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Tottenham rompe la sequía y recupera su competitividad

Tottenham Hotspur, por fin, volvió a ganar un partido de liga en su propio estadio. No fue solo un resultado. Fue un desahogo colectivo, una tarde que mezcló nervios, destellos de clase y, sobre todo, la sensación de que algo vuelve a encajar en el norte de Londres.

Durante tramos del encuentro, el equipo se encogió, acusó la presión de tantos meses de frustración. Pero cada vez que el miedo asomaba, aparecía una chispa. Un regate, un disparo lejano, una combinación rápida. Y, casi como una marca registrada de este Tottenham, los goles llegaron envueltos en belleza.

James Maddison lideró la reacción con la autoridad de un futbolista que entiende el escenario y el momento. Pidió la pelota, aceleró el juego entre líneas, asumió la responsabilidad de cada ataque serio. Su tanto, otro golpe de clase, alimenta la sensación de que su temporada puede arrancar de verdad a partir de aquí.

Omar Marmoush acompañó con una actuación madura, agresiva sin balón e incisiva con él. Atacó los espacios, fijó centrales, dio oxígeno a un equipo que necesitaba respirar en campo contrario. Entre ambos, sostuvieron la ilusión de una grada que lleva demasiado tiempo viviendo de recuerdos y promesas.

Y entonces apareció el detalle que enciende estadios: un trivela exquisito de Ben Davies, golpeo exterior, gesto técnico de futbolista que se permite un lujo en el momento justo. No fue solo estética; fue una declaración de confianza en medio de un contexto cargado de dudas.

El regreso de Kulusevski, 500 días después

Dejan Kulusevski volvió a pisar el césped con la camiseta de Tottenham tras más de 500 días fuera por lesión. Más de un año y medio de incertidumbre, de preguntas incómodas sobre su futuro, de miedo real a que su carrera al máximo nivel se hubiera apagado demasiado pronto.

Muchos habían perdido la esperanza. Verle de nuevo en la convocatoria ya era un impacto. Cuando Roberto De Zerbi anunció que estaría en el banquillo, el gesto se interpretó casi como un guiño emocional a la afición, un premio simbólico tras tanto sufrimiento.

Pero el partido, y el marcador, abrieron una puerta que nadie quería desaprovechar. Con Tottenham por delante ante Coventry, llegó el momento. Kulusevski cruzó la línea de banda y el estadio explotó. No era un simple cambio: era el cierre de un capítulo oscuro.

De Zerbi lo explicó con claridad: el sueco tenía que volver a sentir el abrazo de su gente, y la grada tenía derecho a devolverle todo el cariño acumulado en su ausencia. En los últimos minutos, con el equipo defendiendo la ventaja, el técnico sabía que necesitaba el rugido del estadio. Y pocas cosas conectan tanto al aficionado con el equipo como el regreso de uno de los suyos tras una larga travesía.

Kulusevski no se limitó a saludar. Se le vio suelto, valiente, con esa zancada característica que rompe líneas. En una acción en la segunda parte, encaró, se perfiló hacia dentro, amagó con ese disparo que tantas veces ha buscado la escuadra. Esta vez no terminó en gol, pero el mensaje fue claro: la pierna responde, la cabeza también.

Luces y sombras en la plantilla

De Zerbi reconoció después que Tottenham ha firmado actuaciones más completas esta temporada. Es cierto. El equipo ha jugado mejor y no siempre ha ganado. Pero el fútbol se mide en victorias, y esta, por contexto y por carga emocional, pesa más que muchas tardes brillantes sin premio.

Además de Maddison y Marmoush, dejaron buenos minutos Sandro Tonali y Mateus Fernandes, dos nombres que ayudan a entender hacia dónde quiere evolucionar el equipo: más personalidad con balón, más carácter en los duelos, más presencia en las zonas donde se decide todo.

No todo fue perfecto. Las dudas con Jan Paul van Hecke siguen ahí. Su rendimiento continúa sin despejar interrogantes y, en un equipo que quiere construir desde atrás y ser fiable en las áreas, cada titubeo se amplifica. Pero incluso esas grietas quedaron, por un día, en un segundo plano.

Porque por encima de todo hubo una certeza: Tottenham necesitaba esta victoria. La afición la necesitaba. El vestuario la necesitaba. Y Kulusevski, quizá más que nadie, merecía escuchar de nuevo el rugido de un estadio que se había acostumbrado a sufrir y que, al menos por una noche, volvió a celebrar como antes.

La pregunta ahora es sencilla y brutal: ¿ha sido solo un alivio puntual o el verdadero punto de partida de la temporada de Tottenham?