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Manchester City: el engaño y la herida en la élite del fútbol

Manchester City lleva tantos años defendiendo la misma versión que ya no sabe cómo dar marcha atrás. Esa es, en esencia, la acusación moral que flota sobre el club mientras el fútbol inglés debate no solo el castigo, sino el sentido mismo de la competición.

Detrás de la maraña jurídica, de las cifras infladas y de los comunicados agresivos, late una pregunta incómoda: ¿puede un club construir los mejores años de su historia sobre una mentira… y aun así considerarlos los mejores años de su vida?

Los mejores años… aunque todo acabe en ruinas

Hay una idea que muchos aficionados rivales no quieren ni oír, pero que en Manchester se asume casi con naturalidad: aunque el castigo sea ejemplar, aunque los propietarios se vean obligados a vender, aunque el club sea expulsado de la Premier League y tenga que renacer como un hipotético AFC Manchester City en categorías semi-profesionales, para muchos seguidores celestes estos últimos veinte años seguirán siendo los más felices que han vivido.

Han visto a Pep Guardiola convertir el juego de posición en rutina de domingo. Han llegado a un punto en el que una final de FA Cup se relativiza con un “solo es una final de FA Cup” para justificar un desplazamiento con entradas sin agotar. Han normalizado un nivel de excelencia que para la mayoría de aficiones es un sueño remoto.

Y todo eso, lo sabían, se sostenía sobre un terreno resbaladizo. El mundo entero levantó una ceja cuando City fue prácticamente el único club que aumentó de forma notable sus ingresos comerciales en plena pandemia. Nadie se tragaba del todo la historia, ni fuera ni dentro. Pero las emociones ya estaban ahí: los títulos, las remontadas, los goles eternos. Sentirlo fue real, aunque el andamiaje financiero no lo fuera.

Por eso cuesta imaginar a la grada del Etihad cubierta de cilicios metafóricos. Dos cosas pueden ser ciertas a la vez: la afición ha vivido una época dorada e irrepetible… y el club, como institución, no ha sido inocente. Lo segundo no borra lo primero. Solo lo ensucia.

Klopp, el cristal y las piedras

En este contexto, las palabras de Jürgen Klopp sobre el caso City han despertado respeto incluso entre quienes le detestan. El alemán ha evitado el tono moralista y ha preferido una postura adulta: no lanzar piedras con la luz encendida cuando sabes que tu propia casa también tiene cristales.

Nadie equipara a otros clubes con el volumen y la duración del presunto fraude del City. Pero la idea es clara: el fútbol de élite lleva décadas navegando en aguas turbias. Desde dobles contratos hasta estructuras creativas para esquivar límites financieros, el juego fuera del césped nunca ha sido limpio del todo.

De ahí que algunos se aferren a una frontera ética sencilla: mientras no haya sobornos a árbitros o rivales, mientras en el césped siga siendo once contra once, el resultado deportivo mantiene una pureza relativa. Es la tesis de jugadores como Andy Robertson y de muchos aficionados que, aun indignados por el engaño contable, no sienten que les hayan robado las noches de fútbol contra un gran equipo.

El castillo de arena financiero

La defensa pública de Manchester City se ha ido resquebrajando con el tiempo. Primero fue el relato de los patrocinios “de mercado”, sin intervención externa. Después, cuando los documentos filtrados y las investigaciones apuntaron a inyecciones desde Abu Dhabi para inflar acuerdos comerciales, el discurso empezó a mutar.

El problema es que los números nunca cuadraron con el sentido común. En 2014, City tenía aproximadamente una cuarta parte del alcance global de Manchester United, pero generaba el 88% de sus ingresos comerciales. Con un 43% del alcance de Chelsea, facturaba un 146% de sus ingresos comerciales, y hablamos de un Chelsea que venía de ganarlo casi todo en Europa.

En ningún mercado publicitario serio se paga más por menos audiencia. Se paga por ojos, por alcance, por impacto. City intentó convencer al mundo de que había roto esa lógica básica.

Mientras tanto, el club no dudó en atacar a la Premier League, a la comisión independiente, a cualquiera que pusiera en duda la versión oficial. Un tono de oligarca ofendido, más que de entidad segura de su inocencia. Paradójicamente, todo ello choca con los principios legales y morales que rigen el propio estado del que proceden sus dueños, donde el fraude y la deshonestidad se consideran faltas graves.

¿Reputación de la Premier o credibilidad del fútbol?

En los despachos se repite una idea peligrosa: sancionar con dureza a Manchester City dañaría la reputación de la Premier League. Algunos analistas sugieren que expulsar o descender al club restaría valor a los derechos televisivos, asustaría a patrocinadores y erosionaría la marca global del campeonato.

La pregunta es otra: ¿qué daña más la competición, el castigo o la impunidad? ¿Un golpe quirúrgico que demuestra que nadie está por encima de las normas, o una década de sospechas confirmadas sin consecuencias reales?

Los grandes contratos de televisión y patrocinio se construyeron sobre el tirón de los gigantes históricos, los que levantaron audiencias globales durante décadas. Ese “mar que eleva todos los barcos” permitió que hasta clubes de mitad de tabla en Inglaterra superen en músculo económico a la mayoría de equipos del resto de Europa. A City no le bastó con surfear esa ola: quiso dinamitar el límite de lo posible con un acelerador externo.

Y, por si faltara algo, lo hizo sobre un estadio que el club recibió prácticamente regalado, con un coste de construcción superior a 110 millones de libras y un valor actual muy superior.

La culpa, el césped y los jugadores

En medio de la tormenta, surge otra inquietud: ¿qué pasa con los futbolistas que construyeron esta era? ¿De verdad Yaya Touré, David Silva, Kevin De Bruyne y compañía “no merecen” sus medallas?

Son, en muchos casos, los mejores jugadores de su generación. Habrían ganado títulos en cualquier club de élite. Y es difícil imaginar que entendieran al detalle el entramado financiero que les rodeaba. En un ecosistema donde casi todos cuentan con agentes, asesores y contratos de una complejidad extrema, la conversación suele reducirse a cifras globales: salario, primas, duración.

Wayne Rooney, que perdió una liga en el famoso “Agueroooo”, llegó a decir que no siente que su Manchester United mereciera aquel título. Su visión pone el foco en el terreno de juego: once contra once, un gol en el último segundo, una emoción incontestable.

Para muchos, manchar a los jugadores con el mismo barro que a los directivos solo refuerza la idea de que el fútbol es un negocio total, sin refugio posible. Otros se agarran justo a lo contrario: el césped como último espacio de pureza, aunque todo lo que lo rodea esté contaminado.

Sabían lo que era… y lo aceptaron

Hay también una mirada más dura hacia la afición del City. No se compra la idea de que todos eran víctimas engañadas. Las cifras comerciales imposibles, el salto súbito a la cima económica por encima de United, Liverpool, Real Madrid, Bayern o Barcelona, eran evidentes para cualquiera que quisiera mirar con atención.

Se pide, al menos, honestidad: cuando Sergio Agüero marcó aquel gol eterno, cuando Rodri decidió la final ante Inter, muchos seguidores sabían que su club jugaba con cartas marcadas fuera del césped. Eligieron mirar hacia otro lado porque la recompensa deportiva era demasiado grande.

Eso no convierte a la afición en culpable directa del fraude, pero sí la sitúa en un territorio incómodo: el de la complicidad emocional. Preferir un proyecto de sportswashing estatal antes que unos propietarios impopulares pero “normales” es una elección. Y el fútbol, por muy tribal que sea, no puede fingir que esa elección no existe.

¿Castigo ejemplar o pacto en la sombra?

La Premier League se encuentra atrapada entre el reglamento y la geopolítica. Por un lado, un club acusado de un fraude masivo y prolongado. Por otro, un estado con inversiones profundas en infraestructuras, proyectos y poder blando en el Reino Unido.

Hay quien propone ir al corazón del problema: perseguir responsabilidades individuales. Directores financieros, altos ejecutivos, miembros del consejo de administración. Quien firmó, aprobó y diseñó el sistema, que responda ante la ley. Que hable quien se enfrenta a años de cárcel, no solo a un despido dorado.

Sobre la mesa aparecen posibles sanciones: revocar licencias de propietarios, declararles no aptos en los test de idoneidad, imponer descensos automáticos, vetar inscripciones de jugadores durante varias ventanas de fichajes, imponer multas gigantes destinadas al fútbol base con una transparencia real en su ejecución, incluso vetar la presencia del club en competiciones europeas si también se han vulnerado las normas de UEFA.

Todo esto choca con otra realidad: la propia arquitectura del control financiero. Reglas que permiten pérdidas en ciclos de tres años, auditorías lentas, procesos que estallan casi una década después de los hechos. Muchos reclaman un sistema de revisión trimestral, con sanciones inmediatas —deducción de puntos, vetos de fichajes, multas— para cortar de raíz cualquier intento de fraude continuado.

Mientras tanto, una pregunta flota sobre el futuro cercano: si todo lo que se investiga hasta 2018 ya parece una novela negra, ¿qué contarán los libros contables de 2019 en adelante?

El caso City ya no es solo un expediente disciplinario. Es un espejo incómodo para toda la élite del fútbol europeo. Y la respuesta que dé la Premier League marcará no solo el destino de un club, sino el límite real entre ambición y trampa en la era del dinero sin fondo.