Alan Jones: La leyenda de la Fórmula 1 que desafió al peligro
El mundo del motor llora a Alan Jones, campeón del mundo de Fórmula 1 en 1980, fallecido el jueves a los 80 años. Doce victorias en grandes premios, un título, una vida entera entregada a las carreras. Pero también una biografía atravesada por la muerte y por una época brutal en la que subirse a un monoplaza era aceptar que quizá no habría siguiente domingo.
Jones compitió y ganó cuando la seguridad de pilotos, comisarios y aficionados apenas figuraba en la agenda. Años en los que el ruido de los motores convivía con el sonido de las ambulancias. Una era que la memoria colectiva recuerda tanto por sus tragedias como por sus triunfos. En el caso del australiano, esas tragedias marcaron su trayectoria desde el primer día.
Un debut en medio del horror
Alan Jones se estrenó en la Fórmula 1 en el Gran Premio de España de 1975, uno de los fines de semana más oscuros y polémicos de la historia del campeonato. El escenario, el urbano y precario circuito de Montjuïc, en Barcelona. Las alarmas sonaron antes de que los coches salieran a pista: había serias dudas sobre si las barreras estaban bien fijadas.
Los miembros de la Grand Prix Drivers Association llegaron a declararse en huelga antes de los entrenamientos. Aun así, la carrera siguió adelante, entre rumores de que la Guardia Civil podría confiscar los coches si los equipos se negaban a correr. El espectáculo continuó, como tantas veces en aquella época, empujado por la inercia y el miedo a las consecuencias fuera del trazado.
Jones, al volante de un Hesketh, se clasificó 21º. Su participación fue breve: abandonó a las tres vueltas tras un toque. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar.
En la vuelta 26, el líder Rolf Stommelen sufrió la rotura del alerón trasero de su Hill-Ford. El coche se descontroló, cruzó la barrera y se lanzó contra la multitud. Cinco espectadores murieron. Stommelen resultó gravemente herido. La carrera continuó todavía cuatro giros más antes de ser suspendida.
Aquel gran premio dejó otra nota para la historia: Lella Lombardi terminó sexta y se convirtió en la primera —y hasta hoy única— mujer en sumar puntos en el campeonato del mundo. En medio del caos, un pequeño hito. Pero la imagen dominante de aquel día fue la de un deporte al límite de lo tolerable.
Una oportunidad nacida de la tragedia
El destino volvió a cruzar éxito y desgracia en la vida de Jones apenas dos años más tarde. Tras un desencuentro con Team Surtees al final de 1976, el australiano se quedó sin asiento para el inicio de la temporada 1977. Parecía fuera del escaparate de la Fórmula 1.
Su regreso llegó de la forma más cruel posible, tras un accidente estremecedor en Sudáfrica. En Kyalami, Tom Pryce y un joven comisario de pista perdieron la vida en un episodio que retrató sin filtros la precariedad de la seguridad de la época.
El Shadow de Renzo Zorzi sufrió una fuga de combustible y se detuvo en un lateral de la recta principal. Se declaró un pequeño fuego. Dos comisarios cruzaron la pista corriendo con extintores en la mano. Un coche logró esquivarlos. El de Pryce, compañero de Zorzi, no.
Sin visibilidad y a toda velocidad, Pryce impactó de lleno contra Frederik Jansen van Vuuren, de 19 años. El golpe mató al comisario al instante. El extintor que llevaba salió despedido, golpeó el casco del galés y lo mató también en el acto. Mientras tanto, en lo alto del podio, Niki Lauda se preparaba para celebrar la victoria, ajeno a la magnitud de la tragedia hasta que un miembro de Goodyear logró avisarle.
Aquel accidente, tan brutal como evitable, abrió la puerta a Jones. Shadow lo llamó para la siguiente carrera, en Estados Unidos. El australiano respondió con resultados y, más tarde ese mismo año, firmó una victoria majestuosa en Austria, la única de la historia del equipo. Ese triunfo cambió su estatus en el paddock y le allanó el camino hacia los años dorados que estaban por venir.
Williams, la cima… y la sombra de Ferrari
Entre 1979 y 1981, Alan Jones fue uno de los hombres a batir. Con Williams, encadenó 11 victorias en grandes premios y conquistó el título mundial de 1980. Era agresivo, duro en pista, perfecto para una escudería en pleno ascenso.
Su carrera, sin embargo, pudo haber tomado un rumbo muy distinto. Ferrari lo tuvo en su agenda. La Scuderia se reunió con él y le dejó claro que era su segunda opción si no lograban fichar a Mario Andretti. El equipo italiano no consiguió cerrar al italoamericano, que terminaría ganando el título de 1978 con Lotus, y eligió a Gilles Villeneuve.
Jones firmó con Williams. La apuesta se convirtió en una asociación formidable, una de las combinaciones piloto-equipo más potentes de ese cambio de década. Mientras él se abría camino hacia el campeonato, Ferrari caminaba hacia uno de sus años más trágicos.
En 1982, un año después de la primera retirada de Jones, la Scuderia sufrió un doble golpe devastador. Villeneuve murió en los entrenamientos de clasificación del Gran Premio de Bélgica tras chocar con la parte trasera de un coche mucho más lento. Su monoplaza salió despedido, se desintegró en el aire y el canadiense fue expulsado del habitáculo antes de estrellarse contra el suelo.
Poco después, Didier Pironi vivió otro accidente escalofriante en Alemania. También chocó con la parte trasera de otro coche, el Renault de Alain Prost, que no veía. Las fracturas en las piernas del francés fueron terribles y truncaron su carrera al más alto nivel.
Años más tarde, Jones contaría que Ferrari lo contactó para cubrir las últimas carreras de aquella temporada 1982. Según su versión, tardó demasiado en dar una respuesta y el equipo optó por otro sustituto. Otra encrucijada marcada por la tragedia. Otro giro de guion que reforzó la sensación de que su carrera siempre estuvo ligada a los días más oscuros del campeonato.
Una era mortal que forzó el cambio
Durante la etapa de Jones en la Fórmula 1, cinco pilotos murieron en fines de semana de gran premio. A ellos se suman dos fallecidos en test y el australiano Brian McGuire, que perdió la vida en Brands Hatch en 1977 al volante de un coche de F1. Era una estadística insoportable, asumida casi como un peaje inevitable por quienes vivían de la velocidad.
Jones se retiró definitivamente en 1986, cuando el deporte empezaba a reaccionar. El campeonato entró en un periodo sin muertes en carrera hasta el fatídico Gran Premio de San Marino de 1994. Aquel fin de semana, Roland Ratzenberger y Ayrton Senna murieron en accidentes distintos, un recordatorio brutal de que el peligro seguía ahí, agazapado.
Desde entonces, solo una fatalidad ha vuelto a teñir de luto la Fórmula 1: la de Jules Bianchi en Suzuka 2014, tras chocar con una grúa que retiraba el coche de Adrian Sutil. Ese impacto aceleró un nuevo salto adelante en seguridad, tanto en la gestión de las grúas y comisarios como en la protección del piloto.
Hoy, el Halo —esa estructura curva en forma de horquilla sobre la cabeza del piloto— simboliza esa evolución. Ha sido decisivo en incidentes como el incendio que envolvió a Romain Grosjean en Bahréin 2020, el coche de Max Verstappen aterrizando sobre el de Lewis Hamilton en Monza 2021 o el espeluznante vuelco de Guanyu Zhou en Silverstone 2022.
Cada una de esas imágenes recuerda de dónde viene este deporte. Y, sobre todo, qué precio pagó la generación de Alan Jones para que la Fórmula 1 de hoy pueda rozar el límite… sin vivir permanentemente al borde del abismo.






