Marion Bartoli: La lucha tras la victoria en Wimbledon
Marion Bartoli, campeona de Wimbledon en 2013, sigue sin encontrar explicación a uno de los momentos más hirientes que ha vivido en el tenis. No fue una derrota, ni una lesión. Fue un comentario, en directo, en el instante exacto en el que acababa de tocar el cielo.
Aquel 6 de julio de 2013, Bartoli acababa de derrotar a Sabine Lisicki en la final de Wimbledon, culminando una carrera construida a base de resistencia: lesiones constantes, críticas a su estilo poco ortodoxo, dudas sobre su nivel… y juicios permanentes sobre su peso y su físico. Mientras levantaba el trofeo más prestigioso del tenis, el relato público sobre ella dio un giro grotesco.
En la radio de la BBC, John Inverdale se preguntó, en plena celebración, qué le habría dicho su padre y entrenador, Walter, cuando era niña. Y lanzó la frase que desató la indignación: que quizá le habría explicado que tendría que “ser luchadora y pelear” porque “nunca iba a ser guapa” como su contemporánea Maria Sharapova. El comentario, emitido en 5 Live justo después del triunfo, recorrió el mundo como una mancha.
La reacción fue inmediata. Inverdale fue duramente criticado, la BBC se vio obligada a disculparse y reconoció que las palabras habían sido “insensibles”. Pero el daño ya estaba hecho. Diez años después, a Bartoli todavía le cuesta asimilarlo.
En una entrevista con The Times, la francesa, que ahora entrena a la británica Harriet Dart, volvió a abrir esa herida: “Sigo sin poder entender el comentario que hizo. ¿Cómo es posible que, cuando alguien acaba de cumplir el sueño de su infancia, puedas decir algo así?”, lamentó. No habló solo de un mal rato, sino de un patrón. “Es absolutamente asqueroso, así que sí, por desgracia ha sido una presión constante. Y solo sobre las jugadoras. A un hombre nunca lo tratarían así”.
La frase resume una carrera vivida muchas veces a contracorriente. Bartoli nunca encajó en el molde clásico de la estrella de tenis: empuñadura poco convencional, preparación obsesiva, físico cuestionado con una ligereza brutal. Mientras otros se quedaban con la estética, ella seguía ganando partidos.
El cuerpo, sin embargo, empezó a pasar factura. Apenas 40 días después de conquistar Wimbledon, anunció su retirada. Explicó que el cúmulo de lesiones la había dejado en un estado de dolor permanente. Tenía 28 años. Parecía una decisión precoz, pero detrás había años de sacrificio físico silencioso.
Intentó volver en 2018. El regreso fue breve, casi simbólico. Las molestias reaparecieron y la realidad se impuso: su cuerpo no estaba dispuesto a soportar otra guerra en el circuito.
Lo peor, sin embargo, no se vio en la pista. Tras su primera retirada, Bartoli entró en una espiral que desembocó en una batalla feroz y peligrosa con la anorexia. Para Wimbledon 2016 había perdido 30 kilos. Las imágenes impactaron al mundo del tenis. Terminó hospitalizada durante meses. Su vida, literalmente, corrió peligro.
En ese descenso, una voz desde el propio templo que la había coronado resultó decisiva. El entonces presidente del All England Club, Philip Brook, la frenó en seco. Ese verano le dijo que no estaba lo suficientemente sana como para disputar el torneo de leyendas en Wimbledon. Un golpe directo a lo que más ama.
Ella misma lo recuerda como el punto de ruptura. “Ahí toqué el fondo del fondo, porque puedes quitarme todo, pero no el tenis”, confesó a The Times. “El tenis es mi verdadera pasión. Cuando tengo la raqueta en la mano es cuando soy más feliz, así que fue cuando pensé: ‘Tengo que levantarme como sea. No puedo dejar que esto me destruya’”.
A partir de ese aviso, empezó la remontada más difícil de su vida. Ya no se trataba de ganar un Grand Slam, sino de recuperar la salud y una relación menos cruel con su propio cuerpo. Bartoli asegura que siempre estará agradecida a Brook: “Le estaré eternamente agradecida, porque estaba tan en negación que creo que, de otro modo, habría seguido haciéndome daño. Él fue lo bastante fuerte como para decírmelo, y eso me hizo entender que tenía que recuperarme”.
Hoy, desde el banquillo como entrenadora, Bartoli mira el circuito con la perspectiva de quien lo ha vivido todo: la gloria, la humillación pública, la enfermedad. Su historia sigue siendo un recordatorio incómodo para el deporte: una campeona de Wimbledon tuvo que defenderse más por su aspecto que por sus golpes.
La pregunta ya no es qué ganó Marion Bartoli en 2013, sino cuánto le costó, en realidad, levantar aquel trofeo. Y cuánto está dispuesto el tenis a cambiar para que ninguna otra jugadora tenga que pagar el mismo precio.





