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Aston Villa regresa a la Champions League: Éxito y desafíos financieros

El rugido en Villa Park delató algo más que una victoria. El 4-2 del viernes ante el vigente campeón Liverpool no solo fue una exhibición; fue una declaración. Aston Villa vuelve a la Champions League. Vuelve a sentarse en la mesa de los grandes de Europa.

El equipo de Unai Emery, que hace un año se quedó fuera del top cinco por diferencia de goles y con una herida abierta en Old Trafford, ha cerrado el círculo. Entonces, un error del árbitro Thomas Bramall privó a Morgan Rogers de un gol que habría cambiado la historia ante Manchester United. Derrota 2-0, Emiliano Martínez expulsado y un final de temporada que dejó cicatrices.

Aquella noche pedía revancha. Llegó ahora, con un salto por encima de Liverpool hasta el cuarto puesto y fuera del alcance del sexto, Bournemouth. El golpe es deportivo, pero también emocional. Villa ha pasado de la frustración a la consagración en apenas doce meses.

El gran sobreperformer de la Premier

Lo llamativo no es solo que Villa esté en Champions. Es cómo ha llegado hasta ahí. Según la tabla esperada de Opta, el equipo de Emery debería estar en el puesto 12. Doce. Ocho posiciones por debajo de la realidad y 15 puntos menos de los que ha sumado. Ningún otro club de la Premier League sobrepasa tanto sus números esperados.

Solo Sunderland y Everton también rinden por encima de lo que dictan los modelos, y ni siquiera se acercan al salto de Aston Villa.

Los datos dibujan un equipo que desafía la lógica fría de las estadísticas. Sus 54 goles solo son el séptimo mejor registro de la liga, por detrás incluso del décimo clasificado, Chelsea, que suma 55. En volumen de disparos, 471, apenas son novenos: menos tiros que cualquiera de los seis primeros y también menos que Chelsea.

Tampoco lideran en tiros a puerta: octavos, por detrás del resto del top seis, de Brighton y de Newcastle United. Donde marcan la diferencia es en la puntería. Convierten el 11% de sus remates. Solo Brentford (14%), Manchester City (13%) y Arsenal (13%) mejoran ese porcentaje.

En términos de goles esperados (xG), también rompen el molde. Solo Tottenham presenta una sobreproducción ofensiva superior (+8,33) a la de Villa. El xG del equipo de Emery es de 46,42, pero ha marcado 7,58 goles más de los que “debería”. Y aun así, su xG es claramente el más bajo entre los seis primeros: todos los demás superan los 58 goles esperados.

Hay otra seña de identidad: el disparo lejano. Quince de sus goles han llegado desde fuera del área, el 28% del total. Solo Bournemouth (21%) y Fulham (21%) superan el 20% en este apartado. Villa golpea desde lejos y golpea bien.

Paradójicamente, donde se desploma su eficacia es en las ocasiones más claras. Han generado 84 “big chances” y solo han convertido 24. Un 29% de acierto, el peor registro de toda la Premier. Nottingham Forest, en el extremo opuesto, transforma un 46% de sus grandes oportunidades. Villa vive entre la brillantez inesperada y la frustración en el área pequeña.

Y todo esto mientras compagina la liga con un viaje europeo que ha devuelto al club a un escenario que no pisaba desde 1982, cuando levantó la European Cup. El miércoles le espera Freiburg en Estambul, en una final de Europa League que huele a época dorada reeditada.

Emery lo resumió sin paños calientes: es exigente, no acepta excusas por jugar jueves y domingo, y entiende que el proyecto aún está en construcción. Pero el equilibrio que dice tener en la cabeza se refleja en el césped. Y en la clasificación.

Champions con el freno de mano echado

Lo que hace todavía más ruidoso este éxito es el contexto económico. Desde que Emery llegó en 2022, solo Wolves, Brentford, Brighton y Everton presentan un gasto neto inferior al de Aston Villa: 73,5 millones de libras. Para un club que aspira a competir con los gigantes ingleses y europeos, es caminar por la cuerda floja.

La necesidad de cumplir con las normas de beneficio y sostenibilidad (PSR) ha obligado al club a maniobrar con cuidado, a veces a contracorriente de la lógica deportiva. Mientras la plantilla superaba expectativas en el campo, los despachos se llenaban de preocupación.

En mayo de 2024, mientras el vestuario celebraba el billete a la Champions, Emery y el responsable de operaciones de fútbol, Damian Vidagany, se sentaban en la cena de final de temporada con otra cosa en la cabeza: cómo evitar una infracción de las PSR. La respuesta llegó a toda prisa: la venta de Douglas Luiz a Juventus por 43 millones de libras.

No fue un caso aislado. El verano anterior, Jacob Ramsey salió rumbo a Newcastle por 40 millones. Y dentro del club se asume que otra estrella podría marcharse este año. Morgan Rogers, fichado desde Middlesbrough por 16 millones hace dos años, se ha disparado bajo la batuta de Emery. Un buen Mundial con Inglaterra le colocaría fácilmente en el escaparate de los 100 millones.

La clasificación para la Champions fortalece la posición negociadora de Villa, pero también deja una realidad incómoda: la forma más sencilla de cumplir con las normas es vender un gran activo cada año. Es el peaje del crecimiento acelerado.

Los números económicos explican por qué este billete europeo vale oro. El club ha pasado de perder casi 90 millones de libras a registrar un beneficio de 17 millones en la temporada 2024-25, la del regreso a la Champions. Un giro radical si se compara con los 120 millones de pérdidas en 2022-23.

El impulso de ingresos ha llegado por todos los frentes, incluso a costa de tensar la relación con parte de la afición por la subida de precios de las entradas. La facturación ya alcanza los 378 millones de libras. Villa sabe que, si quiere mantenerse en la mesa de la Champions, no basta con ganar partidos; hay que ganar también fuera del campo.

Un club en obras… y en disputa con las normas

El proyecto no se detiene en el césped. La reconstrucción del North Stand ya está en marcha y se espera que termine a finales del próximo año. La ampliación elevará el aforo de Villa Park por encima de los 50.000 espectadores. El nuevo espacio de ocio Warehouse en el estadio ya está terminado. Más butacas, más experiencias, más ingresos de día de partido. Es la única manera de recortar distancias con los rivales europeos que parten con ventaja estructural.

Sin embargo, la sensación dentro del club es que siempre van un paso por detrás en el mercado. El intento por fichar a Conor Gallagher es un buen ejemplo: meses de trabajo, negociación avanzada… y al final Tottenham pone el dinero y se lleva al centrocampista procedente de Atlético de Madrid. Villa mira, aprieta sus cuentas y no llega.

El malestar con el marco regulatorio también es evidente. La Premier League ha aprobado un nuevo sistema de “squad-cost ratio” (SCR) para la próxima temporada, que permitirá a los clubes gastar hasta el 85% de sus ingresos en costes de plantilla. Uefa, en cambio, fija el límite en el 70%. Dos reglas distintas para el mismo juego.

Vidagany ha defendido en más de una ocasión la necesidad de una regulación financiera en el fútbol, pero también ha dejado claro que la convivencia entre las normas domésticas y las europeas no funciona. Villa compite con el freno de mano puesto mientras otros aceleran con más libertad.

Y, aun así, está en Champions. Por segunda vez en tres años.

Ese es el punto de partida y, al mismo tiempo, el desafío. Si este Aston Villa ya ha sido capaz de romper los modelos estadísticos y desafiar las limitaciones económicas con el freno echado, ¿qué techo puede tener cuando, por fin, pueda soltarlo del todo?