una casa que ya no protege.

La pregunta ya no es solo cómo va a salir Burnley del descenso. La pregunta es otra, más incómoda: cuánto tiempo más puede sobrevivir un equipo que ha olvidado cómo se gana en su propio estadio.